domingo, 6 de mayo de 2012

LA ZAPATILLA

En el suelo del salón hay una zapatilla deportiva que no conocías. No es tu talla ni coincide con tus gustos. Es una zapatilla espor y a ti ni siquiera te gusta vestir zapatillas. Cuando saliste dejaste como siempre tus objetos ordenados: Hay alguien en tu casa.

No fue una buena idea encender la luz. Si te hubieses quedado un rato mas tomando una 'ultima copa no estarías contemplando una zapatilla extraña en tu salón.

No hay ruido. Se escuchaba el silencio de una casa deshabitada. Y la brisa que entra por la ventana. Pero es un sexto Tal vez el intruso ya se ha marchado. Todo esta en orden. entrar y tomar posesi'on de tu casa o huir. Seria sensato salir. Buscar un lugar segura y llamar ala policía, sin gritar para no delatarte. Pero no es fa'cil razonar cuando has tomado dos copas mas de las que debías. Estas muy cansada en estas horas de la madrugada. TE apetece desmaquillarte, lavarte la cara y quitarte los malditos zapatos de tacón de aguja que te están destrozando los pies. Serias capaz de matar por deshacerte de ellos. Pero eso es un decir. si un desconocido o un conocido mal avenido se han colado en tu casa, tu vida esta en riesgo. Si se ve amenazado puede agredirte, golpearte, herirte, hasta morir o quedar lisiada. O un disparo si esta armado. NI en tus pesadillas has encontrado un recuerdo asi. Una bala desgarra los tejidos, quema a una velocidad que a tu cerebro  no le da tiempo a percibir. Siempre has estado segura de que morirías en tu cama rodeada de familiares, as'i el dolor no te espantaría, pero acompañada y no solo o en presencia de un extra;o.
Tu apartamento no es grande. Un sal'on con cocina americana y un 'único dormitorio.En el salon no hay rincones. Estar'a en el dormitorio. Avanzas pasos muy cortos. Abrazas con los dedos el picaporte y lo giras

"Señora" .TE sobresaltas. Hay alguien a tu espalda. No has cerrado la puerta para dejar abierta la posibilidad de la huida y ahora alguien te cierra el paso. No quieres volverte. Por la voz es un muchacho.
"Señora puedo llevarme mi zapatilla, mi hermana peque;a la ha tirado desde mi casa por su ventana"

viernes, 4 de mayo de 2012

ESPÍA


Un bolso grande estaba abierto encima de la mesa. Su peso lo había vencido y se abría lateralmente hacia donde yo estaba. Una funda de gafas. Clínex. Unas llaves. Un paquete de compresas. Un monedero. La mujer estaba sentada con los codos clavados en la mesa y la cabeza apoyada en las manos. Poco más de cuarenta años. El cabello teñido y achicharrado con una permanente. Mascullaba palabras silenciosas, sin embargo sus carrillos aparecían tensos en cada palabra. Pequeñas salpicaduras llegaban a la mesa. En el suelo una bolsa con un objeto cilíndrico.

Cuando llevas dos horas en un tanatorio acompañando a un familiar fallecido, el aburrimiento, la tristeza contagiada te dan sed. Fui a la cafetería. Como eramos cuatro gatos, me fui solo por no dejar al muerto sin compañía. Sentado en la barra me entretuve observando a la mujer.

Enfrente, detrás de la barra, había un espejo donde podía estudiar cada uno de sus movimientos sin parecer indiscreto. Me fijé en sus labios. Secos. Con un carmín marrón mal perfilado. El movimiento de sus labios era regular. Parecía que rezaba. Sin mirar extendió la mano. Sacó el móvil. Miró la pantalla y sonrió. Miró hacia el espejo donde yo miraba y los reflejos de nuestras miradas se cruzaron. Tenía una belleza de una caducidad tardía. Miré hacia otro lado.

Recibió un mensaje. Volvió a sacar el móvil. Lo leyó. Sonrió ligeramente. Se puso las gafas de sol de concha muy grande. Su nariz pequeña y respingona se perdía debajo del puente. Se levantó. Vestía un vaquero ceñido sobre una figura esbelta y una blusa de seda estampada pero transparente. Dejó un billete de cinco euros encima de la mesa y salió por la puerta lateral de la cafetería del  tanatorio de Espinardo.
Se había dejado la bolsa del suelo. Corrí tras ella. “Señora se olvida su bolsa” Miró. Se bajó las gafas. “ Ah . Sí. Gracias” NO dio ni un paso hacia mí. Salio del recinto. Miró a derecha e izquierda. A la izquierda vio algo. Aceleró el paso airadamente. Sacó de la bolsa lo que me pareción una urna. Tiró la bolsa al contenedor amarillo. Vació la urna en el contenedor verde de las basuras orgánicas. En sus labios leí vete a la mierda hijo de puta. Cogió la urna vacía y la echó al contenedor de envases.

Un Lexus blanco paró delante de los contenedores. Toco el claxon y bajó la ventanilla derecha. La mujer se acercó. Se sentó en el asiento del copiloto. Se besaron con pasión y desaparecieron hacia la senda de Granada.

Regresé a velar a mi difunto. Ahora sé que no dejaré que me incineren

jueves, 3 de mayo de 2012

PUTA


“Chica acércate” “Hola guapo. Un completo son 50, la mamada 30 si no te alargas, el griego 100. No trabajo sin condón , pero con un buen extra lo  podemos negociar” Un Mercedes negro se había parado al caer la tarde enfrente de la FICA, donde estuvo situada la ciudad de transporte en Murcia. Varias chicas ofrecían sus servicios a lo largo de medio kilómetro. “No quiero follar pero toma y pasa al coche. Es un anticipo” Le ofreció cien euros. La chica no se lo pensó y pasó. No pasaría mucho de los dieciocho. Un top que apenas tapaba sus tetas y una falda corta.

En el asiento de atrás del coche había un hombre sentado. “Mi cliente te necesita” “ Ves como sí que querías follar” “Te he dicho que no. Para follar no habría venido a una puta de carretera ¿por quién me has tomado?” “Oiga que me voy. No tengo por qué aguantar” “Perdóname. Soy  mu brusco” “¿Qué quiere su amigo?” “En el puticlub te hacen análisis todos los meses” “Estoy limpia” “Lo sé por eso he venido” “¿Y qué más le da si estoy limpia de bichos o no si no quiere follar?” “ A mi cliente sí le importa” “¿Un vicioso?” “Un padre” “Un padre vicioso” “ Un padre desesperado y mi amigo . No te pases. En tus análisis no sólo buscan si tienes bichos como tú dices” “Tampoco tengo colesterol” “Introducen tu grupo sanguíneo y datos genéticos en una base de datos” “No sé qué es eso. Pero ¿Pa qué?” “Por si acaso surge la ocasión” “¿Qué ocasión?”  “La que ha surgido ahora. Un padre desesperado que quiere salvar la vida de su hija” “Me está asustando. No entiendo qué tengo que ver yo ahí” “6000 euros por un trozo de tu hígado y después tu silencio. Del papeleo nos encargamos nosotros” “ 10000” “9000” “Hecho”.

En la Arrixaca está reunida la coordinadora de trasplante. “Hay un donante vivo para la niña de la hepatitis fulminante” “Rosa es una noticia estupenda” “Pablo llevo algunos años en esto y le veo algo raro. Es una familia bien, y la donante tiene pinta de putón” “¿Putón?” “¡De puta puta Pablo!” “Pero es familia” “Prima segunda dicen los papeles” “Rosa la niña se muere. ¿Crees que esa mujer viene coaccionada?” “Trae la lección bien aprendida y está dispuesta  a firmar lo que le den. Le hemos dicho incluso que hay riesgo de muerte en la donación” “ Tampoco te pases” “ ¿Qué hacemos?” “La niña se muere. Familiar o no, si hay un hígado y los papeles lo avalan tiramos para adelante. El jefe también es de la misma opinión”.

En el antequirófano coinciden un instante la niña de un amarillo casi verdoso con la mujer. La niña se gira y le sonríe. La mujer no devuelve la sonrisa porque está aterrada y no sabe qué hace ahí. Se acuerda cuando se sintió nada. No era fuerte para trabajar y la convencieron para vender su cuerpo. Ahora está vendiendo su cuerpo por partes aunque le parece mejor causa que apagar las necesidades de desconocidos.

La madre de la niña besa a su hija y la besa a ella. Le acaricia la frente y llora.

La niña salvó la vida. A la mujer a los siete días le dieron el alta.

miércoles, 2 de mayo de 2012

EL PESCADOR


Era un caladero prohibido enfrente de La Manga del Mar Menor. Lo sabía. Pero de albañil no había trabajo con la crisis. Entre violar una zona protegida y traficar con drogas o robar lo tenía claro. Tampoco tenía pensamiento de esquilmar. Dos o tres buenas piezas al curricán o con la caña, nada de arrastre, para venderlas a algún buen restaurante y a casa. Salía solo en un bote de 8 metros de eslora. Se arriesgaba en noches sin luna.

El día había ido bien, tres lubinas de alrededor de un kilo, cinco doradas y un magre. Pulsó el botón del motor para levar el ancla y regresar antes que amaneciese. El viejo motor chirriaba y empezó a gruñir. El cabo detuvo su avance. El motor humeaba. Lo paró. Dio un par de tirones y el cabo estaba tenso. Conocía aquellos fondos. Entorno a la Isla Grosa sólo había arenales submarinos salpicados de praderas de posidonia.

Si quemaba el motor del ancla, con la compra de otro nuevo perdería casi un mes de capturas. Si amanecía y la Guadia Civil del mar lo pillaba allí y siendo reincidente la multa sería aun mayor con riesgo hasta de cárcel para alguien con antecedentes. Cogió el neopreno que tenía en un rincón. Tomó el respirador y las gafas y se lanzó al agua.

Nadar en aguas someras en una noche sin luna hasta para un buceador experimentado es una experiencia poco agradable. El mar es negro. Por todos lados ves reflejos fosforescentes, ojos minúsculos. Burbujas y un silencio ondulado muy hostil. Llevaba una linterna, pero la luz hacía amable el entorno inmediato, pero invisible el resto. Tomó aire y se sumergió. No había más de seis o siete metros de profundidad. Llegó al fondo. El ancla estaba clavada en la arena. Con su último aliento hizo un remolino que la despejó. Le pareció que uno de los brazos estaba enganchado. Iluminó. Una mano. Soltó la linterna . Se impulsó con las aletas y salió a la superficie. Subió al barco. Agradeció la poca profundidad. Si no la descompresión habría llenado sus pulmones y su cerebro de burbujas de nitrógeno. Era una mano. Ya casi no tenía aire, pero estaba enganchada en una mano. Tenía que salir de allí con su ancla. Cogió el machete que usaba para abrir el vientre de los peces y bajó.

La linterna iluminaba el lugar del enganche. Era una mano. Una mano azul parcialmente descarnada, pero aferrada al brazo de su ancla. Con el machete descoyuntó la muñeca.  Y subió. Activó el motor. El ancla regresó con la mano enganchada. Intentó soltarla, pero tuvo que recurrir al hacha para desprenderla. Volvió a casa aterrado. De regreso lo felicitaron por tan buenos peces. El dueño del restaurante le instó a que siguiese su racha, las lubinas salvajes estaban saliendo muy bien. El día siguiente tenía una reserva de postín. Le doblaría el precio si se las conseguía.

Volvió al mismo lugar. La pesca aun mejor que el día anterior, pero no acababa de estar contento. Llegó el momento de marcharse. Dio al botón del ancla. Subió . Siguió subiendo y se detuvo de forma más seca que la vez anterior. Como un tirón. Tenía que bajar. No iba a dejar allí su ancla. Vistió el neopreno, las gafas y el tubo. Sorbió aire y bajó. El ancla estaba clavada en la arena. Hizo el remolino, y esta vez la mano derecha azul sin vida la sujetaba. Era suficiente. Se dio la vuelta y subió agarrado al cabo. El cabo se había soltado. El motor se había activado. Se sujetaba firmemente al cabo que le iba a izar, pero una mano le sujetó el tobillo hasta que le faltó el aire.

martes, 1 de mayo de 2012

VOLANDO A TRABAJAR. La precuela


Estoy magullado. Me he despertado con un golpe enorme. Una caída de tres metros. He dado vueltas y al final he chocado contra algo, supongo que la pared de mi habitación me ha parado.

No me he despertado del todo. Encerrado, apenas puedo moverme. En cuclillas, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza flexionada. Desnudo, y yo no duermo así. En efecto se trata de un sueño o de una pesadilla, porque con mi edad ya no es agradable esta postura en un lugar tan reducido. La luz llega pero muy atenuada y desde mi espalda. Me cubre una bolsa. Me rodea una sustancia gelatinosa como la grasa para lubricar.

De espaldas, boca arriba en este cubículo traslúcido. Es una postura de cucaracha si pudiera mover las piernas y los brazos. Con un pequeño giro de la cabeza ruedo. Pero ahora estoy boca abajo con el peso sobre los brazos.

No sé donde estoy. Yo estaba durmiendo. Debería estar soñando. Amanece. Tengo que ir a trabajar. ¿Es que nadie me va a despertar? . Nadie me oye. Nadie puede oírme porque no puedo hablar. La bolsa se pliega sobre mi boca. Tampoco oigo ruidos. Estoy asumiendo que estoy en mi habitación cerca de mi cama pero lo cierto es que no sé donde estoy. Quizás he muerto. Me han enterrado. No, porque me he movido, rodando pero me he movido. Quizás ya solo existo en  los recuerdos de quienes me han conocido. ¿Y si fuese esto la eternidad? Esta cápsula diminuta en absoluto silencio y con una luz tenue, a una temperatura agradable podría ser el cielo. El limbo no porque lo clausuraron.

 Soy una persona nerviosa. Esta quietud me resulta insufrible. Estiro en vano brazos y piernas. Atrapado. Respiro lento. Busco una solución. Respiro lento. Si consigo dormir el nuevo despertar me traerá la libertad. Esa es la solución. Respiro lento. Exhalo muy muy lento.Duermo

Despierto de nuevo y sigo encerrado boca arriba con brazos y piernas plegados. No aguanto más. El corazón palpita. La bolsa me impide respirar. Tengo que salir. Puedo mover el cuello hacia atrás. Tres o cuatro centímetros. Golpeo con la cabeza mi prisión, una y mil veces. Cada vez más fuerte. Sin éxito. Hago girar mi tumba. La inercia de un pequeño movimiento lo golpea contra la pared. Un chasquido. Hay una grieta que no veo. Parte de la gelatina se ha escapado. Vuelvo a golpear con la cabeza hacia atrás. Luz. Luz de verdad y no traslúcida. Necesito salir pero a la vez tengo miedo de lo que pueda encontrar . ¿Y si el mundo ha cambiado?

Tengo suficiente espacio para estirar las piernas. Apoyo los pies contra la base y me estiro. Saco la cabeza por el hueco que ha abierto en mi cascarón. Un huevo. Me han puesto esta mañana. Eso ha sido el golpe. Es mi habitación. Salgo. Me levanto. Al girarme tiro algo. Miro un espejo y a mi espalda hay dos alas enormes de plumas blancas y negras.

Con las alas a las que no estoy muy acostumbrado apenas quepo en la ducha por culpa de la mampara. Me quito los restos viscosos. Barro los restos del cascarón y friego la gelatina. Sobre la marcha improviso dos agujeros para las alas y por primera vez me voy volando a trabajar.

lunes, 30 de abril de 2012

LA PAPELERA


En el fondo de la papelera de la consulta había un preservativo usado. Estaba anudado. Tenía depósito. No era uno de esos preservativos que se usan para la sonda de ecografía.

Lo miraba de reojo. Me sonrojaba estudiarlo con detalle. Podía haber arrugado un folio y taparlo. Sobre un papel caería otro y sobre él otro más. Nadie lo vería. Entró la auxiliar con un par de historias. Con el ruido de la puerta me puse recto y fingí atención en la pantalla del ordenador que todavía no estaba encendido. Creo que me sonrojé. “Hola doctor” “Buenos días enseguida comenzamos”. Se había dado cuenta de que estaba disimulando algo. Incluso me pareció que había girado la mirada hacia el suelo, el lugar donde debía estar la papelera si yo no la hubiese arrastrado hasta el hueco de la mesa junto  a mis pies. No me gustó nada la media sonrisa que dibujó en su rostro.

Me había convertido en protagonista. El preservativo no era mío, pero al intentar ocultarlo y probablemente ser descubierto, me había introducido de lleno en la acción. Quizás la auxiliar ya lo había visto antes de entrar yo en la consulta y no había dicho nada. Cuando entró de nuevo se dio cuenta de mi afán en ocultarlo. Estaba claro que era como mínimo sospechoso. Imaginaba los susurros a mi paso. Si al menos fuese mío, pero no, yo sólo llevaría la fama mientras otros se habrían llevado el disfrute. Pero intenta explicarlo y verás.

Volví a sacar la papelera. No estaba reseco. Aun había fluidos en su depósito, y moviendo la papelera hacia la luz brillaba. La consulta era de mañana. Yo había entrado a las nueve y media. El policlínico cierra de noche. Los osados amantes tenían que haber entrado a primera hora.

La puerta se volvió a abrir. Volvió a entrar la auxiliar. Esta vez no moví la papelera de su sitio. Dejé un papel en el fondo. Ella miró al suelo. Se sonrojó. Estaba seguro que se había azorado. Sería ella. Ella llegaba a primera hora. O ella o la limpiadora. Pero era difícil saberlo, en el pasillo hay más consultas. En un hospital hay mucha gente que puede arrastrar una pasión contenida. Pero ella se había sonrojado.
La camilla estaba bien. La mesa, la silla, todo estaba en orden.

Llamé al primer paciente y después al segundo. Al final de la consulta la papelera estaba llena. “¿Puedo pasar?” “Por favor” Era la limpiadora. Pasó el trapo por encima de la mesa. Anudó la bolsa de la papelera y la echó en el saco del carrito. Estuve atento pero no hizo ningún gesto. Pasó el paño por la mesa mientras yo recogía. “¿Esto es suyo?” Era el bolígrafo de uno de  mis compañeros. Él no tenía consulta ese día.

Salí . Sentí miradas. Caminé con toda la naturalidad de quien quiere pasar desapercibido.

CENICIENTA (VERSION SEGUNDA)


Al despertar, a tu lado hay una anciana. Más de ochenta años. Pelo largo gris. La dentadura sumergida en un vaso en la mesilla. Duerme. Miras debajo de las sábanas. Está desnuda. Te duele la cabeza y después de verla te duele más.

Por la noche te acercaste a una chica. No le preguntaste su edad para no averiguar cuantos años era más joven que tú. Recuerdas sus labios turgentes. Su sonrisa. Unas facciones muy agradables. También un beso. Nunca te habían besado así. Te dejabas llevar porque te gustaba mucho donde ibas. Es emocionante cuando todo es tan fácil, como respirar o caminar.

La mujer se mueve. Un pecho flácido se descuelga por encima de la sábana. Se gira hacia ti. Su brazo te busca. Te vas al borde de la cama, desde donde miras a todos lados buscando tu ropa.

Era temprano para la hora a la que la gente solía salir. Poco más de las once. Ella  miraba continuamente el reloj. Le preguntaste si no estaba bien. Te respondió que estaba muy bien pero que a las doce tenía que estar en casa, si no le ocurriría algo terrible. Supusiste que su padre era muy severo. No era cuestión de su padre. Era algo mucho peor que no te podía decir. Respetaste su silencio. Ahora te  estás arrepintiendo de tu discreción.

Tu ropa está entre la butaca y el suelo. Te deslizas entre las sábanas sin hacer ruido.

La pasión llegó a un punto en que estaba casi al desbordarse. Le ofreciste ir a un hotel. Miró hacia abajo. Le pediste disculpas por tu oferta. Sus padres no estaban. Si tú querías podíais ir a su casa. No te lo pensaste. Ahora ya te arrepientes porque no te acuerdas de nada más que del despertar.

A las once y media os estabais desnudando en el dormitorio que ahora quieres abandonar. Te queda una última esperanza. Que se trate de una broma. Que mientras dormías, han cambiado a tu pareja por su abuela o su bisabuela o incluso tatarabuela. La anciana resopla en la cama. Te sobresaltas. Se da la vuelta y deja a la vista el tatuaje de su nalga. El es mismo que besaste anoche. En el cuello la misma gargantilla y en la muñeca la misma pulsera de alpaca que le compraste en el mercadillo antes de subir al coche. Ella no va a desenmascarar la broma. No hay ninguna broma. Te levantas. Coges tu ropa. Te vistes a medias. Tanteas los bolsillos buscando las llaves del coche.

Al salir, en el recibidor hay un espejo. Cuando pasas por delante, al otro lado hay un hombre de más de ochenta años que huye a hurtadillas de su casa. Te vuelves. Te desvistes. Te metes en la cama de nuevo. Ella se da la vuelta y te echa la mano por encima como hace desde no sabes cuantos años. No vas a dormir pero sigues un rato acostado.