sábado, 21 de abril de 2012

UN CALDERO DE ESTRELLA



Sábado por la mañana. El Sol ya calienta. Abril. No hace viento. La gente no se va todavía a la  playa. Es un día de aperitivo, de cerveza y de terraza. Nuestra terraza, la de mis amigos y nuestras familias es la Plaza Jardín. Los niños juegan en el tobogán y los columpios sobre un suelo de corcho.

Sin un acuerdo previo, mujeres o compañeras o novias se ponen al sol entorno a la mesa. Los hombres, compañeros o novios y algún agregado nos colocamos junto a la barra que da servicio a los camareros.

“Un cubo de quintos José Luis” .Da gusto ver el caldero  del que rebosa una docena de quintos con sus hielos y agua al fondo para mantenerlos fresquitos. En realidad en esta primera andanada el hielo es inútil. Nadie sabe cómo, la cerveza desaparece de su envase. Cada vez resulta más fácil hacer un chiste. “Jose Luis otro cubo de quintos”. Otra docena aparece en la ventana. El ritmo de desaparición es más lento. Parece que se han terminado. Meto la mano aparto hielos y en el agua del fondo aun queda un botellín. Está helado. Ya antes de salir, aprecio un tacto un poco rugoso. La saco, me pongo las gafas y la miro. Es una botella antigua de Estrella de Levante, no veía un así hace más de veinte años. Está enmohecida y la chapa oxidada. “José Luis porque estemos chispados no nos vayas a sacar todo el solaje de la cámara” “Antonio que yo todo lo que tengo es fresco. Dámela si no la quieres, no sé cómo se ha colado ahí, eso es una pieza de colección” “Pues ahora si se puede me la voy a beber” “No hay cojones”. Me jalean mis amigos.

Pongo el abridor sobre la chapa con la misma emoción de un historiador que encuentra un incunable. Apenas la muevo un milímetro, la chapa sale disparada. Un chorro de espuma que llega a la altura de un segundo piso. Cuando la espuma cae, con las gotas toma forma una hermosa muchacha. Lleva un gorro de paja con una cinta verde y una estrella. Viste pantalones muy cortos, zapatillas de deporte sin calcetín y una camiseta blanca de amplio escote con el logo de Estrella de Levante. Nos quedamos boquiabiertos. Dejo el casco en una mesa. “¿Tú quien eres?” “Soy la genia de la cerveza. ¿Quién me ha liberado?” “He sido yo” “Pues te concederé tres deseos” José Luis sale por la ventana. "Antonio que la cerveza la compré yo” “Jose, ha dicho que quien la ha liberado y tú la querías dejar en un estante” “Pero la cuenta la pagamos todos , no hemos pedido un solo quinto sino un caldero” “Claro lo lógico es que repartamos los deseos” “Yo no lo veo tan claro. La he abierto yo”. Al ver la discusión y una chica tan bonita en medio, nuestras mujeres se acercaron “ ¿Qué pasa?” “ He abierto la cerveza y ha salido esta genia que me concede tres deseos” “Nos concede Antonio, nos concede” “Antonio  cariño ,está claro , uno es un ático que la nena quiere una terraza” “Claro y yo una casa en la playa” “Y yo un coche” “Y la ermita tiene falta de arreglar” intervino el cura.

Llegó mi sobrina corriendo con sus amiguitos . Se metieron entre las piernas de los mayores para pedir agua. Empujaron la mesa y el casco cayó. Se oyó un chasquido contra el suelo a la vez que la genia desaparecía en un estallido de espuma de cerveza.

“Jose Luis otro caldero de estrella, pero que sean todos iguales. “ “Por la salud” 

viernes, 20 de abril de 2012

FIEBRE.

El día que me puse el termómetro por primera vez, llevaba ya tres días destemplada. Treinta y ocho grados. No tosía. No tenía molestias al orinar. No me dolía la cabeza ni tenía diarrea. Ningún absceso. Sólo cansancio y más cansera que cansancio. La cansera es la falta de energía del murciano. La debilidad de un cuerpo que no obedede a la voluntad. No tienes gana ni de abrazar a los hijos que has parido.

Me estaba consumiento. Los tratamientos no tenían ningun efecto. Me miraba al espejo, sin ganas de arreglarme, ojerosa con mirada lánguida y el canto interno de los ojos siempre húmedo. Seguía trabajando. Estaba yo sola en mi panadería. No podía cerrar la persiana de un día para otro. Las clientas que venían a coger su dosis de conversación a cambio de una barra de pan o de una bolsa de madalenas ya sólo compraban. Alguna, no todas, me preguntaban qué me ocurría. La fiebre. "Estás delgada". "La fiebre" "Estas triste" " La fiebre" "¿Tienes la regla" "No, la fiebre". Llegaba arrastrándome al final del día. Contaba los segundos de los últimos cinco minutos antes del cierre.  Cuando llegaba el cliente que siempre llega cuando agachas la persiana, me echaba a llorar, delante de él, lo atendía pero entre lágrimas. "Perdona".

Una semana antes de ingresar en el hospital comenzaron las pesadillas.De día la fiebre de noche las pesadillas. Soledad. Oscuridad. Voces. Rostros con risas tristes y otros con muecas de burla o dolor. Caminar sin ver, tanteando a cada paso el suelo. Fatiga de tanto caminar y siempre con la sensación de seguir en el mismo lugar. Cuanto más cansada más risas. Miedo no. La misma cansera en sueños que despierta.

Ingresé hace diez días. He tenido ya dos compañeras de habitación. Una sanó y otra ha muerto. Sé muchas cosas que no tengo, pero no sé por qué me pasa esto.Veo los rostros de los médicos frustrados con cada una de las pruebas. Si formo un anillo con el pulgar y el índice puedo abrazar mi brazo. Me cuesta respirar. Me dicen que si mi riñón sigue fallando tendrán  que dializarme. Me estoy muriendo.

Mi último compañero ha muerto. Meten una nueva cama. "Hola. ¿Cómo eztaz?" Me mira. Es una mujer con Down, su habla es gangosa y cecea."Bien". Y me doy la vuelta porque no tengo ganas de hablar. Ni de nada. Cuando uno siente que se muere pierdes las ganas de hacer todo lo que deseabas. Quizás porque no tienes fuerzas."Tú no te eztaz muriendo. Yo zí" "¿Y tú como lo sabes?" "Tengo un ángel conmigo que me va a llevar al cielo" Su madre sonrió condescendiente, pero salió y tuvo que meterse al baño con la mano cubriendo el rostro. "Tu angel eztá prezo" "¿Qué?" "Tu angel eztá atrapado dento de tí". La madre salió del baño con los ojos rojos e instó a su hija a que descansara.

De noche, a las once, tomo el orfidal que me permite dormir dos horas. De madrugada, no sé la hora, he despertado. La muchacha está de rodillas apoyada en mi cama. Me mira fíjamente con sus ojos rasgados. "¿Qué haces que no duermes?" "Mi ángel quiede libedad ad tuyo" Me toma la mano. Primero siento una mano regordeta de niño, pero de piel seca como la de un escualo. El tacto se hace firme. Siento como si tomase posesión de mi cuerpo. Mi columna se estira, se pone rígida y se incurva en opistótonos. Es doloroso. Estoy débil creo que no lo voy  a soportar. Me pone la otra mano en el vientre justo por encima del pubis. Cuando llega al estómago siento náuseas. Mientras asciende  por el tórax tengo dos arcadas. El estómago, los intestinos se contraen. Mis yugulares están hinchadas, la cara, los labios morados, los ojos rojos. Una arcada descomunal. Siento como se desencaja la mandíbula . De mi boca asciende una figura como un reptil o un murciélago de ojos rojos . Miro a la niña . Trata de atrapar su cabeza, pero desaparece con un gesto de angustia. Pierdo la consciencia.

"Enhorabuena. No tienes fiebre por primera vez" Mi compañera de habitación duerme. Parece cansada.

Cuando los médicos pasan visita, se felicitan: por fin su tratamiento ha tenido éxito.

jueves, 19 de abril de 2012

UN HOTEL CON ENCANTO


Habías esperado recostado en la cama pasando canales en el televisor. Ella estaba en la ducha. Unas cervezas. Cena con un magnífico cava. Un pequeño hotel con encanto. Tu pareja y tú. Daba vueltas en tu cabeza su sonrisa durante la cena, el cruce de miradas. Era bonita. Sabías que todos la miraban. Te gustaba que la mirasen porque estaba contigo.

“He terminado”. Un nudo grueso sujetaba la toalla por encima de su pecho menudo. Su cabello mojado le empapaba los hombros. Su puño cerrado ocultaba la ropa interior. Te levantaste. Cogiste su cintura y desde atrás rozaste su cuello con tus labios. Todavía no. Se dio la vuelta y rozó sus labios con los tuyos. Acarició con el índice la punta de tu nariz. “Me he duchado con agua fría. El grifo de agua caliente tiene el resorte estropeado. Lo pulsas y regresa a su posición original” “Deberías haberme llamado” “Verás cómo se me han puesto los pezones” Te erizaste sólo con imaginarlo.

Cerraste la puerta. Te desvestiste. Te gustaba orinar antes de la ducha. No había bañera, sino una ducha rodeada de una mampara de cristal templado con la palabra agua en distintos idiomas que unía los dos paños. Giraste el grifo del agua caliente. Pusiste la mano para calibrar la temperatura. Salió agua pero poco a poco el grifo se cerró y dejó de gotear. No te explicabas el mecanismo de semejante resorte, pero sabías que no te gustaba ducharte con agua fría. Estabas caliente, y no querías enfriarte por nada del mundo. Le diste al agua caliente. Regulaste la fría y conseguiste la temperatura que te gustaba. Cogiste un alambre que había en un rincón detrás del sanitario, lo ataste entre un saliente de la mampara y una de las aspas. Te  mojaste. Comenzaste a enjabonarte sin parar el chorro de agua tibia. El alambre se tensó. Comenzó a dar tirones. Se paró. Te metiste debajo del chorro. El agua se ponía cada vez más caliente. El grifo del agua fría se estaba cerrando. Intentaste abrirlo pero al tocarlo te quemó. Miraste el alambre y estaba al rojo. El agua ardía. Te estabas quemando. Te pareció oír risas desde las tuberías, varias voces. Te quemabas y la corredera no se abría. El vapor tomó forma , Frente a tu cara un rostro horrible. Gritaste. Te estabas escaldando. Gritaste. Golpeaste el cristal . No se rompía. Lo pateaste y al final estalló. Con el esfuerzo saliste despedido. Caíste al suelo . Tu pierna sangraba. Tenías el cuerpo lleno de heridas por los cristales. Tenías la espalda quemada. Gritabas. Llorabas. El ser del vapor te miró . Se acercó y lamió la herida de tu pierna. Se esfumó.

La puerta del baño se abrió de golpe. Tu compañera vestía lencería de encaje pero no pudiste fijarte. Perdiste el conocimiento. Lo último que recuerdas es a ella haciéndote un torniquete en la pierna con su sostén.

Despertaste en el Reina Sofía de Córdoba. Lo que empezó como un fin de semana apasionado acabó como un desastre. Te visitó el psiquiatra, cuando te sinceraste te recomendó dejar el alcohol y las drogas que sabías que no habías tomado. Te dejó unos ansiolíticos que tiraste.

Ella te salvó la vida. Con ella ya nada fue igual.

miércoles, 18 de abril de 2012

UN CORTADO


Cuando fue a pagar el cortado, al sacar el dinero del bolsillo pequeño del pantalón, parte del contenido se derramó en el plato. La cuchara tintineó y cayó al suelo. Recobró el equilibrio. No se había manchado. Se sentó solo en una mesa apartada. Cogió el vaso y lo acercó a los labios. Un sorbo. El café cortado inundaba el vaso. Tomó una servilleta de papel para evitar el chapoteo. Antes de poner la servilleta para empapar el líquido vio imágenes en movimiento en la superficie de café.

Eso fue ayer. Ahora iban camino del cementerio.  Conducía su coche detrás del coche mortuorio que llevaba a su padre. Llegaron al cementerio. En la lápida separada de la fosa se leía el nombre de su padre. Deslizaron la caja. Unas últimas lágrimas. El sepulturero selló el nicho interior. La lápida cerró la fosa. Estaba nublado. Hacía viento y chispeaba.

Era una simple operación de vesícula. Por laparoscopia, laser como dice la gente, insistió el cirujano. En un par de días se irá usted. Eso fue lo único que se cumplió. No sabía cómo decir a su padre lo que había visto nítidamente en el café derramado. Si ves con toda claridad como en una pantalla digital, pero en tonos de marrón, el trayecto al cementerio y el cierre de la lápida no sabes qué hacer. Es una locura. Intentó poner excusas, que pensase que la operación quizás no era tan necesaria, que la vesícula ya no le dolía, que faltaba poco para las vacaciones. Su padre había tomado la determinación y confiaba en su  médico. No pudo insistir porque tampoco estaba seguro de qué significado tenía aquella visión. Ahora lo lamentaba. Cuando vio salir a su padre aprisa del quirófano con la cara demudada del anestesista a su lado, sedado con un tubo colgando de la comisura derecha del labio, camino de la UCI y después que la operación se había alargado más de cuatro horas supo que algo terrible pasaba. Por la noche murió.

Cuando regresaron del cementerio seguía la llovizna y algunas ráfagas de viento. Su hermana le acompañaba en el coche. “Necesito tomar algo, estoy mareada” Se detuvieron en un bar de la carretera “¿Qué van a toma” “Un café con leche y una ensaimada “ “ Un cortado” El camarero les ofreció las consumiciones por encima del expositor de las tapas. Tomó primero el cruasán y el café con leche. Cuando cogió su cortado parte del contenido se derramó. Lo dejó en la barra . Se puso serio. “¿TE acuerdas de papá?” “Eh. Bueno. Sí” “Tómate eso que te hace falta” Cogió una servilleta para evitar las salpicaduras. Al levantar el café vio una imagen nítida como en una pantalla de plasma.

Salieron. Entró en el coche. Había conducido un kilómetro cuando un camión resbaló con las gotas escasas de lluvia, se había cruzado en la carretera había volcado y de ese modo se deslizaba hacia ellos. Dio un volantazo y el coche salió de la carretera dando vueltas de campana.

“¿Estás bien hermana?” “ Sí “ . Ya había visto esto.

No volvió a tomar café.

martes, 17 de abril de 2012

ANEMIA (10) EL INTRUSO


Hasta la cripta de Vlad llegaba un fuerte olor a orina. Cuando el sol llegaba al ocaso, tras varias horas de ayuno, su olfato se agudizaba. Despertar con olor a orines fermentados, cuando tienes un olfato cien veces más sensible que el de una embarazada, no es un despertar agradable. Vlad salió de la caja. Acomodó la arena del fondo. Cerca del amanecer, cuando regrese no le gustará encontrar el fondo con grumos. La puerta blindada de lo que fue una caja de seguridad chirría al abrirse. Golpea la pared y el eco se transmite a todo el local que permanece diáfano aunque con más polvo y telarañas que cuando comenzó a habitarlo. Al acercarse a la puerta de entrada el olor aumenta. Siente algo parecido a una náusea. No obstante se acerca. El olor procede de un pequeño charco de líquido que se ha filtrado desde el exterior. Fuera hay murmullos. Nadie se mueve. Ronquidos. Abre las puertas de cristal. Levanta la persiana. En un rincón del vestíbulo que da a la calle, resguardado de la lluvia, hay un bulto.  Detrás el asfalto brilla con la luz pálida de una farola que parpadea. No es media noche pero no hay nadie: es Murcia y llueve. Bajo unos cartones una manta. Debajo de los ronquidos siente un frémito. Un humano bulle. Un cartón de vino ha derramado sus últimas gotas en la acera. El charco de orina se desliza desde muy cerca de donde debe estar la cabeza del vagabundo. Alguien ha profanado su morada.

Hiede. Le da asco rozarlo. Acerca su pie de vampiro de dedos muy largos peludos. Atrapa una bola de pelo llena de piojos y le presiona los ojos. Lo arrastra y aprieta su rostro contra el charco de orina. Cuando más aprieta más deseo tiene de aplastarlo con los dedos o contra el suelo. Desea probar su fuerza con ese alfeñique.

“Me aplastas. Déjame hijo de la gran puta” Con las manos torpes trata de golpear el pie.

Vlad lo suelta. Lo ve. Su maldad le hace dejarlo vivir. No va a beber su sangre. Su cuello está lleno de eccemas y costras resecas. Los piojos se deslizan entre los rizos. Se sienta. Vlad se pone en cuclillas en forma humana. Frente a frente. Dos humanos caídos, de la vida y de la muerte. La vida es sucia y desaliñada. La muerte luce un traje negro y una aspecto saludable. La vida se alimenta sólo de alcohol y Vlad sólo de sangre.

“Habría jurado que  me aplastabas con una garra. Alucinaciones” “Te he cogido con una garra” “Estás más loco que yo” sonrió y mostró las raíces careadas de su dentadura. Vlad exageró su sonrisa para mostrar sus colmillos “ Ahora veo unos colmillos” “ Soy un vampiro” “Estoy soñando. Voy a dormir” Cogió el cartón del vino derramado y escurrió sus últimas gotas en su boca. Hizo ademán de acostarse. Miró atrás y solo vio humo. Se acostó. Volvió a mirar y del humo surgió un murciélago de más de dos metros con alas membranosas desplegadas.” Estoy soñando” Vlad le cogió el rostro con las garras de las alas. Las uñas se clavaron “Déjame”.

Cogió su manta. Se agachó miró el vino derramado y lamió el suelo. Cogió una bolsa y se fue renqueando debajo de la lluvia. Repasó los restos de un botellón. Después buscó un rincón y pasó la noche.

Vlad esperó mujeres en las paradas de taxi para saciar su sed. Cuando se sació voló un rato bajo la lluvia y regresó a su cripta

lunes, 16 de abril de 2012

EL OBSEQUIO


“Qué bolígrafo más chulo lleva usted” . Fue una de esas cosas que se dicen a los pacientes para crear un ambiente de suficiente confianza que permita una comunicación fluida.

Era un hombre de mediana edad, pero su aspecto taciturno, su pelo claro y desarreglado, su mirada perdida y caótica sin detenerse en ningún lugar, y menos en los ojos de quien le hablaba, le hacían parecer diez años mayor. Se frotaba continuamente las manos, y después de frotarlas, se las secaba en las perneras de los vaqueros . Habría preferido que no me ofreciese la mano cuando entró a la consulta. Después de estrechármela fue él quien volvió a refregarla delante y detrás en el pantalón. Dos lamparones de sudor orlaban sus axilas. Su pelo estaba graso y su frente brillaba. Sus ojos claros carecían de brillo. El bolígrafo, sin embargo resaltaba en su camisa arrugada. Parecía de madera oscura, pesada por el pliegue que dibujaba en el borde del bolsillo, probablemente caoba, con un aro dorado, que se continuaba con la pinza que lo sujetaba al bolsillo, el metal estaba tallado con una fina filigrana.

“No es un bolígrafo. Es una pluma”. “Es lo mismo. Es igual de bonito” “¿Quiere verlo?” Me daba igual pero no me podía negar. Era pesado, caoba o ébano, y muy antiguo. Ni un sólo rincón sin tallar. La destapé y la punta refulgía, el contraste del dorado con el negro aumentaba la sensación de nobleza. Era una joya heredada, sin duda. Era muy hermoso.

“¿Lo quiere?” En ese momento me habría considerado el hombre más feliz del mundo poseyendo un objeto tan noble como aquél, pero no era honesto aceptar un regalo de ese modo, sería casi un chantaje, pero era tan bonito, no podía dejar de mirarlo. “No . Es suyo”. “Tómelo. Se lo regalo”. “Si lo sé no le pregunto. Me está usted incomodando” Deseaba coger con  mis manos aquel objeto precioso. “Tómelo. Yo no lo quiero. Es suyo. No me haga enfadar” “¿De veras?” “Ya no es mío” “Pero si cambia de opinión se lo devolveré” No creo que se lo fuese a devolver “No cambiaré de opinión” Tomé el bolígrafo y lo coloqué en el bolsillo del pecho de la bata.

El hombre se levantó. “Puedo lavarme” “Ahí tiene un lavabo” Se lavó la cara y las manos. Se mojó el pelo, sacó un peine del bolsillo y se arregló el cabello. Se estiró la camisa. Ordenó los faldones. Ajustó el cinturón. Limpió los zapatos con una toalla de papel.  Se dirigió a la salida.”Oiga. Que no me ha dicho nada de lo que le ocurre” “No importa estoy mucho mejor” Me miró directo a los ojos. Sus palabras no vacilaban en su boca. Abrió la puerta y se marchó.

Le quité la capucha y la vi. Era una pieza bellísima. La apoyé sobre el papel y escribí: Eres un tonto. No recordaba qué era lo que había querido poner pero juraría que no era eso. Lo intenté con algo bonito: Eres el mayor de los tontos y tu madre una zorra asquerosa. Estaba seguro que no era eso lo que quería escribir. Qué tontería, qué estaba pensando. Encapuché y llamé al siguiente paciente. Se retrasó. “Hostias. ¡Qué pasa hoy están ustedes tontos!” “Lo siento no le había oído” “No pasa nada” Refunfuñé. No miré al nuevo paciente a la cara, miraba a todos lados. Las manos me sudaban. Me las secaba compulsivamente en la bata. Cuando terminé la consulta me miré al espejo. El pelo estaba grasiento y desordenado. Dos lamparones de sudor en el polo de manga larga. Mi mirada era lánguida y las ojeras se habían pronunciado. Sin embargo la pluma en el bolsillo brillaba. Me sentía pesado, cansado, irascible, triste. El mundo era una mierda muy pesada. Menos mal que tenía mi nueva pluma. Mi nueva pluma.

Subí a la planta. Un compañero me miró. Puso cara rara hasta que vio la pluma. “Antonio qué bolígrafo más bonito” Mi cerebro gris avivó un rescoldo. “Es una pluma. Tómala. Es tuya”.

domingo, 15 de abril de 2012

DIGNIDAD


Hace un par de años recibí una oferta del trabajo del Hospital San Jaime de Torrevieja. Acababa de regresar de Lorca para recaer en la Arrixaca. Después de una década me había quitado kilómetros. La oferta debía ser muy sustanciosa para ser de interés. No suelo decir a nada que no sin estudiarlo. Un miércoles me puse en carretera desde Alquerías. Hacía muchos años que no pasaba por esa carretera. El camino más recto recorre comarcales poco frecuentadas pero de un paisaje muy agradable, bosque mediterráneo y se bordea el pantano de la Pedrera. Sólo por eso el viaje merecía la pena.  No estaba muy  lejos de la costa cuando sentí algo raro en el coche. La marcha no era tan estable. Bajé la ventanilla para escuchar y percibí el flop flop de la cubierta delantera derecha reventada. No pude evitar considerarlo como un mal presagio.

Unos metros más allá detuve el coche en un arcén que me pareció suficientemente ancho. Bajé. Estudié la situación. Un problema. Una de las opciones del Audi que adquirí un año antes era la de cierre de seguridad de las ruedas. Implicaba que en algún lugar había una llave especial que permitía retirar las ruedas. Abrí el capó. Puse el gato y levanté un poco el coche antes de quitar la rueda. Volví al capó. Busqué la llave de seguridad y no la encontré. Maldije todo lo maldecible.

Me apoyé en el coche. Me fastidiaba llamar a la asistencia en ruta por un pinchazo. “Hola” alcé la mirada. “Hola” Respondí. Era una de las chicas que esperaban clientes en los arcenes de la carretera. Era una chica muy esbelta. Rubia, de botellazo seguramente, pero de ojos azules profundos . Vestía una minifalda muy corta y un top que dejaba ver sus brazos y un pecho más bien generoso que no parecía postizo. Su acento o era fingido o era una mujer del este.”¿No sabes cambiar la rueda?” Sonrió con algo de sorna. La llegada de una extraña con el coche abierto me puso a la defensiva, pero no tenía posibilidad de reaccionar ante cualquier imprevisto “ No puedo quitar la rueda porque no encuentro la llave de seguridad” “ ¿Has mirado en el maletero?” “ sí” Caminó hacia el maletero. El contoneo y sus tacones levantaban más de la cuenta las tablillas de una falda demasiado corta. Su ropa interior era roja. “Toma” Se acercó y con un pequeño giro liberó la rueda . “Gracias” Balbucí “¿Quieres algo más? Puedo ofrecerte lo que quieras” “Lo siento. Tengo una cita” “Conmigo no la vas a necesitar” “Una cita de trabajo” “Yo trabajo aquí y muy bien” “Soy médico” “ Si quieres yo puedo ser tu enfermera” Yo  estaba rojo rojo y quizás algo asustado. “Te agradezco tu ayuda. Eres muy bonita, pero no necesito nada. Te pagaré gustoso porque me has hecho un gran favor” “ Tengo dignidad. Si no trabajo no cobro” “ No quería ofenderte” “Adiós” “De veras que lo siento” Ajusté la rueda. Puse la otra en el maletero y cerré.  Ella ya estaba en su puesto sonriendo a otros conductores.

En San Jaime el gerente estaba ocupado. Fui a la cafetería y tomé un café y un botellín de agua. “Tres euros” Eché mano a la cartera y la billetera estaba vacía. Antes de salir había sacado dinero del cajero. Pagué con dinero suelto. Dejé a deber diez céntimos. Acudí a la entrevista. Como sospechaba no me interesó.

De regreso pasé por la misma glorieta. La vi. Me vio . Sonrió y me saludó. La saludé. Sonreí y seguí mi camino.