sábado, 7 de abril de 2012

LA NOVIA


Cayetano estaba en su hora feliz. Cayetano un veterano adjunto de puerta de la Arrixaca tiene momentos de activación en que pone a trabajar al internista que es a una velocidad supersónica. Eran poco más de las doce. Una guardia complicada. Relevó al residente del triaje cuando observó que la espera de primera atención se alargaba.

Al triaje entró una señora pasada la cincuentena muy emperejilada de un escote generoso, y una muchacha frisando la treintena vestida de novia con mucho tul blanco y con cara apática o de aburrimiento y una palidez extrema.

“Dígame señora”  “Mire que la nena se casa y ha surgido un problema” “Señora ¿y para eso viene a las doce de la noche?” “Un problema con el novio, ya sabe” “ Señora para restaurar virgos es en ginecología y el seguro no lo cubre” “Es usted un poco borde, si me escucha..” “Disculpe y cuénteme” “ Que la nena se va a casar pronto” “ Señora que eso ya me lo ha dicho y hay gente esperando” “No me deja hablar. La nena se casa y hemos ido a hacerle las fotos y no sale” La señora comenzó a llorar, como ya había hecho antes, por los churretes de maquillaje de sus mejillas y los dos lamparones en la pechera del vestido, la nena no se inmutaba “Señora hable con el fotógrafo, seguro que encontrará el modo de sacarla bien” “No, si no no habría venido a la Arrixaca, son ustedes la última esperanza de una madre. El fotógrafo no puede sacar las fotos. Y si no, mire” La señora mostró una serie de fotos en que el que debía ser el novio, un mocetón alto con frac, abrazaba, besaba, miraba, hacía arrumacos a la nada. “¿Esto no es una broma?” “¿Me ve usted con cara de broma?, Y cuando le hemos probado el traje tampoco se ve en los espejos” “¿A qué lo achaca? ¿Antes se veía?” “Sí, todo era normal hasta que hace dos semanas según contó la abordó un hombre bien parecido vestido de Armani, le besó y le mordió el cuello y vino a casa con dos pequeñas cicatrices. No vea al novio lo que esto le tranquiliza” “¿Su hija sale de día?” “Cada vez menos y con gafas negras y gorro” “¿Va a misa?” “Últimamente no y le ha entrado le petera de casarse por lo civil” “¿Le ha dado ajo?” “Lo ha aborrecido. ¿Qué le pasa a mi hija doctor?” “Señora su hija se está convirtiendo en vampira”.

La señora entrecortó un Oh con la palma de la mano. Cayetano estaba sorprendido de su propio diagnóstico, y de lo que no tenía idea era del posible tratamiento, por lo que  consultó a Google:Tratamiento del vampirismo.Leyó la wikipedia con avidez y preguntó a la presunta vampira.

“¿Tú has bebido de tu propia sangre?” “No” respondió lacónica mientras su madre se abanicaba. “Señora no todo está perdido” “¿Qué hago doctor?” “Esperar, es posible que el efecto de la mordedura se pase y su naturaleza humana se imponga” “¿Y si no?” “Tendrá usted una hija vampira” “ ¿Y la boda? “ “Tendrá que ser por lo civil” “Y ¿Qué le digo al novio?” “Que hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que se le pase, y si no, tendrá una mujer vampira” “Pero eso es peligroso” “ El matrimonio es peligroso. Que pacte con ella la cantidad de sangre que razonablemente él le puede ofrecer sin menoscabo de su salud” “¿para siempre?” “ No, sólo un tiempo, después ella se cansará y buscará sangre fuera” “Eso lo va a tranquilizar mucho” “Señora es  lo que hay” “¿Y no le va a hacer análisis?” “No, la voy a transfundir directamente y le daré el alta. Ahora la pasan a sillones. Buenas noches” “Buenas noches”.

Cayetano no creyó prudente poner principio de vampirismo en el informe de alta, por lo que sólo puso anemia.

viernes, 6 de abril de 2012

NOCHE DE LLUVIA

Llueve a jarros sobre el Hospital de Los Arcos del Mar Menor. Noviembre. Una gota fría en el Mediterráneo. Lluvias torrenciales. A los médicos de guardia de urgencias de los Arcos no les importa demasiado. Con un tiempo tan adverso vendrá menos gente. Vendrá quien realmente tenga que venir.

 El Hospital ha dado un salto tecnológico desde el traslado del hospital antiguo que sin embargo era mucho más bonito, en La Ribera, en primera línea de Playa.

 En la puerta de acceso se detiene una ambulancia. El celador se acerca para ayudar a desplazar la camilla. Un coche se detiene detrás. Un hombre joven con botas de agua y un jersey de cuello alto de lana. Se abre la puerta y la camilla no se desliza. El hombre joven se acerca. El conductor, el médico y el enfermero de la ambulancia también. Piden una camilla. El celador la acerca y mira el interior. En la ambulancia del 061 hay una bañera. De ella sale un brazo en el que hay clavados varios sueros. La izan. La ponen en la camilla y entran directo a la reanimación.

 “Qué traéis” “Un “ duda “Una muchacha se ha tragado un anzuelo” “¿Sólo?” “ Sólo no. Hay algo más, pasa” Los dos entran en reanimación. Destapa la mitad de la bañera y aparece la cara de una niña pelirroja de tez muy blanca de tonos violáceos. Su cuello tiene unas estrías móviles. Sus ojos grises muy claros muestran pánico. De su boca sale un sedal. No habla. De vez en cuando se sumerge y de su boca salen pompas. El médico de la ambulancia termina de destaparla y muestra que de cintura para abajo no hay diferencia entre la niña y un besugo. “¿Pero esto qué es?” “Yo diría que una sirena” “¿Y qué hacemos?” “No lo sé, pero has visto su mirada. Yo no daría parte. Acabaría en un zoológico, la condenaríamos a una vida desgraciada” “¿Aviso al cirujano?” “No si están muy liados la mandarían a la Arrixaca y allí seguro que intentarían hacerle un trasplante de algo” “O Extirparle la cola y condenarla a decenas de operaciones para crear algo parecido a unos pies” “Lo mejor es quitarle el anzuelo y devolverla al mar” “ Hoy tenemos de guardia de interna a la Dra Bonill, la endoscopista”

La Dra Bonill vino. Se mostró de acuerdo en el manejo con discreción de la situación. El anzuelo según las radiografías era una potera, un anzuelo múltiple con una sola base. Si no había dañado mucho lo podrían extraer. “¿A quien tenemos de anestesia?” “Está el Dr Méndez” “Fran. Muy bien”.

 Vino el anestesista . A Fran le pareció muy interesante sedar a una sirena. En principio desechó el propofol después de la experiencia terrible que tuvo Daciano en pediatría de la Arrixaca con un pequeño hombre lobo. “Le vamos a anestesiar por inhalación. Dame el sevo” “Fran hay un problema” “No me molestes ahora ¿Qué?” “Tiene branquias y tenemos tubos y mascarillas laríngeas pero no mascarillas branquiales todavía” “Es verdad. Bueno pues vamos con el propofol”.

El anzuelo no había hecho grandes destrozos en un estómago lleno de camarones. La Dra Bonill lo desenclavó y lo retiró. Se comprobó que no había una gran perforación. Le pusieron antibiótico, la metieron en la bañera a la que inyectaron oxígeno. La sirena los miró sin comprender mucho y en la ribera en medio de un tremendo aguacero la devolvieron al mar.

 A lo lejos hay quien dice que vio el reflejo de un tridente, pero seguro que eran rayos

jueves, 5 de abril de 2012

ANEMIA (6) Jueves Santo



Desde que dejaste la convivencia con los humanos Vlad, vagas por las noches por las calles y veredas de Murcia sin un destino distinto de procurarte el alimento que te mantiene vivo. A veces echas de menos los horarios y las rutinas que hacen llevable la no vida de un ser eterno. Pero no puedes volver. El regreso supondría el recuerdo doloroso de cuanto perdiste. La carne muerta cicatriza mal. El corazón de un vampiro mantiene las heridas eternamente. La soledad te procuraba pocas distracciones. Hoy tienes un plan. Jueves Santo. La procesión del silencio.

 Desfila al filo de la media noche el Cristo del Refugio que sale de la Iglesia de San Lorenzo. Las luces de la ciudad se apagan a su paso. Solo la luz de los faroles del Cristo y alguna vela de los hermanos penitentes iluminan el trayecto. No hay música distinta de los tambores que abren y cierran el cortejo. Los nazarenos visten túnica negra o morada y capirote cuya tela les cubre el rostro permitiéndoles ver sólo con dos óvalos a la altura de los ojos. Te gusta. Quitando el Cristo y las cruces podrían ser una procesión en honor de un vampiro. Este año han tenido el detalle de permitir que desfilen como penitentes mujeres cofrades. No cenarás antes. 

Sobrevuelas la ciudad. Te detienes en uno de los pináculos de la catedral donde retomas la apariencia humana. Corres por el terrado del edifico anexo a la catedral, y en el tejado de los soportales miras el gentío. Se apagan las luces. Escuchas los tambores. Viene el Cristo que porta la cruz. Te ciega. Te ocultas. Pasa el Cristo. Estás muy hambriento. Los cofrades llevan luminarias y grandes collares con placas del vía crucis pero no cruces. Aguzas la visión. Avistas penitentes mujeres. Seleccionas tres, además contiguas. En la esquina de La Carmelitana saltas convertido en humo que repta a ras de suelo por el recorrido del desfile. Se enrosca en los pies de tu primera víctima. Te embriagan los tambores. Te deslizas bajo la túnica y el capirote y te cebas en la yugular. Suficiente. Nadie repara en que una figura de nazareno anda dando traspiés. De nuevo el humo helado. Unos nuevos pies. Asciendes bajo la túnica y el capirote. Eres humo helado y suave. Cuando vas a infligir la dentellada, una luz. Ha quedado la luz desde la luna de una tienda. Uno de los ojos del capirote te lo muestra. Con la luz rostros de espectadores. Ella. Ella está ahí viendo la procesión. No recuerdas los días exactos desde que no la veías. Pierdes la concentración que exige la audacia de un vampiro. Dejas de ser humo. La nazarena siente un hombre apretado junto a ella en su túnica. Sin dejar de mirar a tu amada muerdes y sorbes hasta la última gota de aquella sangre desgraciada. La nazarena cae exánime. La túnica se ha vuelto estrecha y te arrastra al suelo. El contacto próximo de la mujer muerta aun caliente te evoca aquellos abrazos tan distintos. Los abrazos y los besos. Un tumulto a tu alrededor cuando ven salir un hombre vestido de negro de debajo de la túnica. Deberías desaparecer para no ponerte en riesgo, pero la salmodia de los tambores y el regreso del deseo te aturden. Un hombre joven intenta agarrarte. Le golpeas y su cuerpo acaba con la luz que te ha permitido reconocer a tu amada. Ella te mira. Desdén es lo que lees en su rostro. Huyes. Golpeas a muchos con la fuerza que te presta el diablo. Atraviesas la plaza de la Cruz hacia la de los Apóstoles. Bajo la cadena recuperas tu ser de vampiro. Primero humo y después un murciélago y vuelas, alto, a lo más alto de la torre desde donde contemplas la multitud donde está ella aterrada por el suceso. Aúllas para que todos te oigan. Los perros te hacen coro. Extiendes tus manos y desde el Carrascoy por el suroeste comienzan rayos y truenos, un vendaval y el aguacero que dispersa la procesión. Llueve sobre ti. El agua helada te purifica de momento de tus sentimientos humanos. Eres un vampiro. Estás solo Vlad.

miércoles, 4 de abril de 2012

POR FAVOR QUE ESTOY CANSADA

Carmen, la limpiadora de la séptima derecha es la persona más hacendosa y prudente que nadie pueda imaginar. Nunca la ves quieta. Cuando acaba con los suelos se empeña con las paredes. Y todo lo hace seria, sin quejarse, sin rechistar con una expresión majestuosa en su modestia.

 Un día de hace diez años Carmen fregaba el suelo de la planta. Lenta. Meticulosa. Constante. Se incorporó un instante para estirar la espalda. Miró atrás y en el suelo junto a la habitación 712 salían unas pisadas húmedas de unos pies descalzos. Llegaban al centro del pasillo. Ahí hacían como que giraba sobre sí mismas y volvían a entrar en la habitación. Carmen se acercó. Eran pisadas muy grandes, al menos un 46. Abrió la puerta y en la habitación no había más que dos señoras que no calzarían ni un 36. Nadie las acompañaba y el baño estaba vacío. Carmen se afanó con la fregona y después la mopa. Se alejó, volvió a mirar y las pisadas seguían allí. En la habitación no había nadie más que las dos señoras. Se agachó con el trapo, echó un chorro de quitagrasas por si era una mancha de aceite con forma curiosa. Se alejó y al volver la cabeza las pisadas se habían formado de nuevo. Como era incapaz de cabrearse antes de empezar a mover la mopa susurró “Por favor que estoy cansada”. Se alejó para seguir con la limpieza y al volver la cabeza, esta vez sí las pisadas habían desaparecido.

 Los siguientes cuatro años cada vez que pasaba por la habitación, las pisadas volvían a aparecer, fuese quien fuese quien la ocupara. Carmen siempre las limpiaba una vez, y después una segunda, sólo a la tercera recurría al sortilegio “Por favor estoy cansada”

 Un día repitió la misma operación. Cuando susurraba “por favor que estoy cansada”, una señora la observó desde el quicio de la puerta. Carmen se avergonzó al pensar que la miraba a ella, pero la señora, donde miraba era a la puerta de la habitación que estaba entreabierta y dejaba ver el baño. Carmen sería incapaz de inmiscuirse en una vida ajena. Pero la mujer, de unos cuarenta años la eligió.”Sabe hace 15 años yo estuve ingresada en esta planta. Soy seropositiva. Tenía 19 años. En esta habitación estaba ingresado Juan. Él también lo era. Con 19 y con 21 años que te digan que tienes una enfermedad de la que todo el mundo ha muerto te hunde. Yo intenté suicidarme varias veces hasta que lo conocí. Él estaba tan desesperado como yo pero sabía encontrar resquicios de luz en cualquier lugar. Nos juramos amor eterno de una eternidad que sabíamos muy corta. Sabe, aun ingresados encontrábamos huecos para amarnos intensamente. Esa misma ducha, o la que había en su lugar nos vio muchas veces. Poníamos el agua a tope para poder gozar sin tapujos. Me ve. Se me ponen los pelos de punta cuando lo recuerdo. Poco después él murió. Yo sobreviví lo suficiente para beneficiarme de los nuevos tratamientos y aquí me ve, si él hubiese vivido algo más... ¿Me permite que entre a ese baño?” Carmen no respondió, simplemente apartó sus bártulo. La mujer cruzó el pasillo entró y cerró la puerta. Desde fuera se oyeron risas. Después el agua de la ducha a todo gas y nuevas risas entrecortadas. La mujer salió arreglándose el cabello, riendo y llorando a la vez. Los pacientes y familiares de la habitación miraban sorprendidos. “Gracias. Me ha dicho que le pida disculpas” Se dirigió a Carmen, quien siguió con expresión hierática de mujer sufrida. Se dio la vuelta y siguió fregando.

 Fue el último día después de cuatro años que Carmen tuvo que fregar las pisadas.


martes, 3 de abril de 2012

LEAL COMPAÑERO

“Ginés está todo bien. El electro y los análisis. No hay en este momento nada cardiaco” “Gracias a Dios” “Pero tiene usted que quedarse, el dolor que ha contado era muy típico. Creo que habrá que hacer más pruebas” “Doctora estoy bien. Usted me conoce de otras veces. Si tengo que venir a la consulta ya vendré pero no puedo quedarme” “Lo siento porque le conozco pero tendrá, si se va, que firmar el alta voluntaria, porque lo hace contra mi voluntad” “Dra Soto. ¿Se llama usted María?. Tengo que irme”.

 María no se podía negar había empatizado con aquel hombre de casi setenta años desde que empezó a venir hacía tres meses de forma intermitentemente a urgencias de la Arrixaca. Sabía que el hombre vivía solo en una aldea cercana a Cuevas de Reyllo.

 Había pasado la media noche. En el exterior, en la sala de espera que quedaba en paralelo con las camas de observación se oían ruidos. A María no le era indiferente nada de su guardia. Se acercó a interesarse. 

“¿Qué pasa?” “Doctora este niño está solo. Lo estoy viendo toda la tarde aquí en la sala de urgencias. Pensaba que estaba con alguien hasta que solo quedo yo que tengo a mi madre dentro” “¿A quién se le puede haber olvidado un niño tan guapo?” “He estado pendiente y ha comido galletas y tenía un biberón de agua”.

 El niño los miraba. Tres o cuatro años. Ojos marrón verdoso, rubio, delgado pero fuerte con ropas de niño mayor. Su pelo y su higiene eran óptimos.

 “¿Cómo te llamas guapo?” No contestó, miró al suelo y agitó la puntera del pie derecho. “No habla. Atiende pero no habla” “Voy a informar al jefe de guardia. De noche no podemos dar un aviso a megafonía, habrá que ponerlo en manos de la autoridad” Le tendió la mano al pequeño pero el pequeño se escondió detrás de la máquina expendedora de café.

 “Compañero ven aquí” Ginés salía vestido. El niño corrió hacia él y se abrazó a sus pies. Miró de reojo a María que se acercó. “¿Es tuyo este niño Ginés?” “Ha venido conmigo doctora” “Pero ¿es tu familia?” “Doctora no. Sabe usted que yo soy solo. El niño ha aparecido esta mañana por mi casa. Justo cuando me ha dado el dolor. Y como me venía me lo he traído” “¿Tendrá padres?” “Doctora muchas veces me quedo con niños de gente de la aldea y forasteros. Sus padres van al campo y no saben qué hacer con ellos. Yo estoy jubilado y me gustan los niños. Todo el mundo no tiene un abuelo o una guardería como en la capital” “No sé Ginés no sé” Un guardia civil que custodiaba a un preso intervino. “Doctora déjelo. Yo no le he dicho esto, pero como intervenga el juzgado de menores y algún juez creativo, no le quiero contar” “Bueno váyase Ginés, pero lleve mucho cuidado también con el niño” “Es mi compañero de viaje doctora” “¿Necesita ambulancia?” “Tengo ahí mi furgoneta. Gracias. Vamos compañero” El niño lo siguió dando saltitos con sus piernas menudas.

 A las 8:00 cuando María salía del guardia le informaron que Ginés nunca había llegado a su casa. Se había sentido mal al incorporarse a la autovía en dirección Cartagena. Se había detenido en el arcén y allí había muerto. Al niño nadie lo vio más. Nadie denunció su desaparición. En la furgoneta de Ginés la policía no encontró más restos de ADN que los del fallecido.

lunes, 2 de abril de 2012

NOCHE DE GUARDIA - X -

La guardia de Digestivo en la Arrixaca había sido dura. Te dolía la cabeza y tenías una décimas de fiebre cuando te acostaste Antonio. Ya no te encontrabas bien. Tu residente Belchí que ya es casi adjunto te envió a acostarte porque tenías mala cara. “Estás incubando algo” Diagnosticó certeramente. “Tómate algo” Prescribió. Pasaban uno minutos de la medianoche. 

Te dormiste pronto. El paracetamol hizo su efecto. No sabes cuánto tiempo pasó hasta la llegada del primer sueño. Quizás ni te habías dormido. O te habías dormido lo suficiente para que tus sueños navegasen en completa libertad. 

 Tu mano acarició un cabello suave de una media melena rubia, cuyas ondas se enredaban entre tus dedos. Bajó y se posó en un pecho pequeño y firme, acarició la areola y el pezón se encrespó. Se deslizó por un vientre terso, rodeó el ombligo, con el tacto, los folículos se erizaban. Bordeó un pubis donde solo quedaba una pequeña cresta vertical de pequeñas cerdas. Acarició los muslos… 

Fue en ese momento cuando apreciaste algo raro. Era un sueño de alto contenido erótico y no te habías “activado” como dirían en un reguetón. Además ahora que reflexionabas, habías sentido placer no sólo con el tacto de tu mano que exploraba sino en tu propia piel. Sí en tu propio pecho en tu propio vientre y en tu propio todo.

 Ahí te despertaste. Un sueño erótico tiene un límite. Ibas a encender la luz del cuarto pero te contuviste. Con la luz del móvil encontraste bajo las sábanas lo que habías barruntado antes de despertar: el pecho y el pezón, el vientre y sus folículos, el pubis rasurado y ranurado eran tuyos, pero tuyos tuyos. El pecho te oprimía. Eras testigo de un imposible. Volviste a iluminar y comprobaste los hallazgos punto por punto. Además el pelo. Lucías una media melena. Tomaste un mechón y era rubio platino,( de botella porque el pubis era negro). Fuiste al baño que te dio más asco que te había dado nunca. Te sentaste primero en la taza . Te levantaste, cerraste los ojos, encendiste la luz y te miraste en el espejo: una mujer de muy buen ver.

 Al salir del baño te encontraste con Belchí . “Coño estás guapo, perdón guapa” “Gracias” Te azoraste. Se fue al baño y tú a la habitación.

 Antes de salir a la sesión de después de la guardia lamentaste no tener nada de maquillaje. Todos se sorprendieron. Pero lo aceptaron muy bien. Sobre todo las residentas, que se ofrecieron a comprarte algo esa misma mañana, porque te has venido con lo puesto, y lo puesto era ropa de hombre.

 Esa tarde quedaste con Elena, Narvin y María para ir de shopping, para tu nuevo vestuario. Les advertiste que poquito porque no sabías si tu estado iba a ser definitivo, porque ¿quién sabe que va a ocurrir en la siguiente guardia?


domingo, 1 de abril de 2012

EL PARKING

El 6 de Junio de 2008 un residente de endocrinología había pedido permiso en la puerta de urgencias para, una vez acabado su turno a las 5 de la madrugada, marcharse. Tenía que coger un vuelo a las 8:30 en San Javier. Llevaba dos ponencias a un congreso.

 La guardia estaba resuelta. No quedaba nadie por ver en el triaje. Nada por resolver en los cajones. Los pacientes en camas estaban estables. Cogió su mochila y salió. En casa tomaría una ducha. La maleta la tenía preparada. Siempre aparcaba fuera pero para no tardar mucho había dejado el coche en el parking público.

 Pagó en la primera planta. Y cogió la escalera más cercana. Dos plantas. A cada planta cambiaba el color de la línea de las paredes. A esa hora un parking es un desierto.

 Cuanto más bajaba le rodeaba un silencio como fuera del tiempo. Recordaba que había llegado tarde, que el parking estaba muy lleno, que había bajado algunas plantas, pero no recordaba cuantas, no recordaba el color de las paredes ni la zona exacta. Salió en la menos tres de las escaleras. Cuatro o cinco vehículos pero ninguno el suyo. Volvió a la escalera. Lo mismo le ocurrió en la menos cuatro y la menos cinco. El asa de su mochila estaba comenzando a humedecerse . Llegaban algunas palpitaciones. Se estiró con el dedo el cuello de la camiseta ajustada. Sus intestinos se movían y le estaban dando ganas de orinar. Juraría que lo había dejado en la menos 3, pero allí no había nada. ¿Se lo habrían robado?. Regresó a las escaleras y siguió bajando. No recordaba tantas plantas. Eran gemelas a las anteriores pero la menos cuatro, la menos cinco estaban vacías. La menos seis era la última. Por fin. Allí en medio estaba solo su coche. Juraría que no había bajado tanto, pero la fatiga y las prisas te juegan malas pasadas.

 Tranquilo. Respiró hondo tres veces y se concentró en su viaje. Marcha atrás se situó en el carril de salida. Estaba solo, por lo que atajó entre plazas de aparcamiento. Circuló siguiendo las flechas del suelo y al cabo de cinco minutos estaba en el mismo número de plaza del que había salido. Volvió la humedad al volante. Los fluorescentes dejaban ver de forma diáfana la explanada de columnatas, pero el bloque de la rampa no estaba. Dio una vuelta muy lento por el perímetro. No había ninguna rampa. Era imposible pero no había ninguna salida. Se bajó y buscó las escaleras. El hormigón formaba una muralla homogénea sin fisuras ventanas o puertas. Estaba encerrado. Miró el móvil. Sin cobertura. En el coche tocó el claxon sin respuesta. Gritó. Preguntó si había alguien. Sólo eco.

 Desesperado, se durmió. Cuando despertó el reloj de pulsera y el del coche se habían parado a las 6:06. No había luz a su alrededor. Hacía calor y el aire olía a humedad. Abrió el coche, cogió la linterna e iluminó. El hormigón había desaparecido. Pisaba tierra y las paredes y el techo eran de caliza. El silencio era el mismo. Gritó y había menos eco. Se encerró. Se volvió a dormir.

 Cuando volvió a despertar intentó abrir la puerta y no pudo. Iluminó con la linterna. En las lunas laterales, en el parabrisas había tierra y raíces. El peso estaba agrietando los cristales y venciendo la chapa.