sábado, 14 de abril de 2012

Anemia (9) Entierro de la Sardina


Salvo la cripta del local que era su nueva casa, el entorno era mucho más bullicioso. En fiestas de primavera, en Murcia, el gentío era continuo. Tenía una barraca detrás con jotas huertanas a todas horas, y los desfiles del Bando de la Huerta y los de los grupos sardineros no pasaban lejos. Actuaciones en plazas y fuegos artificiales. Un ambiente extraño para un vampiro.

Vlad llevaba muerto muchos años. Había perdido la prisa. Todo pasaba, lo sabía. Se adaptaba al ambiente allí donde estaba. Primavera en Murcia son tapas. Vlad tomaba pequeños sorbitos de muchos cuellos.

Sábado día del entierro. Ayer la fiesta terminó casi al amanecer. Se encerró en su cripta esperando el último día de la fiesta, el entierro de la sardina. Después de la Semana Santa, cargada de Cristos y Cruces, agradecía el ambiente carnavalesco postcuaresmal de Murcia, con el colofón del entierro de la sardina.

A las diez menos cuarto se despertó. Decidió salir por la puerta con la imagen de un ser humano. Detrás de la reja había dos jóvenes besándose. Vlad esperó. Ser voyeur de un beso le despertó recuerdos casi humanos de su trabajo en urgencias de la Arrixaca, de su amor cuando quiso volver a ser humano. Recordó la envidia que un vampiro no siente. Como no paraban. Abrió la persiana. No cejaron en su empeño. Vlad puso la mano en el hombro del chico. El muchacho de su talla y más corpulento le dio un manotazo que no movió un milímetro el brazo de Vlad. Se dolió. Vlad lo miró con la mirada helada de los ojos verdes de un vampiro. Soltó a la muchacha y se fue caminando lentamente. La chica lo miró. Vlad quiso probar un beso sin amor. La misma humedad cálida. La misma dulzura.  Pero no había la electricidad que te desconecta, que te rinde, y te deja sin fuerzas. Decepción. Lo sospechaba. Abandonó los labios y buscó la yugular y sorbió. Una sangre dulce y aterciopelada con un gusto de claveles de Murcia y alcohol mucho alcohol barato. Se detuvo pero la muchacha volvió a apretar su cabeza contra su cuello. Vlad se resistió pero solo un segundo. Siguió sorbiendo, se detuvo. No quería matarla. No por piedad, sino para no perder esa sangre en el futuro.

Se sintió eufórico. Más que nunca. Simpático. Locuaz. Sociable. Un hombre que pasaba le preguntó la hora. Se rió. Iba a decirle que a él el tiempo no le importaba, pero balbuceaba, su hablar era gangoso. Corrió. Dio saltos mortales por la calle. Se paró y se sintió triste. Le invadió la melancolía de la ausencia. La recordó. Toda Murcia estaba en la calle. Ella estaría en la calle. Subió muy alto. En la Gran Vía, frente a hacienda en el lado de la Plaza de las Flores. Quería impresionarla. Alardear delante de ella. Que viera lo que había perdido. Tomó la forma de Vlad con alas membranosas enormes. El desfile comenzaba a pasar el puente de los Peligros. Vlad descendió desde las alturas a la Gran Vía, justo delante de la policía municipal que encabezaba el desfile. Hizo un looping vertiginoso en la Gran Vía. La miró y ella le vio. Se paró donde ella estaba y donde estaban todas las cámaras. Escuchó una ovación del público. Sintió vergüenza por haber roto la discreción que se le exige a un vampiro. Corrió a pie, se salió del desfile y se convirtió en humo. Tomo dos sorbos de  sangre y mucho antes del amanecer se fue a su cripta.

Al día siguiente era la comidilla la aparición en el desfile del entierro de la sardina, pero nadie sabe por qué  ningun cámara consiguió una imagen de aquella atracción portentosa. 

TOILET


Se oían ruidos en el cuarto de baño adyacente a la sala de exploración.

La colonoscopia de Juana, una mujer de mediana edad, había terminado sin problemas. Estaba despejada una vez había pasado el efecto de la sedación, pero se encontraba un poco hinchada por lo que pidió acceder al baño, al que se entraba desde la misma sala. La auxiliar le indicó que no echara el pestillo, que no iba a entrar nadie. Improvisó una falda con la sábana y cerró la puerta.

Es incómodo estar detrás de la puerta de un baño ocupado. Tienes la sensación de invadir la intimidad de alguien, pero no hay otro remedio porque hay que hacer el informe en la misma sala. Normalmente no prestas atención, pero esta vez en el baño los sonidos habituales eran distintos. La mujer que había entrado tranquila ahora gritaba. Primero un chillido agudo que llamó la atención de medio hospital. Después ruido de golpes y después pidió socorro. La puerta se abrió, se estampó contra la pared y la mujer salió corriendo con la toalla colgando cubriéndola solo por delante. El rostro demudado. Lloraba y señalaba al baño.

“Señora, tranquila” “¡Una mano!” “ Tome usted la mía y siéntese” “ ¡Hay una mano en el baño! ¡Hay una mano en el baño!”  “No se preocupe, es la medicación que le ha jugado una mala pasada” “ ¡Había una mano! Me he sentado a …aliviarme y he sentido que algo me acariciaba la nalga y me ha pellizcado” “Es una alucinación. De todos modos voy a entrar al baño y lo voy a comprobar y así usted se tranquiliza” Enjugó sus lágrimas. Hipó un par de veces. Siguió mis pasos con la mirada. La puerta no se había cerrado. Levanté la tapa de la taza y no había nada. Tiré de la cadena. Tomé la escobilla y la froté contra el sanitario. “Nada” “No sé. Quizás tenga usted razón. Lo debo haber soñado. Gracias”

La señora se levantó. Estaba chocada, no se preocupó de cubrirse el trasero. En su nalga izquierda en la convexidad había una rojez que comenzaba a tomar tonos violáceos.

Estaba de guardia. Por la noche hicimos una urgencia en la misma sala. Mis intestinos se movieron y me acerqué al baño. Antes de sentarme destapé el sanitario. Miré su interior. Me pareció ver unas ondas en el agua pero me senté. Antes de relajarme oí el agua del fondo agitarse. Algo me rozó. Me levanté. Cogí la escobilla a mi derecha me giré y la atrapé justo en el fondo cuando ya se retiraba hacia el sifón. Era una mano, con reloj y dos anillos. La escobilla no pudo retenerla más que unos segundos y yo no estaba dispuesto a cogerla con mi propia mano. Desapareció hacia el sifón con un movimiento similar al de un lenguado o un rodaballo.

No he vuelto a usar ese baño. En realidad no uso ya ninguno con tranquilidad.

jueves, 12 de abril de 2012

EL TRAGASABLES


“Buenas noches agentes, buenas noches señor. ¿Te has tragado tres pilas y cuatro cuchillas?”  “Creo que cuatro” “Ya has venido tres veces este mes” “No llevo la cuenta” “¿Cuánto te queda de condena?” “Cinco años” “ Si te comportas en un año estás fuera si no ya veremos” No respondió. No hizo ningún gesto. “Te vamos a hacer una endoscopia. Si las cuchillas están en estómago las sacaremos. Te anestesiaremos porque la prueba es molesta” “No me afecta el dolor. No quiero anestesia” “Puede ser molesta” “ No hay dolor. No quiero que me duerman”.

Estuvimos media hora trabajando con él. Hubo que introducir el tubo más de diez veces. Alguna náusea pero ni  un gesto de sufrimiento. “Hemos terminado” “¡No hay dolor!¡No hay dolor!”.

Eso fue en julio. Hasta marzo vino  casi todas las semanas una o dos veces. La dirección de la prisión manejaba el régimen disciplinario, pero no había resultados, de hecho comenzó a liderar el movimiento de los tragasables. En un lugar triste y aburrido como una prisión, aunque se disfrace de parque temático,  cuando querían dar una vuelta en coche patrulla, se tragaban cuatro o cinco cuchillas, un par de pilas o un mechero y al hospital. Siempre a deshoras, para incordiar al máximo a los guardias que les trasladaban y muy secundariamente a nosotros.

Un día llegó con siete cuchillas. Cuando llegó ya habían pasado al intestino. Su organismo circulaba el metal con una rapidez envidiable. “¿Tú puedes tragarte cualquier cosa cuando quieras?” “Sí”.

Regresó a la prisión, pero en mi cabeza ya daba vueltas una idea. Pocas semanas después, elevadas consultas jurídicas y éticas, se hizo una propuesta a nuestro tragasables. “Hemos hablado con el juez y con el alcaide. Te podemos ofrecer un trabajo” “ Ni sé ni quiero hacer na” “Es algo que haces”  “No hago na” “Tragarte cosas , pasearte y nosotros te las sacamos” “Eso sí” Se iluminó su mirada.

Y  aquí estamos ahora mi representado y yo llegando al servicio de digestivo de la Paz, donde está previsto que se  trague dos tenedores y un cuchillo, los residentes, por turnos se los extraerán. No podemos atrasarnos que esta tarde actuamos en el Gregorio Marañón, y mañana en la Princesa, donde él no quería ir, porque querían que se tragara un dildo, me ha dicho que pollas no come, se han conformado con una zanahoria y un pepino mediano, aunque el precio no va a ser el mismo. Este mes está siendo agotador con tanto bolo, no sé si lo voy a poder aguantar, pero le queda poca condena y pronto será libre.

Es emocionante cómo estamos reinsertando a un hombre. Para cuando sea libre ya  tiene un representante, y ofertas de varios circos y algunos programas de televisión. Nos queda el problema de sus discípulos, que visto éxito se han multiplicado. Hay uno que dice que se traga un reloj por piezas y es capaz de montarlo en el estómago, pero los presos son muy exagerados. En una semana he convocado pruebas para los bolos del año que viene, a ver si hay suerte, aunque el mercado se está poniendo difícil, cada hospital está consiguiendo su propio preso como modelo, y en algunos incluso algún residente en paro.

miércoles, 11 de abril de 2012

RECORTES (2)


Nunca en  los anales de las historia de la gestión sanitaria, alguien había conseguido un éxito tan rápido en términos de eficacia y eficiencia como el que se había conseguido en la Arrixaca de la mano de la Jefa de Farmacia. Reducir el gasto al veinte por ciento era algo inaudito. El exigente sistema británico NICE desplazó expertos a Murcia para comprobar incrédulos el milagro estaba ocurriendo en aquel rincón del sureste de una España al borde de la ruina. Levantaba sospechas el oscurantismo entorno a un éxito tan relevante. Personas que habían pregonado una montaña cuando habían conseguido un grano de arena ahora callaban. Cuando llegaron los auditores, las cuentas eran claras: Habían dejado de comprar medicinas. Revisaron las altas, hicieron un muestro de las curaciones milagrosas: no había duda en los diagnósticos y no había duda en los resultados. El problema vino cuando quisieron analizar el contenido de las bolsitas. La jefa de farmacia montó en cólera y se negó. “Ustedes quieren copiar nuestra patente. Cuando la tengamos preparada ya la publicaremos” Protestaron pero no se movió de su posición. Los auditores se marcharon. Mostraron sus quejas en Murcia, en España y en sus países, pero por una vez nadie les hizo caso. En época de crisis los estados y los mercados financieros estaban deseosos de milagros , no querían saber los detalles, la prima de riesgo de la deuda española había bajado a límites anteriores a la crisis, se volvía a hablar del milagro español , no había nada que saber. Ni The Times, ni Le Figaro dieron pábulo a las críticas metodológicas.

Pero nadie quiere mantener un hospital vacío. Se cerraron la mitad de las plantas, la mitad de los quirófanos. No se renovaron muchos contratos y otros de interinos estaban en la picota.

Los residentes de la Arrixaca veían su futuro negro por culpa del amarillo que tenía todo el hospital. Está muy bien que la gente se cure, pero todo tiene un grado, y a este ritmo, sin pacientes, se iban a quedar sin trabajo. La excitación, el nerviosismo se generalizó al ver el porvenir en peligro. Jose, mi residente, no dijo nada de lo que habíamos visto en la guardia. No por miedo, sino por considerar que aquello  formaba parte del secreto profesional.

Se reunieron en asamblea. Unos exigieron la vuelta a la unidosis, las pastillas y las ampollas como siempre. Otros echaron la culpa a un complot de los informáticos de Selene que habían tomado el control. Pero cuando se decidió tomar medidas, todos acordaron a propuesta de la residente de interna Adriana que, siendo médicos, resultaba muy complicado protestar por un sistema que estaba tan claramente sanando a la gente. Se concluyó que de seguir así, lo mejor era ajustar los planes de residencia dando un peso mayor a la rehabilitación y prevención que a la curación.

A los tres meses, los primeros despidos de interinos coincidieron con intensos rumores de súbitos empeoramientos y muertes terribles en muchos de los pacientes que poco antes habían experimentado una curación milagrosa.

Jose revisó las historias y localizó a uno de los pacientes. Vivía en el Palmar. El hombre de 70 años había fallecido inmerso en terribles dolores y delirios. La familia le relató que habían recibido un sobre con membrete de la Arrixaca con un papiro que contenía un contrato que debía ser firmado ydevuelto en  sobre franqueado adjunto con destino a Farmacia de la Arrixaca. El contrato exponía en sus cláusulas que, una vez recuperada la salud, debía, debidamente informado, entregar su alma con su firma. La familia no comprendió bien, habían pensado que se trataba del tan mencionado copago y tiraron el contrato con sus sobres a la basura, que dicho sea de paso comenzó a arder. De inmediato comenzó el empeoramiento, y el enfermo aterrado se negó a que le atendiesen en el hospital que antes había venerado. Murió. Jose recogió tres casos similares. Todo cuadraba. Regresó al hospital y habló con el cura Juan quien no pudo negar la evidencia. Aquello explicaba por qué la cruz cada mañana amanecía al revés.

Con la puesta de sol, se colaron en el recinto donde habíamos asistido al aquelarre. Rociaron cada rincón con agua bendita. Dejaron en la ventanas ramitas de olivo del Domingo de Ramos. Exorcizo vos, numismata, per Deum  Patrem omnipoténtem, qui fecit caelum et terram, mare et òmnia, quae in eis sunt. Omnis virtus adversàrii, omnis exércitus diàboli et omnis incùrsus, omne phantàsma sàtanae, eradicare et effugare ab is numismàtibus: ut fiant òmnibus, qui eis usùri sunt, salus mentis et còrporis : in nòmine Patris  ET Omnipotentis… El cura Juan cayó exhausto. El color amarillo empezó a disiparse. Se olía a jazmín. Las brujas no llegaron.

Al día siguiente en la Arrixaca siguió habiendo fantasmas, brujas , ángeles y demonios pero desaparecieron los saquitos de piel y se volvió a la unidosis. No hubo milagros, pero hubo alguno curación y muchos cuidados, y sobre todo, cada uno hizo con su alma lo que pudo o quiso

martes, 10 de abril de 2012

RECORTES


Las instrucciones desde el ministerio a la consejera de sanidad habían sido claras: Un recorte de al menos un veinte por ciento en la factura de farmacia de la Arrixaca. “¿Cómo?” “Tú verás” “ Desde cuando” “Ya estás perdiendo tiempo” Y le habían colgado al Gerente. El Gerente a su vez convocó a su equipo directivo y les hizo un planteamiento similar. Los directivos reunieron a los jefes de servicio en los mismos términos. Fue un día de reuniones intensas. Los viejos cánones de la calidad no servían. Se imponían soluciones imaginativas. Con tanto y tan buen cerebro pensando no habría ningún problema.

La primera medida fue exigir a los facultativos informes para solicitar cualquier medicamento. A las enfermeras justificar a partir de un número de gasas. A las auxiliares por el número de esponjas jabonosas. Balance semanal: Se aumentó el gasto un diez por ciento.

Nuevas reuniones. Camarillas. Acusaciones veladas. Mucha masa gris pensando encontraría esta vez sí la solución.

La semana siguiente, el clásico carrito de unidosis, donde en cada cajoncito se encuentra el tratamiento de un enfermo se vio sustituido por una bandeja de plata o alpaca grabada con extraños motivos, con una bolsita de cuero por paciente liada con un cordel de piel. El celador traía aquella bandeja justo al amanecer. El sistema de prescripción seguía funcionando sin cambios, cada paciente tenía diez o doce anotaciones para una sola bolsita. Varios pacientes más sagaces vertieron el contenido de la bolsita en un plato y no encontraron diferencia entre un infartado y un enfermo de sida. Pero las instrucciones eran claras. A tragar todo el mundo. Y eso que el olor que despedían las bolsitas y su sabor eran nauseabundos. “Más curará” Tranquilizaban las auxiliares más veteranas.

Fuera cual fuera el aspecto, lo cierto fue que cada vez había menos pacientes ingresados. Comenzaron a detectarse curaciones milagrosas en todas las especialidades médicas y quirúrgicas. Menos de la mitad de camas estaban ocupadas, los quirófanos funcionaban al treinta por ciento, la UCI estaba vacía. Con una expectativa así, urgencias estaba a rebosar, y aún así el hospital no se llenaba.

Mi residente José me advirtió una tarde de guardia que las paredes iban tomando un color cada vez más amarillo y que aquel extraño olor iba llenando poco a poco cada rincón. Bajamos a la capilla y la cruz estaba al revés “Se habrá caído Jose” además hacía mucho frío. Por la noche uno de los pacientes enfermó, se agitó y decía que veía demonios por todas partes. Cuando la enfermera se acercaba blandía una cruz. Prescribí risperdal y el celador vino poco después con una de aquellas bolsitas. Le dije que no quería bolsitas, quería una ampolla. Encogió los hombros. Llamé al interfono de farmacia. No contestaban. Me cabreo pocas veces, esa fue una de las ocasiones. Bajamos a la menos dos por el ascensor número seis que esta vez se comportó. Lo rodeamos. Por debajo de la puerta de farmacia se filtraba un humo denso del mismo color amarillo anaranjado que tenía las paredes. El olor era intenso. Un olor picante a azufre. La luz amarilla oscilaba y las sombras con ella. Salió alguien desnudo y al instante su cuerpo se cubrió del pijama. En la mano una bandeja con una entrega de uno de los saquitos.

Jose y yo nos colamos. Nos colocamos detrás de un estante con ruedas y nos acercamos a la sala. En el centro de un salón había una enorme marmitaal fuego amarillo y una señora enormemente gorda malencarada con una gran verruga en su nariz larga removía su contenido. A su alrededor en corro entre risas ebrias bailaban a medio vestir o desnudas mujeres hermosas acariciadas y mimadas por íncubos y súcubos. En los rincones hombres y mujeres s revolcaban, mientras la bruja mayor echaba y echaba ingredientes a la marmita mientras pronunciaba una salmodia ininteligible.

Poco antes de amanecer. Del interior de la marmita brotó la imagen un macho cabrío que berreó, lamió los senos de la anciana. Escupió en el interior del mejunje y desapareció. En un instante todos los danzantes dejaron de bailar. Voltearon la marmita en pequeños moldes que después colocaron en las bolsitas.

La puerta se abrió. Entró la Jefa de Farmacia. “Buen trabajo, hemos reducido el gasto a un veinte por ciento” “Nuestro jefe también está contento cada vez más almas. Pronto empezaremos en los Arcos y el Rafael Méndez”  “ Adiós” y todas, menos la jefa de farmacia salieron con sus escobas por la ventana antes del primer rayo de sol.

Cuando salió. La seguimos sin que reparara en nosotros, subimos a la sesión y dimos el pase.

lunes, 9 de abril de 2012

ANEMIA ( 8 ) Mudanza


Dicen que los dos principales factores de estrés para un ser humano son la separación de su pareja y una mudanza. También para un vampiro. La visita inesperada de la mujer había precipitado algo que él ya deseaba hacer. Con la ruptura de proyectos que supuso el desamor, la vida en la misma torre que había llenado de sueños ( los vampiros tienen sueños muy vívidos que casi no pueden distinguir de sus recuerdos) le estaba resultando muy dura.

Buscar casa para un vampiro es complicado. No por el precio, Vlad podía fabricar de mil maneras más riquezas de las que podía gastar, sino por los horarios. Los horarios comerciales de las inmobiliarias eran incompatibles con su vida nocturna. Encontró en internet una herramienta. No quería vecinos molestos. Si viviendo aislado en una finca alguien había llegado a molestarle, no imaginaba lo que podía ser el bullicio de una escalera.

Encontró un concepto satisfactorios: un loft. Un bajo comercial. En estos tiempos había bajos a cientos vacios por toda la ciudad. Tecleó el que más le gustaba. Al instante recibió la respuesta. “Vlad ¿cuando quiere usted verlo?” “Hoy pasada la medianoche”  “A las doce en punto nos vemos. ¿Cómo le reconoceré?” “Llevaré un traje negro”. Vlad sabía que seis años antes ni un todopoderoso habría sido atendido por una vendedora de pisos a las doce de la noche.

Era un local de esquina. Se distinguían las cicatrices que habían quedado al retirar los carteles luminosos.  Llegó la vendedora. Una mujer baja con una falda muy ajustada que la hacía caminar como ensartada en un eje vertical. “Buenas noches señor Tepes” Vlad saludó. La mujer se agachó a quitar los candados del suelo. Se oyó un crujido de costuras. Se levantó, palpó el desaguisado que no era amplio. Pulsó el mando que elevó la puerta. Un mostrador, papeles por el suelo, polvo. Mostradores y algún estante rotos.

“Es amplio. No está preparado pero el dueño se avendrá a negociar el precio”. Vlad no respondió, miraba los rincones, la poca luz de unas ventanas en lo alto de las paredes cubiertas de cristales esmerilados. Los rayos de la luna llena apenas conseguían atravesarlas. “¿Esa puerta?” “No lo sé , no me conozco los detalles” Se acercó, la abrió. Había unos escalones y debajo una puerta acorazada abierta. Dentro sobres y polvo. Un habitáculo de un metro por tres metros oscuro, frío y húmedo, un lugar acogedor para Vlad. “Me lo quedo” “No es barato. Aquí antes había un banco”. “ Me lo quedo” “Pásese mañana por la oficina” “Lo necesito ya” Necesitaba descansar . “No puedo hasta la firma del contrato” Vlad la miró. Tuvo que contenerse para no  mostrarle los colmillos. “Tenga esto será suficiente como señal” Le extendió una bolsa. La vendedora sacó varios fajos de billetes de cien y doscientos euros. Salió a la calle. Se acercó a un locutorio y se bajó el contrato. Vlad firmó. “Aunque sea indiscreción ¿a qué va a dedicar el local?” “A una actividad esencialmente similar a la que se desarrollaba” “Banca” “Más o menos” “Tenga mi tarjeta si necesita a alguien” “Necesito personas casi a diario. La llamaré” Se ruborizó y se marchó. El auxiliar de una funeraria que hacía pocas preguntas trasladó su ataúd con tierra de los Cárpatos a la cámara acorazada. Vlad salió a cenar. Cuando alboreaba regresó saciado a descansar a su nueva casa.

De noche, cuando paséis por el bajo cerrado que fue vuestro banco, alejaos, Vlad puede estar hambriento. Ya perdisteis vuestro dinero y quizás vuestra casa, ahora podéis perder la sangre en el mismo lugar.

domingo, 8 de abril de 2012

ANEMIA 7. CRISIS


Vlad había saciado su sed muy pronto. Lo que quedaba de noche lo había gastado vagando de un lugar a otro. Volar sólo es apasionante cuando no lo has hecho nunca. Volar sólo por fuerza de noche puede ser muy aburrido. Se posó en el balcón de la Fuensanta a unos doscientos metros de altura sobre Murcia. Desde el poyete apreció que ya no queda huerta. Cada carril está iluminado. Es un bonito espectáculo si no se tiene en cuenta lo que se perdió: la oscuridad y el silencio.

Los mortales viven con la obsesión del tiempo que se les escapa entre los dedos, como un fluido o arena. Para un inmortal, para Vlad, el tiempo es una maldición. La percepción del tiempo para los vampiros es como la percepción de los niños, algo sin límite. Para los niños no tiene valor, para los vampiros es algo muy pesado.

Por fin por el Levante comienza a clarear el día. Los humanos sienten frío, los vampiros sienten calor.Es el momento de dormir. Un vuelo corto. Su ataúd está en una torre de huerta, un caserón de doscientos años en medio de una finca. La bodega resultó perfecta para su morada. Discreta y apartada. Se coló por la ventana y se tumbó.

No había comenzado su sueño cuando oyó ruidos. Alguien golpeaba repetidamente pero sin mucha fuerza el portón de entrada. Vlad fingió no oír. Los golpes siguieron. A lo lejos se oía una voz de mujer. Golpes y más golpes. El visitante no tenía intención de irse.

Vlad se levantó. Tocó el interruptor que a distancia abría la puerta. Miró quien entraba. Era una mujer joven. La puerta se cerró. Vlad se hizo humo  subió por una rendija del  techo y se ocultó en un armario. Desde que había abandonado la vida de los humanos había abandonado el cuidado de la torre. Todo estaba ordenado pero con descuido. Polvo y telarañas por todas partes.

“¿Hay alguien?” Era una mujer muy bonita. Unos treinta años. Un cuerpo deseable. Un rostro moreno con media melena y ojos negros. Vlad la espiaba desde su espalda. “Vlad sé que está usted viéndome. Vengo a proponerle un trato”. Un trato en su propia casa, no parecía un chantaje la voz no trataba de intimidar. “Un trato muy ventajoso para usted” Sabía su nombre. Un inmortal, un vampiro no tiene nada que negociar, pero un vampiro necesita el sigilo, el secreto para poder sobrevivir. Los días de un vampiro le hacen frágil. La mujer comenzó a desabotonarse la camisa. Se quitó el sostén. La curva sesgada de sus pechos era muy hermosa. Comenzó a bajarse los leggins. Cuando los tenía por los tobillos, Vlad desde atrás se presentó. “¿Qué trato me propones?” Sabía que era cruel tratar con alguien con los pantalones o los pantis en los tobillos. La mujer se incorporó. “Tome de mí lo que desee. Mi cuerpo o mi sangre, pero ayúdeme. Lo he perdido todo” La mujer se desmoronó, sintió vergüenza y  cruzó las manos sobre el pecho. “¿Por qué tendría que ayudarte?” “Por mi cuerpo o por mi sangre. Puedo hacer su vida más cómoda y le necesito. He rezado mucho a Dios y no me ha escuchado. He perdido mi trabajo. Voy a perder mi casa. Sin trabajo, sin casa perderé a mi hijo. Por eso acudo a usted”  “Estás loca” “Estoy desesperada” “ ¿Intentas que un vam… que yo me compadezca? ¡Vete! ¡No debiste haber venido! Cancerbero échala”.Comenzaron a oírse ladridos. La mujer se atemorizó. Cogió su ropa y corrió hacia la puerta. Se trastabilló con los leggings. Salió. Vlad se protegió del rayo de luz del sol de la mañana y volvió a la cripta. Le habían descubierto. No quería más sentimientos humanos. El amor había estado a punto de acabar con él ¿Compasión? Un vampiro no tiene compasión. Un vampiro no quiere almas. Pero le habían descubierto. Necesitaba una nueva guarida. Pero eso es otra historia.