jueves, 13 de septiembre de 2012

BRICOLAJE


Adhesivo de montaje rápido, tan rápido que permite pegar objetos en el techo o las paredes. Olvídese de las púas lees en el expositor. Terminas tus vacaciones. Vas a aprovechar para acercarte a la playa para poner algunas cosas. En setiembre ya no hay gente. Te gusta ver el mar con la tranquilidad de la soledad. Piensas por un momento la cara de satisfacción de tu mujer cuando has salido. No se lo podía creer. Bricolaje. Voluntario. Tú que has tenido años cuadros apoyados en la pared y nunca has encontrado el momento de juntar la broca con el percutor. Hace un buen día. Sol. Calor. Un poco de viento. Abre con llave la puerta de la calle. La cierras a tu espalda. No hay ningún coche aparcado en los aledaños de la urbanización. Vas a tomar el ascensor pero desistes. No quieres ni pensar que dejase de funcionar. Son sólo tres pisos y gracias al adhesivo con que vas a restaurar algunos alicatados el peso que acarreas es bastante liviano. La casa huele a húmedo y a cerrado. Abres un hilillo la ventana para evitar la corriente. Extiendes un mantel viejo y unos periódicos para no manchar nada. Si no manchas no tendrás que limpiar. Coges el cilindro del adhesivo. Lees las instrucciones. Se debe montar en la pistola metálica para aplicarlo de modo progresivo. Debes limpiar de polvo y restos las dos superficies a adherir. Advierte sobre su ventaja: es muy rápido. Buscas la pistola en el armario de la galería. La regalaban con dos cartuchos de silicona que no llegaste a usar. Retiras el émbolo y lo ajustas a la parte posterior del cilindro. Cortas con un cúter la  punta y le pones el aplicador. Coges la primera baldosa. Aprietas el gatillo de la pistola varias veces y la base del cilindro no se mueve y su contenido no sale. Retiras el émbolo para volver a comenzar. Lo vuelves a intentar y falla en el avance. Quitas el capuchón con la intención de recortar un poco más, quizás se haya secado en el interior del conducto. Aprietas en la base. Recortas un poco más. Vuelves a apretar. Introduces en la punta una púa. Con el estímulo, toda la presión que había acumulada en el interior del cilindro estalla y un chorro de adhesivo te salta directo a la cara. Lo esquivas, pero tu agilidad tiene el precio de perder el equilibrio. Caes y apoyas la mano. No te has hecho daño afortunadamente, podrías haberte roto la muñeca. Has tenido suerte. O eso crees. Intentas levantarte  pero no puedes. Tu mano se ha pegado al suelo. Has caído sobre el pegamento derramado. Tiras pero te arrancarías la piel o incluso el brazo. Apoyas la otra mano para hacer más fuerza. Te vuelves a resbalar en los periódicos y apoyas la mano sobre el adhesivo. Ahora tienes las dos manos atrapadas. Por más que tiras no te puedes soltar. Estás atrapado con tu propio adhesivo sobre el suelo de tu casa de la playa en setiembre. No gritas porque nadie te va a oír. No tienes otra que esperar avergonzado a que alguien venga a rescatarte. Son las nueve de la mañana. Tu mujer regresa del trabajo a las seis de la tarde comprobará que no estás. Esperará unas horas y hasta la hora de la cena no echará de menos tu falta. Tratas de controlar tu organismo. Intentas buscar una postura, pero con las dos manos pegadas boca abajo ninguna es confortable. Tienes ganas de orinar. Siempre que te pones nervioso. Te concentras. No puedes. Aguantar hasta la noche.  A mediodía suena el teléfono. Alcanzas a ver la pantalla, es la foto de tu mujer. Suena tres veces y cuelga. Pensará que estás comiendo y que te has dejado el teléfono. Tienes los brazos dormidos. Las muñecas se te están inflamando. Si te duermes el dolor punzante de los brazos dormidos te despierta.

Te has meado. Te has dormido quince minutos y el sueño te ha traicionado. No deja de ser un alivio de la presión del bajo vientre. A media noche gira la llave. Menos mal que no has dejado la llave puesta. La luz se enciende. “¿Qué haces ahí?” “Me he quedado pegado ayúdame. Llama a los bomberos” Ella suelta una carcajada“ Los bomberos no. Voy a los chinos a comprar disolvente” “NO me dejes sólo que estoy cansado” “No te dejo solo. He venido con mi hermana y mi cuñado que se van a quedar contigo”. “¿Cómo estás?” “Estupendamente” “¿Funciona la tele?” “Sí” “Hermana no tardes” “Media hora”

miércoles, 12 de septiembre de 2012

LA MEDIA LUNA (ANEMIA XXI)

Había fracasado en su viaje a Estados Unidos. Un simple retraso de unas horas podía destruirlo. Sin embargo, dueño de una librería y noble cuando estuvo vivo, tenía un cierto gusto por los libros que no perdió al caer al averno de los vampiros. Vlad quería viajar. El avión quedaba descartado. El barco era posible, pero no en un crucero, donde una caja llena de tierra en un compartimento llamaría la atención. Un buque de carga era lo mejor. Las sentinas de un carguero son tan oscuras como la noche. Un error, un retraso o un adelanto no tendrían efecto alguno. No quería riesgos. El Norte de África. Tánger le pareció un destino adecuado. Además encontró la ventaja de la escasez de católicos, librarse de las incómodas cruces. Tomó una habitación interior exigiendo que estuviese cerrada. Quedaba cerca de la mezquita. Cuando el muecín llamó a la oración de la noche Vlad despertó de su letargo. Estaba algo mareado por el viaje en barco y muy hambriento. Corrió las cortinas y la luna entró sin obstáculos. Miró la playa que aun estaba llena de gente. No esperaba unas costumbres tan nocturnas. Sobrevoló la ciudad. Le gustaban la luz tenue de sus casas y barrios, sólo los neones más cercanos a la costa rompían la tranquilidad de la oscuridad. Olía a canela, a hierbabuena y a cominos. A las afueras un fuerte olor a sangre en los lugares en que se sometía a los animales a sacrificio mirando a La Meca , degolladas para que la carne fuese hallal. Bajó. No soportaba más el dolor de los colmillos. En un parque apartado la figura de una mujer con hiyab hacía la oración de la noche hacia La Meca. Cuando fue noble y guerrero y vertió sangre en los campos de batalla, le excitaban los velos de las mujeres,  encontraba irresistible la insinuación de lo oculto. Se detuvo. La miró hacer los últimos rezos. Le levantó el velo y clavó sus dientes en la yugular sin darle tiempo a reaccionar. Sorbió y no encontró sangre. Sólo un sabor fuerte a ceniza y putrefacción. La mujer se volvió y le apartó de sí. Le habló en árabe. Vlad no recordaba ningunas palabras de su lengua. Antes sí, cuando fue humano sabía palabras de guerra, insultos y palabras para amedrentar. Cuando ella se dio cuenta de que no le entendía le habló en español. “¿Qué haces perro?” “Lo que voy a hacer, beber tu sangre” La mujer comenzó a reír a carcajadas. SE le acercó. Alzó su mano tatuada de gena al cuello de Vlad y lo levantó del suelo. “Suéltame. ¿Quién eres?” “Soy lo que eres tú. Una bebedora de sangre. Hacía mucho que no te veía” “¿Me conoces?” “¿Quién crees que te hizo inmortal?” “Desperté y recordé un sueño donde una mujer me besaba el cuello y después me mordía” “Fui yo. Se puede decir que fui tu madre inmortal” “Los mortales aman a sus madres. Yo te odio” “Solo podemos odiar, el amor se reserva a los vivos” “¿Por qué rezabas? ¿Era un cebo para llamar mortales?” “Eres un ignorante. Los ashiras también conocidos como cainitas cumplimos los preceptos del profeta adaptados a nuestra vida en la oscuridad. No hacemos las oraciones diurnas y el Ramadán lo hacemos por la noche. Debemos ser piadosos porque la inmortalidad no nos preservará del juicio final el último de los días sin haber disfrutado del mayor de los premios para un buen musulmán, el paraíso, esa es nuestra condena. Vente vamos a comer algo” “¿Adónde vamos?” “ Aquí cerca en el malecón hay una discoteca llena de infieles y malos musulmanes. Allí puedo saciarme” “ A mí me da igual la fe que profesen” “No debe morir nadie. Sólo en periodos de guerra o si hay peligro para la Fé verdadera nos está permitido matar” “Yo tampoco mato a mis mejor ganado” “Vamos” “Te va a gustar. El alcohol de los católicos estropea el sabor de la sangre” “Eso va en gustos, luego te digo”

martes, 11 de septiembre de 2012

LA CUEVA DE HÉRCULES


El primer día no había sido bueno. El aterrizaje en el aeropuerto de Tánger casi les permitió tocar los granos  de arena que de Norte a Sur se extendían casi hasta el horizonte. Hacía calor en la península y en Marruecos. Un taxi, un Mercedes antiguo con la vibración de los motores diesel les llevó al hotel. “Estoy deseando darme un baño” “Sin deshacer la maleta bajamos a la playa”.  En la habitación miraron hacia el mar. El espigón del puerto, camellos y caballos en una playa inmensa de arena blanca. Desde el malecón hasta el agua no menos de trescientos metros.”Hay un problema amor” “Me estoy poniendo el bañador” “Yo no voy a bajar” “Hace mucho calor. Hace un momento te apetecía” “Mira la playa” “Magnífica” “¿Quien hay?” “Gente. No mucha porque ya es setiembre” “No veo ninguna mujer ni siquiera en bañador y yo sólo tengo un bikini y muy pequeño pequeño. Las pocas mujeres que hay van completamente vestidas” “Ellos tienen sus costumbres” “No me voy a encontrar cómoda. Bájate tú si quieres” “No me hagas esto” “No me gusta sentirme observada” “Vale pues yo tampoco bajo. No te preocupes. Lo entiendo” “¿Qué hacemos?. La medina la vamos a visitar mañana” “Vamos a la cueva de Hércules” “¿Una cueva?. Las cuevas son todas iguales” “Viene en todas las quías. Tiene que ser interesante” “No me apasiona pero vamos”

Tomaron un nuevo taxi idéntico al anterior pero con la puerta delantera que sólo se cerraba con la ayuda de un cordel. Les dejó a la entrada de un camino que se abría en una plaza, desde cuyo borde se veía el mar veinte  metros más abajo. Entraron en la cueva. Lo más espectacular de la gruta era que se abría al mar y la forma en que lo hacía remedaba el perímetro de África. Por turnos unos niños hacían un salto suicida desde seis metros de altura a una poza no más ancha que un brocal. “Esto no es más que una cueva” “Bueno pero de camino hemos visto el paisaje, nos hemos mezclado con la gente. Mira qué buena pinta tienen esas sardinas. Las acaba de hacer a la plancha” “¿Has visto la cantidad de moscas que hay alrededor?Y no se ve a través de los cristales del expositor” “Pero están asadas. Eso no puede ser malo” “Te he dicho que no lo voy a probar” “Propón tu algo” “No sé. Tú organizaste este viaje” “Lo organizamos los dos” “Me gusta complacerte” “O sea que me reconoces ahora que no te apetecía venir aquí” “No es eso, pero para playa prefiero La Manga o si quieres Altea o Benidorm” “¿O Ibiza?” “ Sí Ibiza habría estado bien” “ Y me lo dices ahora. El primer día del viaje cuando nos queda una semana” “No todo va a ser malo” “Empiezo a pensar que ha sido un error venir aquí, o mejor dicho venir contigo” “Ahora te estás pasando” “No me estoy pasando, de hecho creo que tú también habrías preferido no venir” “No pongas palabras en mi boca” “No son palabras, son hecho, son gestos. Uno no está feliz si no está con la persona con quien quiere estar” “Estás sacando las cosas de quicio porque no me gusta el aspecto de unas sardinas” “No es sólo  eso. En el avión no me has dirigido la palabra ni me has mirado.  Cuando te he hablado te has hecho la dormida. Y desde que hemos llegado… hemos estado en sitios infinitamente más sucios y has estado a gusto. Quizás con quien no quieres estar es conmigo. ¿Te callas?” “No me callo. Te voy a hablar y muy claro. Quiero irme a casa. Este viaje no ha tenido sentido. Tú querías arreglar algo que ya no tiene arreglo. Pero no tiene sentido. No pretendas culparme. Ahora lo veo claro. Si mañana encuentro un vuelo regreso. El viaje ha terminado, por lo menos para mí” “¿No nos vamos a dar una última oportunidad?” “Era ésta la última oportunidad y ha pasado” “Lo siento” “Yo no. Es lo mejor, Al fin el del viaje ha sido un dinero bien invertido” “Lo siento” “Volvamos al hotel que tengo que buscar vuelos".

CURTIDORES


“Pasen por favor. Entren y distribúyanse entre las distintas pilas. El olor no es agradable si alguien no lo  puede soportar que se quede fuera. De todos modos sabían que íbamos a venir y lo han limpiado para nosotros” En lo más alto de la medina de Tetuán atravesando los gremios de los recoveros, carpinteros, albañiles y fontaneros ,un giro, una puerta estrecha y el espacio se abre. Multitud de pilas de agua de distintos colores desde blanco hasta ocres se distribuyen por el espacio junto a la alcazaba como un damero multicolor. Paso y salto sobre una pelliza fresca sin tratar cubierta de moscas. La cabeza está en su lugar sin desollar , las órbitas están vacías. No hay ningún techado salvo un cuarto de dos o tres metros cuadrados donde también hay una pila llena de agua. En ella hay metido un hombre delgado que continuamente se agacha sumerge las manos en el agua, saca una pelliza ya sin pelo, la eleva sobre su cabeza y la deja con un chasquido  sobre un montón de cueros a medio tratar similares. Se agacha y vuelve a coger otra y hacer exactamente  los mismos movimientos. Cada cuero que saca nos chapotea. Nos mira sin hacer un solo gesto ni de reprobación ni de burla ni siquiera de cansancio.”Aquí se prepara de forma artesanal el cuero para nuestra artesanía. Como ven es un proceso laborioso donde el cuero se va liberando primero de impurezas y posteriormente se va tratando con sustancias que le dan la dureza y flexibilidad necesaria para hacer babuchas carteras o bolsos”. No puedo evitar mirar al hombre sumergido. Un hombre haciendo un trabajo de máquina. Lo miro y me mira. Doy dos pasos hacia atrás y piso la pelliza.  El hombre deja de golpear las pieles se lleva las manos a la cabeza y me increpa. Lo miro y noto un dolor agudo en el talón. Evito gritar para no llamar la atención porque creo que he hecho algo que no debía hacer. Me miro el lateral de la sandalia y veo sangre. El hombre me mira y mira la pelliza. Mira la pila de cueros húmedos que ha sacado del caldo sanguinolento en que se encuentran y gira la cabeza de un lado a otro. Frunce los labios. Me mira y leo en sus ojos un no ves lo que has hecho. Sólo he pisado la pelliza. Sin querer. Ya me he hecho yo daño no sé con qué. Mi pie sangra. Que la hubiesen quitado si es cierto que lo han limpiado todo para nuestra visita. No sé qué podía tener esa pelliza de especial. El hombre se volvió al agua y siguió con su trabajo. Antes de empezar apartó las pieles que ya había fuera del agua y comenzó un nuevo montón. Miró la pelliza que lo miraba y me pareció que le decía algo sin mirarla directamente a las cuencas donde estuvieron sus ojos. Me volvió a mirar con resentimiento y siguió con el nuevo montón.

Cuando salimos me acerqué al guía. “Perdone Abdul. He pisado sin querer la pelliza  que había en el suelo y el curtidor que estaba en la pileta me ha parecido que se ha molestado” “Son gente supersticiosa. Este oficio es anterior a la dominación árabe de Marruecos. Los oficios se han heredado a lo largo de generaciones y también las supersticiones. Por eso no han quitado esa pelliza cuando hemos entrado. Cuando de madrugada a las tres o cuatro de la mañana los carc
niceros les traen los fardos con las pieles, deben dejar una pelliza al sol mirando a la pileta donde empiezan a procesarlas” “La que he pisado es la de hoy” “Sí. A la puesta de sol, cuando dejan de trabajar por unas horas la piel  sigue ahí. Por la mañana sin embargo cuando regresan no está, un cordero sacrificado dicen que viene a recuperarla. Si por algún motivo la piel se mueve o desaparece, las pieles del día se perderán, hagan lo que hagan, al menos eso dicen, se pudrirán” “Por eso se ha cabreado” “No te preocupes. Se le pasará”. 

Volvimos al hotel. Al salir de la ducha mi compañera vio la sangre en mi pie. “¿Qué te ha pasado en el pie?. Estás sangrando” “Una oveja me ha mordido”

LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ


Cuando salieron del hotel de Tetuán hacía una noche magnífica. Algo bochornosa como corresponde al fin del verano pero con un cielo límpido. Se distribuyeron en los dos coches que les conducían a la boda de Narvin, su compañera de trabajo. Les acompañaba el guía, un hombre enjuto y muy serio pero que sin servilismo se desvivía por atenderlos. Les acompañaba también un amigo del padre de la novia que había sido el Delegado de Turismo de Tetuán. Aunque la boda estaba prevista a las ocho y media, ya les habían advertido que a esa hora no  habría nadie. A las nueve y media comenzaron el camino. El que fue delegado de turismo insistió en mostrarles una zona de la ciudad. Callejearon hasta alcanzar el mar. De repente se encontraron en medio de un mercado enorme de casi un kilómetro de longitud con tenderetes de ropa de segunda mano. El señor les informó que era ropa que procedía de España. Cáritas la vendía ahí para convertirla en dinero líquido para sus proyectos de asistencia. “¡Pare por favor, pare por lo que más quiera!” El conductor ante el alarido de la mujer se detuvo. Como los cinturones no funcionaban dos o tres pasajeros emperejilados acabaron rodando por el suelo. “Abra por favor. Abra inmediatamente” Abrió. La mujer saltó del autobús. Se cogió el vestido largo. Y de puntillas porque llevaba tacones corrió en la dirección en la que habían venido. Revolvió entre la ropa y sacó del montón un trozo de tela. Su marido corrió tras ella. Entrablaron una  negociación con el vendedor. Salió un billete de cincuenta euros y regresaron. Cuando subió al autobús, ella sudaba. Gotas negras de rímel se deslizaban mejilla abajo. La espalda del vestido de gase estaba empapada y por detrás los flecos que se habían rozado con el suelo se habían ennegrecido. Al subir al autobús el sonido del desagarro anticipó un siete enorme en la tela. A pesar del todo la mujer sonreía. Los otros viajeros la miraban. “Es mi vestido favorito. Lo perdí hace seis meses. Y lo he encontrado. Qué suerte que nos hayamos venido a este mercadillo. Desde la ventana he visto aparecer un trocito entre otro montón de ropa. Mirad qué bonito” Extendió un vestido con olor a rancio estampado de color verde chillón con mangas y atado en la cintura.

Seis meses antes el día después de otra boda la misma mujer lavó con esmero el vestido y lo tendió protegido del sol para que esos estampados tan bonitos no perdiesen un ápice de su colorido. Era un día ventoso. Era sábado. La mujer salió. El marido vio el vestido tendido. Cuanto odiaba esos estampados y ese color. Y aún odiaba más cuando ese trozo de tela que habría resultado deslucido para un mantel o para una cortina de un baño, lo vestía su mujer. Le resultaba repulsivo entrar con ella del brazo vestida con semejante atuendo. Él con traje gris y ella con verde esmeralda le hacía sentirse blanco de todas las miradas. Y era su favorito. Y estaba tendido en la terraza, protegido del sol, para que el verde chillón no se atenuase ni un píxel. Su mujer no estaba. Era su oportunidad. Pero ¿cómo?. Vio zarandearse el toldo con dos ráfagas de viento. Su oportunidad. Salió a la terraza. Lo arrancó sin quitar las pinzas. Corrió escaleras abajo. Cruzó la calle. Vio el contenedor de ropa y juguetes. Lo introdujo en el balancín lo elevó y cayó al interior. Respiró aliviado. Ella lloró mucho y muchos días después de dar por finalizada la búsqueda de lo que el viento se llevó.

Cuando llegaron al lugar de la celebración unos mozos vestidos de sarraceno les saludaron y les invitaron a entrar. Con la luz la mujer contempló el estado penoso de su maquillaje y los destrozos en su vestido. “Menos mal que he encontrado mi vestido favorito” Se metió al baño y regresó con aquel vestido puesto. Él trató de sentarse antes de que le alcanzase, pero llegó por detrás. “Mira cariño ¿A que me favorece?” “Sí cariño” Ella le cogió del brazo y recorrió el camino más largo hacia la mesa que tenía reservada. Tocaba un grupo de música andalusí muy parecida al flamenco pero más y mejor orquestada.

lunes, 10 de septiembre de 2012

UNA CABEZA DE TIBURÓN MARTILLO


Nunca imaginé que vería un tiburón martillo en una mesa del mercado de la medina de Tetuán. No olía a pescado. Olía a gallinaza. Pequeños puestos a los largo de calles frescas estrechas de lo que debe ser en su conjunto uno de los más grandes centros comerciales del mundo. Poco más allá los encurtidos. Más abajo la casquería, cabezas de cordero enteras sin desollar. Dulces. Ropa. Hilos, paredes de ovillos de hilo. Carpinteros, fontaneros, curtidores trabajando malolientes zamarras de cordero medio sumergidos en aguas infectas del mismo modo que se hacía hace mil años o más. El guía que alardea de su parecido con Butragueño nos condena a un ritmo rápido que sólo se ralentiza en los lugares que él considera aptos para comprar. Es el pan de su casa. Es ameno y es claro. En poco tiempo nos introduce en una cultura condenada quizás a la extinción. Salimos de la zona de tiendas. Enfrente una puerta centenaria. Las casas de la medina fueron casas señoriales, sin ventanas al exterior, con la luz proveniente de los patios. El guía nos señala una ventana un poco más arriba y a la derecha de la puerta. Hay mujeres que no salen de su casa sin es con sus maridos. Si alguien viene y llama a la puerta, se acercan a la ventana sin mostrarse. Si por la voz reconoce que es un hombre responden que no hay nadie, que venga más tarde. El guía, el Butragueño, nos explica que en su cultura hay que librarse de las habladurías, porque si un hombre entra a una casa con una mujer sola qué saben los vecinos que está ocurriendo en el interior. De ese modo se previenen las tentaciones y las habladurías. Murmullos entra la  mayoría de las mujeres que nos acompañan.

“Señor, señor” Miro y es un anciano desdentado, encorvado, creo que ciego, o al menos tuerto por la mancha blanca en una de sus córneas. “Si me da unos euros le contaré una historia que ocurrió en esa casa hace mucho tiempo” Una historia. ¿Quién se puede resistir a una historia por unos euros. “Diez euros” “A esta casa vino una vez un ciego que suplicaba caridad por los caminos y acababa de llegar a Tetuán. En el mes de agosto de su calendario aquí hace mucho calor. No conocía las calles por las que caminaba agarrado a las paredes. Los comerciantes de la medina no son generosos cuando la venta es escasa para familias tan largas. Caminaba sin destino y con frecuencia se perdía en la maraña de callejas. Y así perdido llegó a esta casa. Tocó a la puerta. Ante la falta de respuesta volvió a tocar. Tengo sed y tengo hambre dijo. Siguió el silencio. Tengo sed y tengo hambre insistió. No hay nadie aquí respondió una voz. Ahora fue él quien calló. Aquel sonido le quitó las pocas fuerzas que le quedaban. A rastras se marchó y tropezó en el dintel. Durmió al raso. Por la mañana acudió al haman a tomar un baño. Repitió los pasos del día anterior y se apostó bajo la misma ventana. Tengo sed y tengo hambre. La respuesta esta vez no se retardó. No hay nadie venga otro día. Vendré respondió y se arrepintió de sus palabras. Pero regresó. Antes de llamar ella respondía. Nadie. Nadie sabe cuanto tiempo estuvieron así, pero lo que sí se sabe es que su marido, un viejo mercader regreso a casa un día, entro por esta puerta y la mujer por la que su padre en dote había recibido veinte camellos y dos docenas de cabras, con sus dieciocho años no estaba. Juró matarla, arrancarle las uñas, los ojos y lapidarla con piedras afiladas. Lo habría hecho. Era la ley. Pero no la encontró. Unos dicen que estuvo a punto, pero se le escaparon; la mayoría dice que al ver imposible la huida, al saber los dos que si la encontraban a ella al menos le esperaba una muerte segura, se arrojaron al mar en un acantilado del Cabo Espartel; otros sin embargo juran que los vieron en una caravana de beduinos que desde Fez hacían el camino hacia las tierras lejanas de Egipto. Y es que al amor no se le pueden poner puertas” “Ni ventanas. Muchas gracias. Me adelanto que me quedo retrasado del grupo y no sé si sabría salir de aquí”

HASTA QUE LA MUERTE


“Ha sido un desastre” “Como siempre” “Pero un avión no se estrella todos los días” “Como siempre. La muerte siempre es la muerte con olor a podrido o a quemado, mucho silencio y después lágrimas, y a veces ni eso” “Jefe no creo que sea usted tan frío” “No lo soy. Es mi trabajo. Tengo que buscar pistas de lo ocurrido, si ha sido una negligencia del piloto o del mantenimiento en tierra, un defecto de fabricación, un vicio adquirido con el uso o un sabotaje o simplemente una acumulación aleatoria de desgracias que se han unido en un momento fatal del tiempo. ¿Sabes lo que me impresiona, qué me supera aunque permanezca sereno?” “No” “Los heridos. Los vivos que temen el trance de la muerte y gritan o guardan silencio. Eso, pero los muertos. Los muertos callan. Lloran sus allegados, pero a esos yo no los veo?  Pero dejémos de filosofar. ¿Cuántos muertos tenemos?” “ Noventa y seis o noventa y siete” “¿Noventa y seis o noventa y siete?” “No lo sé” “¿Hay algún herido grave o moribundo?” “No hay heridos” “Entoces si hay restos dispersos de cadáver, toma muestras de ADN de cada uno de ellos. Después si no quieren o no tienen presupuesto que no lo procesen, pero que no nos pase como a los que hicieron la identificación de los cadáveres del Yacolek que se estrelló con militares en el Cáucaso” “No señor, no hay fragmentos que no podamos identificar. Tenemos noventa y siete cadáveres achicharrados” “Y si tienes noventa y siete, por qué reduces las víctimas a noventa y seis. ¿Quieres volverme loco?” “Los cadáveres están contados. Han muerto abrasados atados a su asiento. Ha sido fácil el recuento pero nos sobra uno” “¿Sobra uno? Pues tíralo a la basura. ¡cómo te va a sobrar uno! ¿Es que estoy rodeado de ineptos?” “Aviación civil ha cotejado la tripulación, la lista de tarjetas de embarque y la grabación del finger de entrada y del entorno del aeropuerto. Para ellos el pasajero de la 23 E no existe” “Y la caja negra” “Nada raro hasta que el piloto no controla la fuerza de los motores. Ninguna referencia a un polizón” “¿Has recogido una muestra de la dentadura además del ADN?” “Está hecho” “Si no hay otro remedio esperaremos a que alguien denuncia su desaparición”.

“Jefe, se acuerda del cadáver que quedó sin identificar del accidente aéreo” “Claro” “Hay una novedad” “Al grano que esto no es una novela negra” “La mujer ya estaba muerta al menos cuarenta y ocho horas antes” “¿No insinuarás que un asesino se lleva el cadáver de su víctima en un vuelo comercial repleto de pasajeros y tiene la mala suerte de que se estrella?” “No. La mujer falleció por las metástasis de un tumor” “Entonces se la llevaban ya muerta sentada para ahorrarse el ataúd de zinc. ¡Esta crisis!” “ Jefe se me antoja poco probable” “Que revisen esa información y si se confirma pide una orden al juez para tener acceso a los certificados de defunción de esos días”

“Ya tengo los resultados preliminares. La necropsia confirma los resultados preliminares y nos da una edad aproximada de cuarenta años. En esos días  murieron en la región diez mujeres de esas características, tres de ellas de alrededor de cuarenta años” “¿Historia dental?” “De dos de ellas” “¿Y?” “Una coincide con la mujer no identificada del avión siniestrado” “¿Quién es?” “La esposa del pasajero del asiento 23 F” “Un cadáver junto a su marido que muere en un accidente. Sigue sin cuadrarme, aunque elogio tu trabajo” “Y menos que le va a cuadrar” “¿Queda más?” “ En el cementerio donde estaba enterrada” “Supuestamente” “El sepulturero asegura con la foto que conseguimos que era ella. El mismo sepulturero escuchó un chasquido o un chirrido al anochecer cuando terminaba su labor de mantenimiento del cementerio. Se acercó a inspeccionar. La lápida estaba movida y dentro de la fosa la caja estaba abierta y vacía. Puso denuncia ¿Sabe lo mejor?” “Me lo temo” “La hora estimada de la supuesta profanación” “¿La misma del accidente?” “SÍ”