jueves, 6 de septiembre de 2012

LA ÑORA


“Miguel ¿Estás muy ocupado?” “Luis te conozco de hace muchos años y miedo me da cuando pones esos ojillos” “No te lo vas a creer” “Tú estabas con la investigación de las ñoras desde hace siete años, cuando mi ascenso” “Sí” “Y no te aburre investigar tanto tiempo un pimiento seco” “Miguel no me gusta que hables así. A mí me a apasiona pero esto no tiene nada que ver. O mejor dicho, sí tiene que ver pero no directamente, pero los resultados  son grandiosos y muy muy rentables” “Mira que aumentar la producción agrícola en un mercado saturado y tan local va a tener poca repercusión. No te emociones” “Me dejas que te cuente” “Vamos allá” “Las ñoras son un pimiento seco, casi una cáscara de la que sólo se puede sacar algo de pulpa y como condimento al rehidratarlas” “Sí” “Pero tiene un problema” “¿Cuál?” “Las pepitas” “Vale igual que las sandías, pero en un producto de un consumo infinitamente mejor. De hecho no he destinado tus recursos a otras líneas porque eres tú” “Pero lo cierto es que las pepitas molestan porque dan un cierto sabor amargo” “¿Y en qué cambia eso las cosas?” “Que las pepitas no sobran. A mí no me gusta producir vegetales  que no sean capaces de desarrollar un ciclo biológico. Los plantones que venden masivamente las multinacionales son estériles” “Eso sí es un negocio, nadie puede copiarles la patente” “Pero a mi no me gusta, y tampoco es ecológico. Si tú te comes un tomate y haces de vientre en el campo, un tomate natural dará lugar a una nueva tomatera en el lugar de tu deposición” “Fantástico” “Eso es natural” “Y resumiendo. ¿Qué logro me vas a presentar?” “Estaba a punto de conseguir una semilla que no tenga mal sabor” “Y has fracasado” “No. En los últimos cruces he encontrado algo mejor” “Te estás alargando” “Míralo tú mismo” “Qué son estos cristales rojos” “Rubíes” “¿Rubíes?” “Lo he comprobado con un joyero. Rubíes de una altísima calidad” “¿Y de donde salen?” “Imagínalo” “¿De las semillas de los pimientos?” “Después de someterlos al secado tradicional. Y si se cultivan verdes dan lugar a otras plantas” “Esto es una broma” “No . Te he traído una . Ábrela” “¡Coño! Es verdad,No se lo habrás dicho a nadie¿Al joyero?” “Le dije que era una herencia” “Esto puede hacernos ricos” “Y para esta región es como encontrar petróleo. NO va a cobrar lo mismo un bracero de ñoras que un cultivador de rubíes” “O un gerente o un investigador principal. Enhorabuena. Quizás obtengas el Nóbel” “No es para tanto. Ha sido casualidad” “Y el descubrimiento de la gravedad por Newton” “Pero a ese no le dieron el Nóbel” “O la radiactividad a Marie Curie” “ A esa sí” “Por favor guarda silencio que en dos días hablamos para ver cómo podemos poner esto en marcha”

“Miguel ¿puedo pasar?. Me dijiste dos días y hace ya una semana” “Ahora te iba a llamar. Me voy” “Ahora que tenemos esto en marcha” “Me voy por esto” “TE despiden” “No. Me voy a Nueva York, consejero delegado de la empresa Den Bosch” “No entiendo” “Den Boch es el mayor productor mundial de rubíes” “Podíamos haber buscado una empresa de la región, A Tomás Fuertes el de El pozo, o de España Amancio Ortega o Botín para que desarrolle el proyecto” “El proyecto no se va a desarrollar” “Nadie quiere cultivar plantas y en dos meses obtener zafiros. Es la piedra filosofal. No entiendo nada” “Es demasiado fácil” “Eso es lo mejor” “Eso es lo peor. Si aumenta el  stock mundial de rubíes en un diez por ciento, las acciones de Den Boch valdrán la mitad. Si aumenta en un cincuenta no valdrán nada” “Nadie lo quiere” “Den Bosch lo quiere, pero para dormirlo y así todos contentos” “Contento tú” “Lo olvidaba, para ti han dejado esto , una renta anual de un cuarto de millón de euros , pero tienes que desaparecer y trasladarte a tu casa de Trinidad y Tobago. Y si te aburres vas temporadas a Miami. Ya has trabajado mucho por la ciencia” “Si hubiese conseguido que no fuesen fértiles a lo mejor si lo querrían” “Seguro” “Sería sencillo” “Hazlo” “No eso no me gusta. Está bien así. Me voy Trinidad”

miércoles, 5 de septiembre de 2012

EL VAGABUNDO


“Juan soy su asistente social” “¿Es usted doctora?” “De algún modo. Yo no arreglo enfermedades pero sí problemas sociales. O por lo menos lo intento” “Yo ya estoy bien” “Le van a dar el alta hospitalaria” “¿Dónde vive usted?” “En la calle” “¿En algún lugar en concreto?” “El puente de La Fica, donde ponen la feria pero ya me he cansado. Ahora con las fiestas no puedo decansar. Voy a cambiar de ciudad” “¿Tiene familia?” “Tuve” “¿O tiene?” “NO lo sé. Ellos no me han buscado y yo no los necesito” “¿Tenía algún oficio antes de vivir en las calles” “Sí. En Francia era ingeniero” “Es francés” “Tengo o tenía doble nacionalidad. Mis padres eran españoles” “¿Qué le llevó a la calle? El alcohol, las drogas, el juego o algún problema de salud…” “….mental. No” “Hombre como lleva usted el pelo y la barba tan largos.. y esas uñas, ¿qué miden? Diez centímetros?” “No las mido” “Pero eso no es muy aseado” “O eso o los bichos” “Me ha dicho que no bebía” “Y no bebo” “Pero usted ve bichos y eso es típico de los alcohólicos” “Veo bichos cuando hay bichos, cuando no los hay no los veo” “Qué clase de bichos” “Eso depende” “¿De qué” “No me va a creer. Nadie me cree. Pero cuando lo ven se alejan de mi” “dígamelo pruébese. Le advierto que en mi trabajo estoy acostumbrada a muchas cosas” “Cierre la puerta” “Esté atenta” 

Se arrancó un cabello de la barba y lo arrojó como quien se deshace de un explosivo al suelo en la esquina de la habitación. El cabello planeó bajo la mirada de ambos. Se posó en el suelo. 

“No pasa nada Juan, pero no se preocupe. Podemos ayudarle, pero antes necesito que el siquiatra perite su estado de salud” “Espere”

El pelo se retorció. La asistente miró a la puerta que estaba cerrada. También la ventana como en todos los hospitales. El aire también estaba en silencio. Comenzó a agitarse. Avibrar a un ritmo cada vez más rápido y a hincharse. En su lugar un enorme gusano comenzó a reptar.  Por el suelo. La asistente cogió una revista y lo aplastó. Lo cogió con un papel y  lo tiró al baño. Por el camino apreció el gesto de dolor de Juan que se retorcía en la cama.

“¿Qué le ocurre Juan?” “Ah. Déjeme un momento. Ah”

Regresó del baño. Estaba tendido en la cama. Con los ojos cerrados. Respiraba profunda y lentamente. Se sentó al lado y guardó silencio. Hacía un repaso mental de lo que había visto. Paso a paso la metamorfosis del pelo de un hombre en un enorme gusano blanco.

“¿Se encuentra ya mejor” “Ya se pasa. Son dolores terribles, peor que si  me infligiesen el dolor a mí” “Y eso con un simple cabello” “Por eso no me corto las uñas, ni me quito un padrastro. Cualquier resto de mi cuerpo, una vez se separa da lugar a insectos, gusanos, alimañas” “Pero ¿Por qué?” “No lo sé. Una enfermedad, una aberración genética o una maldición. No lo sé” “¿Y empezó de golpe?” “Absolutamente. Hace cinco años fui a la peluquería. Me retocaba el cabello y me hacía la manicura. En cuanto varios mechones tocaron el suelo, decenas, cientos de cucarachas, gusanos, moscas y tábanos llenaron el salón. Las clientas y las peluqueras salieron aterradas. Sólo yo me quedé allí porque el dolor que se me producía cuando aplastaban aquellos bichos me impedía moverme. Y desaparecí” “Pero Juan de algún modo podemos ayudarle. Espéreme un minuto".

Quince minutos después, cuando volvió a la planta, observó desde la escalera, de vez en cuando, algunos pequeños gusanos parecidos a la procesionarias. Se cuidó de no pisar ninguno. Los apartó con el pie y los puso en un sobre para liberarlos. No le volvió a ver. Seis meses después leyó un suceso en la prensa. Unas mujeres habían visto cómo un hombre malvestido y de cabello gris muy largo se acostaba en los raíles del tren que llegaba. Se acercaron. Pero al llegar no vieron ningún cuerpo, sí un lobo y cuatro serpientes del tamaño de una pitón. 

martes, 4 de septiembre de 2012

REDUCCIÓN DE JORNADA


Luis se consideraba un hombre afortunado. A los diecisiete años cayó con su moto al río que iba crecido. Las aguas lo arrastraron. Apareció un barril flotando con dos asas a los lados. Se pudo agarrar y salvó la vida. Su abuela le insistía que había sido su ángel de la guarda. Él se reía. Su abuela le insistió que intentase ser un hombre justo y su ángel de la guardia no le abandonaría, que todo lo que se siembra se recoge. Se reía  mucho de la superstición de su abuela pero sí que intentó siempre actuar de un  modo lo más honesto posible. Así puso una pequeña tienda que luego amplió y después otras tres más. Trabajaba mucho pero la vida le correspondía.

“Luis te llama el asesor” Se quitó el guante de cota de malla para cortar la carne y se acercó a la oficina. “No me digas que tenemos encima otra paralela” “No Luis. No te llamo por eso” “Pues si no es Hacienda me dejas tranquilo” “Luis tienes que espabilarte” “Para eso me haces dejar el puesto, para decirme tonto” “Tonto no Luis. Demasiado bueno y sabes lo que pasa con los buenos” “Es que lo está haciendo todo el mundo” “Tengo a mi gente mucho tiempo. No les puedo hacer eso” “Has bajado la facturación un veinte por ciento” “Pero queda algo en la caja” “con la reestructuración te quedarían en la caja seis  mil euros más al mes” “Es mucho” “Sí. ¿Cuándo nos reunimos con tus empleados?” “El lunes que es el día más flojo a las ocho y media”

“Hola sentaros por favor. Sabéis por los medios que la crisis nos está atenazando a todos” El asesor veía rostros silenciosos. Había llegado el momento que temían. El momento que llegaba una por una como un plaga a todas las empresas de pueblo. “Las ventas han bajado eso lo veis, la gente compra menos y más barato. Si esto sigue así Luis va a tener que cerrar” Un silencio calculado para mirar otros silencios “Pero Luis quiere seguir y quiere seguir con vosotros” “Más horas no podemos echar” “Lo sabemos. Trabajáis mucho. Sólo se trata de una modificación del contrato. Vosotros seguís igual, pero lo firmado es un contrato de media jornada” Ahora es Luis el que mira a otro lado pero son seis mil euros cada mes. Ahora gana dinero pero la economía no tiene visos de mejorar. Será una situación temporal” “¿Y si alguien se niega?” “Me extraña que alguien se niegue”.

“Ya está Luis” “No me quedo a gusto” “Son seis mil euros, pero si no quieres no cambio los contratos. Seis mil euros Luis” “Hecho está que llevo mucho trabajado” “Cuando la cosa mejore pues según se vayan portando los contratas más horas” “Vale” “Que descanses” “No sé”

Luis tenía la cabeza a más revoluciones que el motor de su Mercedes. Cerró el supermercado. Se llevó la recaudación y condujo por la autovía hacia su casa. No había sido un hombre justo. Lo sabía. No iba a dormir y le subiría la tensión. Sólo tenía que marcar en el manos libres el teléfono del asesor y revocar la orden. Seis mil euros al mes es mucho. La rueda de atrás del coche se deslizó. Frenó. A la velocidad que iba el coche hizo un trompo completo, le sobró inercia y se salió de la carretera dando vueltas de campana. Perdió el conocimiento. Cuando lo recobró se encontró magullado boca abajo pero con las piernas atrapadas con el salpicadero. El agua del río le tocaba el cogote y estaba lloviendo mucho. Buscó el móvil y no lo encontró. Se acordó de su ángel de la guarda que una vez lo salvó, se acordó de su abuela tienes que ser un hombre justo. El ángel de la guarda, con la crisis también estaba en reducción de jornada. Seguía diluviando. No podía moverse. Esperó.

lunes, 3 de septiembre de 2012

LA CLÍNICA


“Buenas tardes Antonio López y María García ¿verdad?” “Sí somos nosotros” “Tomen asiento que inmediatamente pasan a la consulta” “Es su segunda visita” “sí” “Hoy sólo pasará su señora” “¿No puedo pasar?” “No. Perdone señor López pero es el protocolo” “No me parece bien” “Cuando tenga usted su bebé verá como sí está de acuerdo con nuestros métodos” “¿En qué consiste la consulta de hoy?” “Como les explicamos en la visita anterior, El esperma que analizamos tiene muy baja motilidad, con eso es muy poco probable que usted quede embarazada. Como comentamos recurriremos a donaciones de esperma” “Pero no me contagiarán nada” “No señora. Nuestros donantes tienen una salud perfecta” “Y no será ningún mindundi, mi esposa y yo somos universitarios, tenemos una posición social” “No. Su CI es como mínimo un treinta por ciento superior a la media y de una presencia razonable. No aceptamos a cualquiera. Me acompaña señora” “No hay que firmar ningún consentimiento para el anestesista” “No no es necesario” “Cariño ahora nos vemos” “Adios amor”.

“Hola doctor Amor. Aquí le presento a la paciente, doña María García. Hasta luego señora. Les dejo solos” El doctor se da la vuelta. Es un hombre de unos treinta años. Moreno de ojos claros de complexión atlética y labios gruesos que frunce mientras la mira. El pelo anillado deja entrever unas orejas pequeñas. Sonríe y María García, a solas con ese hombre a sus treinta y nueve, se azora. El Dr Amor se levanta. Algo más de ciento ochenta centímetros. La bata entreabierta. Una camisa de algodón que entra perfectamente sin una arruga en unos pantalones de vestir sin pinzas. Se sitúa a su espalda. Le pone las manos en los hombros “¿Qué tal María?” “Un poco nerviosa la verdad” “Relájese” Tira de la cinta de las persianas de láminas. Con dos dedos mira al exterior por un resquicio del ahumado del cristal. “Su marido está muy dejado. Usted es mucho más guapa” “Sí. Antes era delgado pero …” El doctor desciende su masaje por los hombros arrastrando casi sin que se note las cintas del sujetador “Doctor Amor ¿Qué está usted haciendo?” “Es usted muy hermosa” “Doctor que soy una mujer casada” “Por eso ha venido usted a mí. Vamos aquí al lado que vamos a estar más cómodos” La coge en brazos y la lleva a un diván.

“Quiere una revista señor López” “No. Prefiero pasear. Estoy muy emocionado pensando en mi hijo” “También podría ser una niña” “Es igual. Y qué porcentaje de éxito tienen” “Un noventa por ciento” “¿Cuántas sesiones son necesarias” “ Normalmente tres o cuatro pero a veces hasta diez” “En esta clínica por lo menos mi mujer no se tiene que poner estimuladores de la ovulación” “Con nuestro método no es necesario” “Tendría que haber pasado. Lo estará pasando mal ella ahí sola. Se pone muy nerviosa” “Nuestro equipo es muy bueno relajando a las pacientes. Estamos muy entrenados” “Oiga. ¿Sería posible ver una foto del donante?” “No. Tenemos que guardar absoluta confidencialidad” “Si sólo es por hacerme idea de la cara de  mi hijo” “Será guapísimo créame” “Están tardando” “Es lo normal. El doctor trabaja con las pacientes de un modo muy meticuloso. Ya salen”

“Entonces doctor Amor la siguiente cita es el martes próximo” “ Si señora, como hoy” “María ¿y si te has quedado ya encinta?” “Tengo que venir igual. Es una revisión obligada” “Señora un placer. Señor hasta la vista” “El placer ha sido mío doctor hasta el martes”

“Te veo muy bien” “Es que cuando una es bien atendida” “Sí. En la clínica son muy profesionales” “Mucho. Me ha dicho el doctor que hasta dentro de quince días no podemos tener relaciones cariño” “Pues si lo ha dicho el doctor, él tiene más experiencia”

domingo, 2 de septiembre de 2012

LA GASOLINERA


“Llene el depósito por favor” Mientras la dependienta se dirigía a su automóvil él se acercó a la tienda de la gasolinera para pagar con tarjeta. Había esperado hasta última hora para salir de la playa. 2 de SEtiembre. Vuelta a casa con el coche hasta los topes. Su hija pequeña llorando desde que salió y su mujer enfadada todo el día. Ese día siempre pensaba lo mismo: No merece la pena.

El dependiente, un hombre muy alto con nariz de boxeador y una boina que ocultaba su alopecia le tomó la tarjeta y el DNI. No se miraron. “Marque su código. ¿Cómo ha cambiado el tiempo” “Sí hace dos días calor y bochorno y ahora fresco y lluvia” “ Se les ha hecho tarde para salir con este tiempo” “Por no discutir. Yo habría salido esta mañana, pero mi mujer es de ideas fijas. Inútil discutir. Cuando ha visto como se ponía el tiempo ha querido salir, pero hemos pensado que era mejor esperar, y cuando ha visto que no tenía pinta de remitir pues hemos salido y ya era de noche” “ A mí no me gusta conducir con lluvia” “Ni a mí pero no podía quedarme a esperar, ella mañana trabaja” “Ya está. Lleve cuidado hace justo diez años un compañero de esta gasolinera perdió la vida cuando lo arrastró una riada en una vaguada aparentemente inofensiva” “Sería una imprudencia” “Conocía el camino, no había  más de diez centímetros de agua cuando lo cruzó, pero cuando lo vadeaba le sorprendió una nueva crecida que arrastró el coche por un barranco. NO puedo hacer nada.Lleve cuidado” “Gracias”. Se fue la luz. Cuando volvió el hombre no estaba. “Oiga. Oiga, Deme mi tarjeta que me marche” Salvo que estuviese oculto detrás de un estante, en el local no había nadie. Aparentemente no había trastienda. Entró la otra dependienta. “¿Va a pagar efectivo o tarjeta señor?” “Ya le he pagado a su compañero. Pero se ha quedado con mi tarjeta y ahora no sé donde está” La mujer pasó detrás del mostrador. Aquí no hay nada señor. “Pero yo le he pagado. He validado la operación” “Señor disculpe pero quizás esté equivocado. Con esta noche es normal que uno pueda tener algún descuido” “Señorita. Mire le mostraré en mi móvil que está apuntado el movimiento de la tarjeta”. Se conectó. Tecleó la clave del banco y la miró contrariado “Pues no está. No me lo explico pero no está. Pero pregúntele a su compañero” “Señor aquí no hay nadie más que yo. Por la noche en verano sólo nos quedamos uno de servicio y además aquí somos desde hace diez años todo chicas” “Tiene razón. La tarjeta está donde debe estar: en mi cartera” “No pasa nada no se preocupe. Nos puede pasar a todos. Pero dígame como era el señor que vió” “Un señor muy alto moreno con una nariz muy característica de boxeador y un habla gangosa”. El rostro de la dependienta se oscureció. No dijo nada. “¿Ocurre algo señorita. ¿Sabe usted quien es ese señor? Se ha puesto usted seria” “No es nada señor. Buenas noches y lleve cuidado. La lluvia está arreciando. De nuevo hay rayos y truenos y le quedan treinta kilómetros para el siguiente pueblo” “No me va a decir quién era ese hombre” “No lo sé señor . Vaya usted con Dios”

“Cariño has tardado mucho. La niña no ha parado de llorar. Se va a pasar la hora de su biberón. Vamonos ya” “Sí cariño. Lo siento. Ha sido algo muy raro. Luego te cuento. Voy cansado. Anoche tendría que haberme acostado pronto” “¿Quieres que conduzca yo?” “No”

Los parabrisas no alcanzaban a despejar el agua torrencial sobre la carretera. Los rayos hacían ver el firme en ebullición. Iba muy despacio. Bajó una cuesta había un puente pequeño. La rambla venía crecida. Saltaba apenas uno o dos centímetros en algunos puntos. Comenzó a cruzar. Se detuvo. Llovía. Dudó. Miró por el retrovisor. Dio marcha atrás y aparcó en una zona elevada.

“¿Qué haces?” “Nos quedamos aquí hasta que pare de llover” “Eres un cobarde”

Un rugido evitó la discusión entre los dos . Por debajo  de ellos una riada de más de dos metros engulló el puente.

sábado, 1 de septiembre de 2012

BÚHO BUS


Al fondo llegaba ya el autobús nocturno que recorría la costa hasta La Manga. Un autobús lento que te hace desear tener el carnet de conducir y coche para evitar las esperas inciertas. A la ida chicas guapas y otras no tanto y unas primeras miradas o palabras para los más lanzados. A la vuelta cansancio. Olor a sudor y ganas de llegar.

No fue una buena noche. Lo mejor fue el momento del regreso. Para tres amigos fue mejor y siguieron un  rato más. Otros tres subimos en el autobús. Estaba libre la bancada posterior. Nos sentamos. Apoyé la cabeza en el cristal. Antes de dormirme puse la alarma del despertador. Una vez me desperté pasados veinte kilómetros de mi destino. A mi padre no le hizo gracia volver a recogerme. Seis cuarenta. Seguro que no llegábamos antes. Me apoyé. NO estaba cómodo. Amagué dos o tres posiciones y me dormí.

Sonó la alarma. Desperté y estaba solo en el autobús. Cabrones pensé. SE han bajado y me han dejado aquí. El autobús estaba parado sin el contacto puesto y el conductor tampoco estaba. La luz parecía de mediodía. Debía haber dormido varias horas. Recorrí el pasillo central adelante y hacia atrás y no había personas u objetos. Las llaves del autobús estaban puestas junto al volante pero no había nada ni rebecas ni bolso ni papeles o bolígrafo que denotase que el conductor  iba a volver. Miré por las ventanas. Pinos achaparrados y debajo matorral. Intenté salir pero la puerta estaba cerrada. La zarandeé sin resultado. Inútil. Mejor reflexionar. El botón rojo a la derecha. El sistema hidráulico funcionó, con un silbido la puerta se abrió, tuvo que empujar algunas ramas. Bajé con dificultad apartando ramas y matorrales. Rodeé el autobús. No había camino. Si era una broma tendrían que haberlo hecho bajar desde el cielo, o que me hubiesen trasladado a otro autobús idéntico atrapado entre la maleza. Volví a mi asiento. En el escai gastado del cabezal anterior había arañado con la uña un corazón con un manido amo a Nuria. Me adelanté. Me senté en el lugar del conductor. Giré la llave y el motor rugió, pero los troncos de dos árboles bloqueaban el paso delante y detrás. Era el autobús que cogí de madrugada. Encendí la radio. Le di a la búsqueda automática del dial y no aparecía amago de ninguna emisora. Saqué el móvil del bolsillo tenía batería pero no había ni una raya de cobertura. Hice una llamada de emergencia y no hizo señal. Estaba viviendo una pesadilla. Me fui al asiento de atrás para dormir. Pero por si acaso cerré antes la puerta. Me dormí.

Desperté y nada había cambiado. El entorno era boscoso y no había camino. La radio no encontraba emisoras y el teléfono no tenía cobertura y cada vez menos batería.

Decidí caminar cada día en una dirección hacia los lugares altos. Desde allí buscar el pueblo más cercano. Localizar agua y posibilidades de alimento. La primera escalada a un cerro de uno trescientos metros en un día despejado me mostró un horizonte de bosques y praderas en los cuatro puntos cardinales. Ninguna señal de civilización.

Hace una semana en un claro del bosque a treinta mil pasos del autobús en dirección norte encontré restos de un fuego. Me llevé unas brasas que mantengo vivas. He encontrado agua en un río a cinco mil pasos al sur. Pesco en el río y pongo trampas a pequeños animales. Hay algunas hierbas comestibles. Hace ya tres meses de mi naufragio. Ya no necesito el carnet de conducir.

NOCHE DE TORMENTA


El verano tocaba a su fin. De madrugada un rayo y después un trueno, y después otro y otro más. Si no fuese por el mar pensaría que estaba en los Cárpatos. Subió a la terraza. El viento huracanado tumbaba las copas de los árboles. Finas gotas de agua salpicaban su rostro. Su traje se estaba manchando de gotas rojizas. La superficie del agua semejaba una pradera con ovejas pastando alocadas. El viento le irritaba los ojos. Su cuerpo inclinado hacia delante. Parpadeaba. Costaba mantener el equilibrio. Seguía parpadeando sin poder evitar que una lágrima se deslizase por su mejilla descendiese por su mentón y se desprendiese con la lluvia como una gota más. No sentía emoción alguna, sin embargo la sensación del agua salada deslizándose por su piel muerta le trajo recuerdos. Sabía que un vampiro rara vez tiene recuerdos de cuando fue humano, pero en ocasiones esos recuerdos acaban por ser muy vívidos y tan dolorosos como una pústula untada de vinagre y sal. Cuando fue un príncipe su fama de sanguinario le privó del contacto con otros humanos que no estuviese condicionado por el miedo. En su presencia no había gestos espontáneos o inocentes ni bromas ni risas. En ese ambiente rígido amó una vez y no fue correspondido. Poseyó su cuerpo, pero no consiguió su afecto. Se avergonzó después y mirando una tormenta como miraba ahora el viento arrastró lágrimas de sentimiento. Ella murió, como murieron tantos para forzar su secreto. Ahora él también estaba muerto.

“Señor. Señor por favor” Una muchacha regordeta se protegía de la lluvia intermitente. “¿Qué quieres?” “Con el viento de levante y la humedad se ha descargado la batería de mi seiscientos” “Yo no soy mecánico ¡vete!¡no me molestes!” “Oiga que no necesito un mecánico, para eso habría llamado a la grúa, que lo paga el seguro. Sólo quiero que me ayude a empujar el coche. Pero déjelo va usted muy arreglado. Buscaré a otro” “Espera” “Gracias. Tenemos que dejar el coche en la pendiente. Son quince metros. Cuando empiece a rodar yo engrano una marcha y debe arrancar. Me llamo Loli” “Vlad” “Qué nombre más raro. ¿Se ha dado cuenta que lleva el traje salpicado de la lluvia” “No” “Tendrá que llevarlo a limpiar”

La muchacha se montó en el coche y Vlad comenzó a empujar. La rueda se metió en un charco y le salpicó la pernera del pantalón. Llegó al borde de la rampa. El coche tomó impulso. Dio dos tirones y arrancó dejando detrás una humareda. La chica dio la vuelta y regresó.

“Le he puesto perdido” Vlad la miró. Intentó controlar sus pensamientos con los ojos. Se acercó a su cuello regordete. Mordió. Hurgó y hurgó succionó pero solo libó flóculos de grasa. No alcanzó la yugular. “¿pero qué está usted haciendo? No me muerda. Sea más suave si quiere algo invíteme a cenar, después  ya vendrá lo que tenga que venir” Le empujó y se apartó. Sacó las llaves del coche que llevaba prendidas en una cruz de Tesé. Vlad se tapó los ojos ella subió al coche y se marchó.

Vlad miró al cielo. Extendió las manos, las extendió a las nubes y un rayo lo alcanzó. Mil venas aparecieron en cada centímetro de su piel. Cayó al suelo aturdido. Jadeaba, pero recuperó fuerzas. Había fallado por primera vez. Buscaría otros cuellos.
En sus mejillas no había más lágrimas. Su traje estaba arrugado y sucio. Sus dientes tenían un desagradable sabor rancio. Una mujer salió a pasear a su perro que se ocultaba bajo sus faldas a cada rayo. Cuando Vlad se acercó ladró. Cuando Vlad mordió el cuello de su ama se alejó a pesar de que los truenos tenían más intensidad que en toda la noche