viernes, 21 de septiembre de 2012

LAS AGUJAS DEL RELOJ


Cuando mi hija nos vio discutiendo nos recriminó de forma muy agria. No recordaba haberla visto así. Desde que nació fue una niña un poco rara. Su mirada intimidaba a los adultos que se acercaban a hacerle carantoñas. Pero como ayer nunca. Yo discutía con su madre, mi mujer, por naderías, como siempre, ninguno de los dos queríamos renunciar a la última palabra. Mi hijita no había hecho un gesto. Dejó su muñeca en la trona, con mucho cuidado, sacó los pliegues del vestido de los laterales de la silla. Los ordenó uno por uno. La peinó con dos pasadas precisas del cepillo. Se agachó. Juntó su cabeza a la de la muñeca y le susurró al oído muy flojito, o no tanto, pero nuestros gritos nos impedían oírla. Se dio la vuelta. Esa mirada. No podré olvidarla. Las cejas enarcadas. Como su madre. Pero los ojos con una expresión fría. La boca blanda. Los labios fruncidos. La punta de la lengua que se insinuaba. Sus pupilas negras no dejaban ver el ojo de sus iris. Callaros ya. Susurró. Seguimos sacando trapos sucios del desván de los recuerdos de pareja. Que os calléis. La miramos de reojo. A la vez le dijimos que no se preocupase que no era nada . Que tu padre. Que tu madre. Y nos volvimos a enzarzar. Que os calléis estoy harta de oíros discutir. Esta vez sí nos callamos. A través de sus pupilas se veían sus retinas rojas como fuego. Os vais a callar porque yo lo digo. Estoy cansada de escucharos decir tonterías y discutir a cada hora. No puedo jugar con mi muñeca con un mínimo de tranquilidad. ¿No podéis entenderlo?. Son cosas normales en familias. Dijimos su madre y yo al unísono. No son cosas normales. Estoy harta de vosotros. Estoy muy harta. En sus ojos refulgía el rojo como dos llamas. Hija no te pases. Sí no te pases. No entendéis nada de nada. No sois nadie. Yo tomo el control. Ha llegado el momento. Hija no te pases. Eso, repliqué. Alzó las manos. Nos señaló y no vimos levitando. Movió las manos y nos zarandeó en el aire. ¿Me vais a hacer caso? Suéltanos.No os voy a soltar. Que nos sueltes. Eso suéltanos. No. Todavía no he decidido qué voy a hacer con vosotros. Os voy a poner a reflexionar. Mucho tiempo hasta que decidáis dejar de discutir cada hora.

Y aquí estamos. Dando vueltas. Los pies en el eje. Nos vemos a las doce. A la una y seis minutos a las dos y doce minutos, a las tres y diecisiete, a las cuatro y veintidós, a las cinco y veintinueve,a las seis y treinta y tres, a las siete treinta y ocho, a las ocho cuarenta y cuatro, a las nueve cuarenta y nueve, a las diez cincuenta y cinco y a las doce. Once veces al día nos encontramos. Por supuesto mi mujer y yo no nos hablamos y hace ya una semana. Yo he tenido suerte. Marcar las horas hace el recorrido lento. A ella le han tocado los minutos. Mi hija nos mira en su muñeca dar vueltas en silencio.  Hace algo más de una hora iba algo mareada. Doce vueltas en un día es mucho, me ha reconfortado su sufrimiento, pero me abstengo de reír, porque una vez hice una mueca y mi pequeña me miró y me amenazó con trasladarme al segundero, y eso que yo hasta en la más mínima atracción me he mareado no podría soportarlo. Aún doy gracias por ser la manecilla horario de un reloj de pulsera. NO quiero pensar ser de un carillón con sus campanas cada hora. Todavía he tenido suerte. Mañana, al llegar mediodía intentaré reconciliarme con mi mujer a ver si mi pequeña se apiada de sus papis y nos retorna a nuestra vida normal. En el futuro sólo discutiremos cuando esté en el colegio, o si acaso cuando duerma. La próxima vez nos ha amenazado con convertirnos en granos de un reloj  de arena, zarandeados arriba y abajo al ritmo del tiempo. Ya viene por allí su madre. Silencio. Si espero, en cinco minutos se aleja. Mañana. Mañana será el día de la reconciliación. 

jueves, 20 de septiembre de 2012

BLOQUEADO


El Kebab no sabía bien. La salsa olía agria. No tendría que haberlo probado. Estaba muy hambriento. Ahora tengo que entrar a dar la clase y no sé cuanto tiempo podré aguantar. Primero ha sido el ardor. Después los eructos. Y ahora, justo ahora los retortijones. Podría irme pero no puedo. No suponía que estudiar educación física tuviese unas salidas tan complicadas. Sin oposiciones las clases en los gimnasios son mi única oportunidad de trabajo. El Metropolitan es un gimnasio muy bueno. De momento sólo dos grupos tres veces a la semana, pero tiene gimnasios en más lugares y puedo desarrollar más actividades paralelas, quizás pueda ser entrenador personal de algún alumno. El retortijón vuelve. Hoy. El kebab de los cojones. No podía haber tomado un bocadillo. Qué dolor. Voy a sentarme porque creo que me estoy mareando. Estoy solo en el vestuario. A media mañana empezarán a llegar los alumnos. Ahora estoy solo. En cuanto me quite el pantalón me coy al baño. Si aguanto.

¡Qué alivio! Ahora mejor. Ahora sí podré aguantar la clase. El spinning es sentado. Si fuese la clase de pilates sería otra cosa. No podría soportar las contorsiones, pero la media hora del spinning sí. O eso creo. Qué dolor. Otra vez. Creía haber terminado. Tendré que esperar a levantarme. Mi tablet. ¿Dónde está mi tablet? ¿ Y mi cartera?. Me las he dejado fuera. Todas mis clases. Todas mis tarjetas afuera. No me puedo levantar. No hay nadie. No conozco todavía a la gente del gimnasio. En otros lugares hay rumores de mangantes. Aquí no lo sé. No me puedo levantar. No hay nadie. No por Dios. Viene otra vez.

Hay alguien afuera. La puerta se ha abierto. Camina. Será la limpiadora. Demasiado sigilo y no ha preguntado si había alguien. Ahora se detiene. Es el vestuario  masculino podría haber alguien desnudo. Pero no necesariamente tiene que ser una mujer. Ahora hay muchos limpiadores varones. Un hombre no tendría que anunciarse cuando llega al lugar en que hay otros hombre. Se ha detenido. Tiene que estar a la altura de mi mochila. La taquilla, está detenido enfrente de su taquilla, será un trabajador o un cliente madrugador. Pero a veces los robos domésticos los comete gente de dentro, personas insospechadas que no saben resistirse a la tentación de una tablet o no saben o no pueden evitar la emoción del riesgo de ser descubiertos tomando posesión de lo ajeno. Tienes que hacer algo. Tienes que encontrar un modo de manifestarte. Si estuviera bien podría salir. El intruso en cualquier caso no será violento no se atreverá a buscar pelea, huirá. Pero no puedo mis tripas me están matando. Ha abierto un  velcro. Ahora un cremallera. Pero no puedo gritar desde el baño. No puedo hacerlo, si hablase sentado me sentiría ridículo. Dios que puedo hacer. Me están robando en mis narices y no puedo hacer nada. Grítale. Amenázale. No puedo. Si me equivocase tendría que abandonar el trabajo. Pensarían que soy alguien desconfiado. A mí mismo me mataría la vergüenza. ¿Qué puedo hacer?. Me duele la tripa y ahora me estalla la cabeza. La cadena. Si tiro de la cadena huirá.

SE escucha el ruido de la cadena. El sonido silencia el resto de ruidos que pudiera haber fuera del baño. Cede el retortijó. Me levanto me lavo las manos y salgo. Hay un muchacho con la mochila junto a la mía. Le sonríe. “¿Usted es el nuevo profesor de spinning?” “Sí. Soy yo”

miércoles, 19 de septiembre de 2012

LA RANA


El olor a sábanas limpias. El tacto crujiente de una sábana extendida sobre otra. El crujido cuando la despliegas. La cama es siempre una fuente de placer para el descanso o para el sexo. Llegas a casa después de un largo viaje. Abres la mampara de la ducha. Catas la temperatura del agua. El vapor anuncia que está muy caliente. Giras el mando hacia el lado azul. Esa es la temperatura que te apetece sentir por cada rincón de cuerpo. El tintineo. El masaje de la esponja. La puerta entreabierta y al otro lado la cama. Aunque estás solo no te resistes a perfumarte antes de echarte. Cada detalle importa para el momento de la inmersión entre las sábanas. El momento del buceo buscando la postura adecuada para descansar. Te paralizas. Bajas la presión de cada uno de tus sistemas. Enfocas tu cerebro a la fantasía que deseas. Y te duermes. O así debería ser si al apratar la sábana para echarte no escuchases un croar y vieses justo en el centro geométrico un batracio que croa y te mira con descaro.

“Croac, Croac” “¿Qué haces aquí en mi cama? Aquí no hay charcas o acequias, ni piscina, este es un apartamento sin terraza en el centro Murcia” “CRoac, croac” “Mi abuela decía que en tormentas especialmente intensas se había visto llover ranas. Es final de setiembre y hace mucho calor” “CRoac, croac” “¿Por qué eres tan descarada? Deberías saltar a tu charca en cuanto me has visto” “¿A qué charca? Croac CRoac” “Has hablado” “Que a qué charca. Croac Croac. Esto es una habitación” “Una rana parlante. Eres un prodigio o yo estoy ya durmiendo” “No estás durmiendo. CRoac croac” “Vete de  mi cama que estoy muy cansado” “No pienso irme. A falta de charca estoy muy cómodo” “Lleguemos a un acuerdo. Apártate por lo menos que pueda acostarme en este lado. A mí las ranas me dan muchísimo repelús” “Para que me mueva. CRoac, croac. Primero debes acariciarme la cabeza y después darme un besito” “¡Qué asco! Se me revuelve el estómago con sólo pensarlo. No puedo soportar las ranas” “Mala suerte. CRoac CRoac. Pero si no me das el besito no me puedo ir” “¿ Por qué me ha tenido que pasar esto a mi precisamente hoy que estoy tan cansado?” “Croac. Mejor es esto que te hagan un hechizo que te condene a ser una rana. Croac Croac” “¿Por eso hablas? No siempre fuiste una rana” “No . Croac, CRoac. Slurp” “Te acabas de comer una mosca” “Es asqueroso. CRoac. Croac. Pero no he podido evitarlo. Antes de ser una rana, yo era concejal del Ayuntamiento de Murcia” “¿Quién te hizo esto?” “El mismo brujo. CRoac croac. Que nos tiene condenados a esta crisis. CRoac. Croac. Después de muchos días de estudio había llegado a la fórmula para neutralizar el hechizo que nos tiene en la ruina. Croac. Croac. El brujo se enteró y aquí me tienes comiendo moscas” “¡Qué mala suerte, para uno que actuaba con buena fe!. Yo te acariciaría y te besaría pero no puedo” “ Si me besas, desde el ayuntamiento te daré lo que me pidas. CRoac. CRoac” “Pero si ahora estáis tiesos” “Simpre se puede hacer algo croac croac” “Mira, ahora que lo dices, al colegio de mi hija le vendría de perlas arreglar el gimnasio que está cerrado porque no tiene bomba de achique, y renovar algo el mobiliario” “Eso es fácil. Pide algo más. CRoac. Croac” “Yo tengo trabajo. Me conformo. Arregla algún otro  colegio y por favor abaratad el bono de transporte, que la gente va tiesa” “Hecho. CRoac. Croac. Ahora bésame” “Uno , dos y tres. No puedo” “Por favor. Bésame. Croac CRoac. Tenemos que acabar con la crisis” “las mejoras en el colegio y en el municipio están en juego, el bono transporte está en mi mano. Lo voy a hacer. Lo voy  a hacer. Una dos y … MUAAAA. ¡Puaj!”

Se levantó una humareda y sobre la cama apareció un hermoso concejal con una traje de Armani , zapatos Sebago, cinturón de Hermes, camisa Carolina herrera y corbata, alfiler y gemelos de Moschino. Se sacudió el polvo que había dejado el humo . SE atusó el cabello. Se bajó de la cama y se dirigió a la puerta dejando de lado a su desencantador que sólo vestía una toalla entorno a la cintura.

“No me ha costado mucho. ¿Cuándo vas a hacer lo del colegio y lo del abono transporte?” “¿Qué?” “Lo que me has prometido” “Mira. De ti para mí. Nunca hagas mucho caso a un político en campaña”

lunes, 17 de septiembre de 2012

El BARQUERO


“Esto es un fórmula uno” “Un fórmula uno no, pero tecnología fina sí” “Tienes un montón de pilotos. Debe ser muy complicado manejarlo” “En absoluto. La mayoría son testigos. Para ponerlo en marcha sólo tengo que darle a este botón para el encendido. Este otro para comenzar a dar presión a las bombas hidráulicas. Este otro para abrir la caja de los viajeros. Con este la cierro. Este otro lo pone en marcha y este más alejado me confirma la marcha.  Y este asa que es la parada de emergencia. Está todo numerado” “Pero es alucinante. Pero para desmotar esto .¡Tela!” “Es lo más fácil de todo. Ahí donde lo ves, la atracción no es más que un camión con la cuba desplegada y el mástil donde engancha el eje es esencialmente una grúa enorme. SE pliega solo y se vuelve un camión. Es muy rápido” “Como un transformer” “Exacto” “¡Qué chulo! Mi abuelo y yo tenemos que darnos una panzada de montar perno a perno para que todo esté listo, y asegurar cada coche y cada coche con sus cables, y si se rozan, que se rozan mucho en invierno a final de enero que no tenemos ferias los pintamos. Tírale líneas con el pincelito. Acabas con los riñones destrozados” “Desde luego es mucho más incómodo. Pero” “Pero nada. Es mucho más incómodo. Ya quisiera yo tener una como estas en vez una rueda de caballitos, pero hasta de segunda mano tienen que valer una pasta” “Mucho” “Pero qué gozada” “Sí” “Bueno. Muchas gracias por enseñármelo. Si quieres luego te invito a algo” “No hace falta. Ha sido un placer. Si quieres un día te dejo manejarlo” “Jo tío. Sería lo más grande” “Pues te pasas un par de días y un día que libre me dejas tú a mi en la tuya” “¿Qué interés vas a tener tú en una rueda de caballitos”

Sí, sí que me interesa manejar una rueda de caballitos. Yo soy feriante. Hijo y nieto de feriantes. La feria, los viajes, los chiringuitos, la música, las luces, los papelillos y los fuegos artificiales han sido nuestra vida y nuestra muerte en accidentes o por puro cansancio como mi abuelo que sólo salió de su rulot en la ambulancia que lo llevó a morirse al Hospital Reina Sofía en Córdoba. Ni cama le pudieron dar. De la observación a reanimación, de un sitio a otro como había vivido. Mi padre y  mi abuelo fueron feriantes. Yo soy hijo de feriantes pero yo soy un cajero de un banco. La atracción es una empresa, con acciones, dividendos amortizaciones y desgravaciones. Las decisiones de esta empresa ya no se toman mientras lo montas y lo desmontas, si la gente ha venido o no, si el tiempo a acompañado o ha llovido cada día sino en una reunión de la sede social, donde la voz cantante la lleva mi primo el economista con su máster de ESADE que no ha pisado ni una feria. No sé lo que soy y lo que soy no me gusta por muchos botones de colores que tenga en mi cabina o por la cantidad de vatios de música que lance al exterior. No me satisface tener acciones de un bulldozer. “Oye” “Decidme” “Queremos ocho entradas” “Lo siento es hora de cierre la máquina se ha desconectado” “Venga. Se acaban las fiestas. Somos ocho danos una vuelta” “No es que no quiera. Es que se ha terminado chicos. La máquina está programada para pararse a esta hora. Esto gasta mucha energía para estar encendido en balde” “Pues nos vamos a los caballitos” “Lo siento”

“Abuelo está usted echando la lona. No lo molestamos” “¿Qué queréis?” “Se acaban las fiestas. Vamos chispadas como piojos no se lo vamos a negar pero nos apetece mucho darnos una última vuelta antes que acaben las fiestas” “Coño. Montaros que yo también he sido joven” “Abuelo. Que estamos cerrando” “Coged caballos. Y tú también. Deja de recoger. Mira que chicas tan guapas. Las niñas bonitas no pagan dinero” Y puso a todo volumen al montar la barca me dijo el barquero las niñas bonitas no pagan dinero. Las muchachas reían . Su nieto reía. Él cantaba a carcajadas mientras bebía tragos de un bote de cerveza. Enfrente, con las luces apagadas un transformer tomaba la forma triste de un camión. En la cabina un muchacho los miraba, las risas y los caballitos viejos y repintados que subían y bajaban.

domingo, 16 de septiembre de 2012

LAS BABUCHAS


“¿Abuela vas a estar esta tarde en tu casa?” “Si hasta las siete que después he quedado a andar con mis amigas” “¿Me invitas a un café?” “Y a lo que tú quieras” “He vuelto de viaje y te he traído una cosica” “¿Y para qué te molestas?” “Nos das tú siempre que salimos. Luego nos vemos que tengo ganas de darte un abrazo. Cuelgo que tengo que arreglarme”

Me gusta que mi nieta venga a verme. Me gusta verla hacer cosas que yo no habría soñado hacer. Está terminando su carrera, ha viajado por sitios que yo no sabía ni que existiesen, es guapa, o por lo menos yo la veo muy guapa, tiene buenos amigos, sus amigos la quieren, respeta a su madre y de vez en cuando viene a verme a mi. Muchas veces sin avisar. A veces he tenido que rehacer mis propios planes, pero los veo tan poco que no voy a ponerle pegas. Voy a hacer unos buñuelos en un momentico que le encantan.

Están ricos. Luego no podré comer ninguno. Ella médico y yo diabética, me pondría la cabeza a cien. Tomaré otro con un poquico de azúcar. Que sea lo que Dios quiera.

El portero eléctrico. Ahí está. Mírala que guapa hasta en blanco y negro. “Sube”.

“Hola abuela dame un abrazo” “Mua mua mua mua. Te comería a besos. Tan alta y tan guapa. Estás más delgada” “No abuela estoy bien. Tú siempre me ves más delgada. ¿Huele a buñuelos?” “Acabo de terminarlos. Me han salido riquísimos” “Abuela que eres diabética. No los habrás probado” Se relame un pequeño resto de azúcar glas de la comisura “No hija no. Yo no puedo comer dulces, ya lo sé, son para ti” La nieta lleva una bolsa en la mano. Deja la bolsa y el bolso colgados de la percha de la entrada. La joven pasa de largo el salón que sabe que su abuela que vive sola no usa mucho, deja atrás las fotos de bodas y bautizos de la pared, de las comuniones y graduaciones, y en el lugar de honor la de su abuelo que falleció hace ya diez años. En la primera puerta a la derecha está la sala de estar, la mesa camilla en el centro, el mueble del televisor enfrente, la mecedora al lado con el gato que se levanta y se frota con las perneras de su pantalón al reconocer en ella el olor de la familia. Se sienta en la mecedora. Curiosea la labor que hace su abuela: el cuello de una chaqueta de punto. “Aquí tienes tus buñuelos . ¿El café cómo lo quieres?” “Manchado” “Aquí tienes la leche condensada” “Están buenísimos abuela. Cómo te echo de menos. Tengo que venir a verte más” “Cuando tú quieras. Yo siempre estoy aquí o muy cerca. ¿Dónde has estado esta vez?” “En Marruecos abuela” “¿Y qué tal?” “Me ha gustado mucho. Tienen unas costumbres un poco radicales para nosotros, pero tiene mucho encanto, en muchos lugares es como viajar en el tiempo cincuenta, cien años o más” “No sé yo si firmaría eso cariño” “Claro que no abuela, ni yo tampoco, pero es algo muy interesante. Te ayuda  a apreciar cosas que tenemos cada día y te encuentras otras nuevas” “No sabes cómo me gusta oírte” “¿Y con quien te has ido? ¿Tienes novio?” “Abuela me he ido con mis amigas. Soy muy joven para tener novio” “Pues a ver si se te va a pasar el arroz que a tu edad tu madre ya estaba casada” “Eso era antes. Tú no sufras. ¿Un poquico de mistela no tendrás?” “Sí. Ya te la traigo” Cuando salió no pudo evitar mirar la bolsa colgada en la entrada. Tenía una cierta curiosidad por su contenido. “Abuela te he traído un regalico. Te lo doy” “No te levantes. Dime qué es y termínate los buñuelos” “Unas babuchas” “¿Y eso qué es?” “Las babuchas son como unas zapatillas que usan en Marruecos en su traje típico incluso para ir por la calle. Te las doy” Qué atinada había estado. Unas zapatillas, con la falta que le hacían. Y con lo cortas que estaban las pensiones nunca veía el momento de cambiarlas. Mientras su nieta iba a la bolsa a traerlas, cogió las suyas que estaban hechas una pena y las tiró a la basura con los restos de las sardinas en escabeche y las pepitas de melón del medio día. Descalza regresó. Se acomodó en la silla.

“Toma abuela” Le extendió dos zapatitos muy bonitos de poco más de tres centímetros. “¿Eso qué es?” “Unas babuchas de imán. Verás qué bonitas quedan en el frigo. ¿Qué haces descalza abuela?” “El podólogo me lo ha dicho para que no me duelan los callos” “Me tengo que ir. Muchas gracias por los buñuelos y el café. Dame una par de besazos” “Adiós guapa".

Cuando la puerta se cerró se acercó a la basura. Los jugos había empapado sus zapatillas. Las babuchas refulgían en el frigo. Abrió el monedero. Había algunos euros para acabar el mes. Luego se pasaría por los chinos de la esquina por unas zapatillas nuevas.

sábado, 15 de septiembre de 2012

UN CORAZÓN DE MANZANA


A la altura del Marble Arch entré en Hyde Park.  Prefería pasear entre césped y arboledas a pesar del frío y la amenaza de lluvia que soportar el ruido del tráfico que buscaba el norte de la ciudad. Las manos en los bolsillos del abrigo. La marcha rápida de las distancias largas. El cuello encogido como las tortugas para evitar el frío. El pequeño pedestal del Hyde Park Corner me pareció triste. Aquel era un lugar de peregrinaje de la España de la Dictadura. Ahora casi nunca hablaba nadie allí en un mundo que  ha perdido la fe en las palabras. El mundo de hoy sólo cree en el tiempo que pasa rápido, en la energía y en la fuerza. A estas alturas del año no quedaban hojas. A la altura de Buckinham Palace crucé a mi parque favorito en Londres, Saint James. No iba a ningún sitio. No tenía ni quería ir a ningún lugar. Me senté y miré unas ardillas gordas que se acercaban a los pocos visitantes que sabedores de su presencia las alimentaban. En el lago patos, ocas y cisnes. De vez en cuando se zambullían. Respiré hondo. Miré al cielo que se había puesto gris al compás de una brisa procedente del  Támesis. Me subí las solapas del abrigo y cerré los ojos. Los abrí. Miré al suelo. En el cuero de mis botas manchadas del barro del camino comenzaban a posarse algunas gotas finas como la cabeza de un alfiler o el estambre de una amapola. Algunas ráfagas de viento agitaban las ramas de los robles. Las ardillas se habían subido a los árboles. No llevaba reloj. Había conseguido perder la noción del tiempo. Había escapado de la reunión que me estaba asfixiando. Bastaba por hoy de trabajo. Cada vez quedaba menos espacio para el asalto de nuevas gotas. La superficie lisa del lago parecía completamente esmerilada. Mi gorra de lana y el abrigo podrían aguantar la humedad aunque la lluvia tupida pero fina arreciase. A mi espalda sonó el bisbiseo de la carrera de una ardilla con su cola enhiesta y desplegada que corría hacia la pata delantera del banco donde me encontraba. Se dirigía a un corazón de manzana apoyado junto a mi bota. Antes había mirado y no estaba. Alguien lo había arrojado quizás en un momento de abstracción o en un momento en que el sueño me hubiese vencido. La ardilla se detuvo a un palmo de mi bota. Se movió de delante hacia atrás dando saltos, estudiando las intenciones de un desconocido. La miré y miré el resto de manzana. El corazón de manzana era mío. Lo cogí entre el índice y el pulgar. La ardilla esperó que se lo lanzase. No. Era mío. La ardilla gruñó y se marchó hacia su árbol.

Alguien la había comido aprisa, como comen lo gusanos, sin hacer una pausa entre uno y otro bocado. Entre el peciolo y los restos de los pétalos sólo cabía una boca pequeña, a ambos lados había dejado una corona casi en forma de sombrilla. Restos de pintalabios se mezclaban con el verde de la piel y el blanco ya anaranjado de la pulpa. Una mujer joven, tal vez casi una niña, o una mujer pequeña china o vietnamita con un pintalabios barato que la obligaría a retocarse a cada momento. Junto a mi bota. Una bota vieja marrón y sucia con el verde, el blanco y el rojo, sobre el césped y bajo un cielo grisáceo. 

Algunas gotas más gruesas. El esmerilado del lago se convirtió en un tintineo. Líneas diagonales se dibujaban en el espacio con  cada gota. Mi abrigo estaba ya empapado.  Miré el roble. La ardilla estaba agazapada a sotavento de las ráfagas de lluvia. Lancé el corazón de manzana a las raíces nudosas que emergían del suelo. No se movió. Eché a andar de vuelta. Avancé diez metros y me giré. La ardilla corría ya de vuelta con su comida hacia su refugio. En Marbel Arch encontré a mi compañera con su impermeable amarillo recién estrenado. No preguntó donde había estado.

LA RELIQUIA


“¡Viva la virgen de la Fuensanta!” “¡Viva!” No soy creyente. No tengo fe. Quizás una vez la tuve pero poco tiempo. Se me pasó. Sin embargo he seguido con algunas tradiciones. De un modo folclórico, porque si no no tendría mucho sentido. El segundo o tercer martes del mes de setiembre los murcianos suben a su patrona a su santuario de la Fuensanta. Cuando la patrona de la ciudad subió el puente de los Peligros la seguí, sólo pensaba hacerlo hasta la iglesia del Carmen, unos  quinientos metros más allá. Inmerso en un río humano pierdes una parte de tu individualidad. Eres un ser colectivo, un apéndice de un todo mayor que como una enorme serpiente se extiende desde la explanada del monasterio hasta la puerta de la catedral de Murcia. Cuando pasaba junto al trono me habría gustado portarlo un rato, por participar, pero impensable en ese punto. Me acerqué, admiré el mantón de este año, que estaba bordado de un modo sencillo al modo de los refajos huertanos, le daban un tono de mayor calidez que el hilo de oro o el raso. Estaba admirando el bordado del manto cuando oí una voz. “Este año hay más gente que otros” “No lo sé. Yo hace más de quince años que no venía” Respondía sin mirar “Pues sí si hay más gente” “Si usted lo dice” Era una voz agradable, dulce y tranquila. Escuché las quejas de un niño. “Calla hijo mío que todavía falta mucho para llegar al santuario. Yo también estoy cansada. Entre los nervios del viaje, la noche que me has dado y lo mal llevado que está este año el paso voy muy mareada” “¿Necesita algo?” Miré detrás y a los lados y no había ninguna mujer con niño. “Eh. Que estoy aquí. ¿No me ves?” Juraría que la voz venía de lo alto. Miré el paso y vi a la virgen haciendo arrumacos al niño Jesús. Fue entonces cuando se detuvo el tiempo. El sol tomó una luz más tenue, como cuando cambias una lámpara incandescente por una de bajo consumo. Los portadores del paso, todo el mundo de la romería, e incluso el agua de los brazales y las acequias o el viento o las hojas de los árboles se detuvieron. La gravedad, como aceleración que es, sin tiempo no funciona y dejó a los pájaros suspendidos en el aire. Mi reloj no se movía, pero yo sí. “Ayúdame  por favor que me voy a bajar un rato a estirar las piernas. Que sí Jesús, que te cambio ahora mismo” Dejó la corona en el trono. Se sentó en el borde. Me pasó al Niño. Me lo puse al hombro y de inmediato oí un hipo, olí a agrio y sentí la humedad caliente y ácida traspasar mi camiseta. Le tendí la mano y de un salto bajó. Se sacudió del manto y la túnica los restos de pétalos y me extendió las manos para coger al niño “ Te ha vomitado” “No importa. Son cosas de niños” “Ayúdame a buscar un pañalico” “¿Dónde?” “Muchacho, en algún carro. Tú crees que alguien se iba a negar a darle un pañal al niño Dios” “No creo” “Alcánzame una botella de agua fresca de ese puesto” “Vale un euro” “Yo no llevo dinero encima, puedo compensarle después” “Yo lo dejo” “Qué honrado eres” “No me gusta tener deudas señora” “Y eso que no crees en la vida eterna” “Pues no, pero ¿cómo sabe usted eso?” “He parado el tiempo para despejarme, eres el único testigo y me preguntas que cómo sé que no tienes fe” “Tiene razón” “Bueno este ya está limpito, me he refrescado y se me ha pasado un poco el mareo. ¿A que es guapo mi Jesusico?” “Sí señora” Me quedé con el niño tomado y me dejó otro lamparón en el otro hombro. Me encajé entre dos portadores del trono, le puse la mano a modo de palafrén y la ayudé a subir. Se puso la corona. Me pidió el Niño. Se arregló el manto y la túnica. Me dijo adiós y dejó  la mirada perdida de los místicos.

“Nene apártate de ahí que si tropezamos vamos a tirar a la virgen” “Perdone señor. Ya me salgo” Me aparté: miré la imagen que en realidad sólo era un busto y unos ejes para montar la ropa. Miré a mi derecha miré a mi izquierda. A los dos lados olía agrio.