martes, 7 de agosto de 2012

TUBO


Dos días de viento de levante de más de treinta nudos. Fin de agosto. Anticiclón en el centro de Europa. Una baja presión asociada a una gota fría en el Norte de África. El sábado calma. Se prevé mar de fondo de levante en la zona marítima de Cabo de Palos. Está de fiesta. Es la situación perfecta para conseguir olas grandes y mantenidas que permitan surfear en el Mediterráneo casi como en el Caribe. Un surfista americano cerca ya de los cincuenta acuna en su mente el recuerdo de un tubo en esas costas hace veinticinco años. Los tubos son olas perfectas. El surfista se introduce en ele orificio surca su interior longitudinalmente en el  hueco de aire que deja entres sus garras. Es la sensación de escabullirse entre los dedos de un gigante.

Domingo el tiempo ha cambiado. En cuanto amanezca una vaguada sobre la península impulsará vientos del suroeste que destrozarán las olas. Hay que salir de noche para coger alguna ola. “De noche no se debe surfear. Las olas descansan” “Mike mi ola vendrá esta noche”.

Olas enormes y limpias en el kilómetro 4 de La Manga. Casi tubos perfectos. La luna en cuarto menguante da poca luz. El agua está fría. Se pone el invento  en el tobillo y nada aguas adentro. El resplandor de las luces de los edificios de la costa le dificulta adaptarse a un mar sin luz. No necesita ver. Son horas de navegación cabalgando las crestas espumosas.

Un ruido. Una colina de diez metros se eleva a cien metros aguas adentro. Palmea rápido. La ola se acerca. Su cresta espumea. Se sube a la tabla. Coge la ola surfea. Sonríe. Recorre trasversalmente la línea de avanza de la ola. Otro ruido. Una cascada. Es un tubo. Perfecto como los que filman surfistas aventureros o adinerados en Oceanía o en Nueva Zelanda. En Murcia. En la Manga. Si no tuviese que estar concentrado en cada fibrilla de cada uno de sus músculos gritaría, aunque su grito quedase parado en el rugido de toneladas de agua. Éxtasis.

Piensa en la cara de Mike cuando se lo cuente. El placer que está sintiendo. Mira el reloj. Diez minutos. Quince veinte minutos media hora y la ola no se frena. No cuadra. A la velocidad de avance debería estar ya en la arena de La Manga. Avanza y avanza por el tubo y no tiene aspecto de detenerse. Suponiendo que hubiese avanzado hacia el sur, estaría llegando a Mazarrón, a 30 kilómetros. No es posible. Las olas no son eternas. Es su encanto. Las coges y desaparecen. Nunca podrás volver a surfear la misma ola. Le duele la espalda. Tiene calambres en las piernas. Y no te puedes apear de una ola enorme sin riesgo de tu vida. Si caes te retuerce y te arrastra con ella hasta su  muerte en las rocas y quizás la tuya. ¿Por qué no seguir? Hasta que las fuerzas le aguanten. Esta ola es un imposible. Es un milagro. Si la sigue tal vez le conduzca a un océano de olas perfectas. Pero está ya al límite. Si la sigue la ola lo va a matar. Una buena muerte para un surfista. El reloj. La brújula gira alocada. Su vida no son  solo olas. No es el momento. Mira la ola que no se inmuta. Le pide disculpas por lo que va a hacer. Le ha permitido ver una milagro y se va a bajar antes que la hora acabe. Se aprieta el neopreno del invento. Se abraza a la tabla y deja que la ola le retuerza. A punto de quebrarse la tabla y él. Desaparece la marejada. Sale el sol. En el cielo nubes altas y la mar rizada con olas minúsculas desde el mar. Leveche. Está en el sitio exacto donde cogió la ola. Le duele todo. Mike le hace señas desde la orilla. A Mike puede contárselo.

lunes, 6 de agosto de 2012

EL REPOSO DEL GUERRERO


La semana ha sido dura. Terminó. Viernes por la noche. Verano. Junto al mar. Subes  a casa. Tu hija está sentada en la mecedora de Ikea. A esa hora no suele estar ahí. Ojeras. Diez años. Labios fruncidos. Irascible. Un comentario. Se encierra en la habitación. Llora. Las hormonas,  piensas. Su madre entra. Confidencias de mujeres. Sus amigas suplentes de verano le dan de lado. Con la puerta entreabierta ves a tu hija llorar entre las dos camas. Con diez años no puede comprender que quien te quiere te hace cosas buenas y quien no malas. Tampoco comprendería si le dijeses lo mucho que se puede sufrir por amor correspondido o no.

24 horas. No son las hormonas. Mientras paseas un toque a su móvil con número oculto. Llama. Una voz conocida no conoce a nadie con el nombre de tu hija y cuelga. Dos toques más. No llames. Le dices. Es mejor perder a quien no te quiere. Cuando no la veas llamará. Sus amigas vienen de frente. No miran. No la saludan. Quieren que tu hija se sienta nada. Con quince años eras ya consciente de cuando algo dolía a alguien. Le dices que se olvide. Llora y se comería las uñas si le quedasen. De vuelta de nuevo las amigas. Su tía no puede aguantar. Les insiste que qué pasa. Son muy amables. Claro. Son muy buenas amigas. No puedo verlo. Me voy. No me gusta ser intervencionista en las vidas de mis hijos. La libertad es sagrada aunque duela.

7 días de normalidad. Vienen otras niñas. Sentado. En unos minutos la cena. Vienen las amigas y una madre. Tu hija recibe continuas llamadas de un número oculto. La insultan. Retaco. Y groserías hasta para un adulto. Una madre de las niñas ha puesto el teléfono en altavoz, una niña crecida se ha identificado. Ha insultado y ha colgado. No es fácil ser padre. No es fácil vivir. Requisas el teléfono de tu hija cuando aparece una nueva llamada con número oculto. Aceptas. Callas y escuchas. Preguntan si hay alguien. Le dices que la Guardia Civil ha localizado el teléfono y cuelgan. Están en la playa. Te devanas entre no intervenir y joderles la fiesta que celebran con quince años en la arena. Te acercas. Tres niñas entorno a un móvil. No quiero más llamadas les dices sin señalar a nadie. La guardia civil tiene el número y te das la vuelta. Las tres niñas se levantan en pos tuyo. Su premura las delata. Una de ellas con aspecto de Lolita te tutea y te dice que tenéis que hablar. No hay nada de que hablar. Uno debe ser responsable de sus hechos. Le insistes que tú no has señalado a nadie. Te repliegas. De lejos el amigo te insulta. Te das la vuelta. No se atrevería a decírtelo a la cara. De nuevo  te das la vuelta. Tiene quince años es menor y tú no aunque te suba un palmo. Grita como un poseso y te tira piedras. Sus hormonas claman. Estás nervioso, pero satisfecho porque les has jodido una fiesta báquica. No estabas dispuesto a que el cordero lechal en sacrificio fuese tu hija.

Por la mañana niegan. No han sido ellas. A pesar de que se identificaron, a pesar de que se dieron por aludidas, a pesar de que estuvieron tratando a tu hija como una no persona. Se empieza por convertir en cosas a quien detestas y después su vida no te importa. Ya lo hicieron los nazis. Hay nazis con quince años y con veinte y con treinta y con cincuenta, con ciento veinte hay pocos.

Si la llamaran pasado mañana, seguramente tu hija iría con ellas.

Así es el reposo del guerrero, siempre velando las armas. De día y de noche. En verano y en invierno. En periodo laboral y de vacaciones.

domingo, 5 de agosto de 2012

MOLUSCOS


“Polígono industrial oeste. Lonja del pescado. Puerta treinta y seis. Es aquí. Treinta dos. Treinta y tres. Treinta y cuatro. Treinta y cinco. Treinta y seis. Menos mal que el muelle está vacío. Vengo molido. Las cuatro de la madrugada. Cinco horas desde Águilas. Hay poca gente por aquí. Es martes. No veo al asentador”

El enorme portón de hierro con el mismo logotipo que luce en el cajón del camión frigorífico está cerrado. Troquelada a la izquierda hay una puerta y un timbre. Llama. Nadie se da prisa en contestar. Espera. Aunque es verano a las afueras de Madrid ya hace fresco. Descargar y volver. Si le abren. Vuelve a llamar. En el interior se escuchan ruidos. Quien viene renquea. Farfulla.

“¿Qué prisas son estas?” “Estoy cansado quiero dejar mi carga y marcharme. Me quedan muchos kilómetros para llegar a mi casa” “ ¿Su carga de qué?” “Marisco fresco como siempre” “Me parece muy bien, pero me ha despertado” “Lo siento pero en la lonja siempre se ha trabajado a estas horas ¿Qué quisiera yo? Si pudiera levantarme a las ocho de la mañana y a las tres dejar mi trabajo hecho y después dormir la siesta sería el hombre más feliz del mundo” “Ese es su problema pero le he dicho que a mí me ha despertado” “Bueno. ¿Pero donde descargo?” “Descargar qué” “Quinientos kilos de gambas, almejas, lubinas y doradas que llevo en el camión. Su pedido” “Yo no he pedido nada” “Su empresa” “¿Qué empresa?” “Pescados Madrid. Me está usted cansando. No estoy a estas horas para bromas. Quiero descargar e irme como hago tres veces cada semana en éste mismo lugar” “Aquí no va a descargar nada” “Me está usted poniendo muy nervioso. Voy a llamar a mi jefe y se va a cabrear porque es muy temprano” “Yo ya estoy cabreado”

Jefe perdone que le llame. La dirección de entrega era la de siempre””…” Lo siento. Lo sé pero hay un señor que no me permite descargar” “…” “Llama usted. Venga pues ya le confirmo”

Suena el teléfono del señor. “¡Estoy esperando su entrega!.¡ Ya se están retrasando!¿Donde están los quinientos kilos de pescado que me prometió” “…”

El hombre regresa. No parece enfadado. El error se ha subsanado. Resopla. Piensa en que después va a almorzar un bocadillo de jamón y queso en una venta de carretera. Si el hombre no le atrasa más podrá después dormir una hora en la caja del camión y aun llegará a tiempo de comer en casa. Y después dormir una siesta larga. A las once le espera una nueva carga esta vez para Bilbao. El hombre se sienta junto a la puerta y enciende un cigarro.

“¿Está aclarado el malentendido? El pescado de hoy es excepcional” “¿Qué?” “¿Me abre la puerta que descargue?” “¿Qué quieres?” “El pescado ¿lo puedo pasar ya? Usted acaba de hablar por teléfono con mi jefe. Le ha dicho que esperaba un cargamento de pescado. Yo le he oído. Aquí está, un pescado fantástico” “Yo no he hablado con nadie” “Por favor. Otra vez no”

Jefe soy yo de nuevo. Perdone que le llame” “¿Quién eres tú?””Manolo su empleado que he venido a entregar una carga de marisco a Madrid” “¿Marisco a Madrid?” “. Jefe. Jefe. No cuelgue”

sábado, 4 de agosto de 2012

UN ADIOS PARA SIEMPRE

“Quince minutos. Me has dejado quince minutos para prepararme para pasar dos días bajo tierra junto a ti. ¡Qué ocurrencia!. Cabronazo. Tiene gracia. Eso fue lo que me atrajo de ti, tu sentido de humor, ese sarcasmo que te ha acompañado hasta después del final. Todos pensaron, incluso tus hijos y el notario, que se trataba de una venganza. Se sonrieron. No te conocían como te conocía yo. No me conocen como me conocías tú. ¿Cuánto tiempo llevarías incubando la idea?. Años seguro. Habrás disfrutado en ese tiempo. Aun cuando la enfermedad te mortificaba, la evocación de tu ocurrencia secreta te despertaría una sonrisa, te haría guiñar tus ojos pequeños. Despertaría el brillo húmedo cargado de la libido espesa de tus ochenta años. Música. Películas. Mi iPad será suficiente Una de sus sondas para la orina y bolsas. Agua y fruta seca, la sal da sed y ganas de orinar. Además en tan poco espacio se gastan pocas energías. Te voy a echar mucho de menos. No creo que vuelva a encontrar alguien como tú. Alguien sí, pero a años luz. Me va a gustar este tiempo. Tú y yo solos. Tan juntos. Nadie más. Y después adiós. Para siempre. Un bikini. Abajo hace calor. Y mi almohada. Perfume. Nunca olías u olías a perfume, pero ahora sí vas a oler. Eso va a ser lo más desagradable. Espero que no llegue a tener ganas de vomitar, el vómitos sí sería asqueroso. No voy a renunciar a nada. Es mío porque tú has querido que lo sea. Una prueba qué más da. Yo lo hago a gusto. Ellos no lo harían. Harían trampa, sobornarían al albacea o a los testigos. Yo lo voy a hacer de buen grado. Contigo amor mío. Cuando me declaraste tu amor ya sabía que me ibas a dejar. Ley de vida. Los jóvenes viven más. Los viejos mueren antes. Pero tenía la sensación de que te alcanzaría. Pero no ha sido así. Habría sido hermoso, pero no habría sido práctico. Mi vida ya se acelera, pero me queda vida, mucha vida, sin ti, pero la viviré lo mejor que pueda. Tú me lo decías. Tenías razón. Me has hecho feliz. Ahora yo cumpliré tu voluntad. ¿Lo llevo todo? Tres minutos para el tiempo que me diste”


“Señora tenemos que bajarlo ya”

“Mírala qué fulana en biquini” “Y todo por dinero” “Esto no se puede ver” “Pero tienes que esperar aquí para recibir lo que te pertenece. Esa zorra no se puede salir con la suya”

“Ya estoy aquí. Puede levantar la tapa. Es más grande de lo normal así estaré más cómoda” “Son dos plazas confortables señora. ¿Está cómoda?” “Sí esto es muy confortable” “Agárrese al asa del lateral. Ahora tengo que cerrar la tapa. Después la bajaré. La dejaré en el segundo piso de la fosa `para que en lo posible esté más fresca. Tengo que tapiar el nicho, cuando hay un cadáver tengo que hacerlo así. Pero dejaré algunos respiraderos. Tendrá suficiente aire” “Gracias puede proceder. Estoy muy bien acompañada. Hasta dentro de dos días”

El ataúd de doble ancho se baja golpeando las paredes de ladrillo. El sepulturero baja al fondo de la tumba. Introduce la caja en el hueco y con ladrillo y cal la tapa cuidando de dejar dos aliviaderos. Corren la lápida y tapan la fosa. Debajo silencio y humedad.

La mujer mira la oscuridad a su alrededor. El cadáver de su marido junto a ella helado, con su rostro mal reconstruido por el funerario. Le abraza. Está cansada. Echa de menos el calor de la vida que a él le falta, pero cierra los ojos y sueña. Dentro de dos días. Volverá a ver la luz. Tomará una ducha. Cogerá sus escritos. Acudirá al notario a hacerse cargo de la herencia que con una sola condición él quiso dejarle .Ese sí será un adiós para siempre.

viernes, 3 de agosto de 2012

BAJO EL SUELO


“¿Seguro que no escapará?” “Los cimientos de esta fortaleza arrancan cinco metros bajo tierra anclados sobre roca” “Es mi hijo. No le deseo ningún mal pero no puedo ya controlar la situación. Era un niño normal” “Les pasa a todos” “Hasta que con diez meses le llevamos a la playa era como todos” “Así son los padre de los pacientes” “Un día su abuela no le encontraba. Le había dejado jugando en la arena. SE volvió a hablar con una mujer de la sombrilla de al lado y el niño no estaba. Pensaron que le habían robado o que se había ahogado. Cuando se lamentaba por su descuido, de un montón de arena emergió su cabeza, sonriendo con sus incisivos, sonriendo. Tenía unos ojos azules enormes. ¿Qué hemos hecho mal? Algún tóxico, alguna fuente de radiación. Llevábamos una vida muy sana durante el embarazo, nuestros trabajos no son de riesgo” “No se culpe. Los epidemiólogos no han logrado establecer ninguna relación con desórdenes ambientales” “Mis otros hijos son normales. El pequeño también es normal. Y mira que pasamos miedo cuando por descuido su madre quedó embarazada. Le atábamos cuando a los cuatro años perdió un ojo con una astilla. No dijo nada. Varios días después el pus fluía entre sus párpados. Siempre arañado. Siempre sucio. Siempre bajo tierra. Con los años la piel iba perdiendo el color, La piel del rostro era áspera como la de un armadillo. Los dedos se habían acortado y ensanchado, las uñas eran cilíndricas y cuando le dejábamos atado varios días crecían y se retorcían igual que sus incisivos. Teníamos que soltarle. Corría al jardín y cavaba durante horas. Y se perdía. Primero hacía madrigueras, después túneles. Cada vez más rápido. No le agobiaba la estrechez del suelo ni la oscuridad. Feliz. Y a la luz agobiado. Nervioso. Corría a la sombra. Ya entonces, si permanecía al sol experimentaba terribles quemaduras, y a pesar de ellas a pesar de las heridas seguí rozándose contra la tierra. Dejó el colegio. NO tenía amigos. Un niño ciego con las manos mutiladas inútil para nada que no fuese cavar túneles incapaz de salir a la luz del sol. Su madre no aguantó. Se fue el día que le vio comer lombrices. No nos explicábamos como sobrevivía. Hacía semanas que no probaba nada de la comida que le ofrecíamos. Lombrices y gusanos y raíces tiernas y tubérculos. Feliz con media lombriz serpenteando por la comisura” “En eso tenemos que dejarlos. No hemos conseguido que prueben la comida normal” “sí por favor no quiero que muera. Es mi hijo. Él no tiene la culpa de esta terrible enfermedad. Y ¿Han concluido algo en las investigaciones de su tratamiento?” “Pensamos que es un trastorno del metabolismo de los lípidos. Como el Lech Nyham que produce extraños fenómenos de conducta que le lleva a amputarse sus miembros pero no hay nada concluyente. Todas las pruebas dicen que son humanos adolescentes. Todos en el entorno de diecisiete años. Ninguna consanguinidad. Confíe en nosotros” “Cuídenlo”

“El mundo terminó. El de la superficie. El cometa que chocó con la tierra arrasó el planeta hasta quince metros por debajo de la superficie. A veinticinco metros estuvimos seguros. Temblor. Algo de calor, pero suficiente agua y alimento para aguantar. Recatamos a nuestros muertos, padres, madres y hermanos aéreos, dejamos sus cuerpos tendidos al aire para no contaminar nuestros suelos. En unos meses vendrá la siguiente generación de hombres subterráneos. Nuestras mujeres no llevan ya a sus niños. Dejan sus huevos en las galerías selladas. Los machos soltamos fluidos para fecundarlos y en un mes tenemos crías que repoblarán el mundo subterráneo. Quizás en mucho tiempo volvamos a retomar la superficie. El sol, el aire, el viento y la lluvia se me antojan un medio hostil. No puedo hacerme a la idea de tener hijos videntes algún día espero que lejano”

jueves, 2 de agosto de 2012

OM MANI PADME UM


Hay lugares cargados de misticismos. Lugares de culto desde que hay hombres. Sitios en que los Cromagnones contaban historias o fantaseaban mirando las estrellas o la puesta de sol. Hombres modernos hace miles de años levantaron dólmenes con la misma finalidad y después templos y más tarde aún basílicas. Suelo sobre suelo, pero siempre con la misma finalidad de adorar al ser todopoderoso, en el cielo o en la tierra.

En Murcia si hay un sitio digno de tal sincretismo, un sitio de culto, un lugar donde nuestros ancestros más antiguos se reunían, ese sitio es la Plaza de las Flores. Probablemente a ningún lugar de la ciudad van tantos murcianos a la hora del aperitivo o al atardecer en un culto báquico enormemente fiel. Nadie recuerda desde cuándo. Nadie. Allí se rinde culto a los astros, sobre todo a uno, LA ESTRELLA DE LEVANTE, El líquido sagrado que como un maná fluye de los serpentines o las botellas a las copas.

Buda decidió hace una semana reencarnarse. Hasta para un hombre dios es complicado buscar el lugar místico donde volver a la vida. Julio. Murcia. La Plaza de las Flores. Hora, la de culto local, la una del medio día, la hora del aperitivo.

A nadie sorprendió un muchacho menudo de rasgos orientales con el pelo rasurado que caminaba descalzo con unos pantalones por el tobillo y una blusa naranja entre las mesas de la terraza. Cuando con el gesto les pedía paso, muchos le decían que no agitando el dedo, pensando que les vendía algo. Otras cerraban y se ponían el bolso en el regazo, que el iphone es muy goloso. El muchacho llegó a la fuente. Cerró los ojos. Extendió las manos en el gesto universal de la ofrenda. Levantó y entrelazó los pies sin esfuerzo mientras el tronco se mantenía en su sitio. Y en esa pose se alzó dos metros sobre el suelo. Tardaron, pero al final el milagro llamó la atención de los murcianos. Había gente fina. Gente viajada. Muchos recordaban un truco similar en decenas de estatuas humanas en los aledaños de la Plaza Mayor de Madrid. Una viga de hierro ejercía de soporte a la fingida levitación. Alguno adujo que no veía ningún soporte. Un efecto óptico. La explicación cundió. Buda dejó de llamar la atención de la concurrida plaza.

Pasó la tarde. Pasó la noche. En la pileta de la fuente había ya un número considerable de monedas. Llegó la noche y una chica le ofreció agua. Miró y sonrió. No la necesitaba. De madrugada se acercaron unos municipales que le instaron a deponer su actitud. Les miró y sonrió. Sacaron el cuadernillo. Rellenaron tres conceptos infringidos que podían aplicar al caso y el guardia más alto, subido al borde de la fuente, le dejó la multa en el regazo. Miró y le sonrió. El guardia Le dijo al otro que si los chinos no pagan impuestos, menos iban a pagar multas.

Por la mañana, un funcionario de hacienda que venía de San Andrés contó las monedas. Había sueldos que no llegaban a eso y más con la crisis que corría. Instó al Ayuntamiento intervenido a que estableciese una regularización de las estatuas humanas como hacían en Madrid o Barcelona y que pagasen así sus tasas. A media mañana le trajeron el listado de documentos que tenía que llevar al Ayuntamiento, a Sanidad, A Hacienda , al Inem, a la Delegación de Gobierno, a Extranjería. Se lo dejaron en el regazo y Él sonrió y volvió a cerrar los ojos.

Y allí sigue a dos metros sobre el suelo. Buda es paciente. Con el tiempo en la Plaza de las Flores se erigirá el templo budista de la Estrella de Levante. No lo dudéis. Om mani padme um.

miércoles, 1 de agosto de 2012

GUSANOS


En el país de los gusanos hubo una sequía como nadie había conocido. La tierra reseca impedía a las lombrices horadar el suelo. Las ramas secas de los árboles no dejaban brotes a las orugas para terminar de crecer y hacer sus capullos. Los campos sin hierba los dejaban al descubierto frente a ataques de cárabos e insectos mayores que también andaban escasos de alimento.

Los gusanos viven poco. No tienen sentimiento alguno de familia ni tradición que le ayude en los momentos de dificultad. No conocen liderazgos. No tienen un sexo definido y algunos se reproducen por simple partición en dos trozos. La escasez les hizo sentirse unos a otros y ver congéneres que sufrían del mismo mal. Sin humedad no habría una siguiente generación. Emprendieron un camino. Se arrastraban en superficie por la noche si no hacía viento, en un avance lento con la misma falta de dudas que les había hecho emprender un camino. Las primeras noches la  mortandad fue terrible. Las primeras filas fueron diezmadas por búhos y mochuelos hambrientos que no podían creer tamaña abundancia. Se lanzaban y cogían con el pico, con las garras y regresaban a sus nidos, alimentaban a sus polluelos y volvían una y otra vez. Aquellas muertes eran inevitables. En lo sucesivo, los primeros en emerger de debajo de las piedras fueron los más débiles, los heridos y extenuados, que sabían que si no eran devorados, la más leve brizna de aire terminaría por desecarlos. Cuando el festín de las aves había terminado, y los buches ahítos reposaban en sus nidos, el resto partía en pequeños grupos y avanzaba antes que saliese el sol. En pocas noches era difícil elegir el pelotón destinado al sacrificio, tal era la debilidad del grupo. Necesitaban comer, lento y sin pausa como siempre han comido los gusanos y beber algo más que escasas gotas de rocío.

Cuando las últimas fuerzas se agotaban un gusano joven comenzó a devorar vísceras putrefactas de cadáveres. La sequía había  afectado a enormes mamíferos, las larvas se daban un festín. El resto de gusanos lo siguieron. Algunos pudorosos fallecieron antes que probar la carne podrida. El resto se reconfortaron y siguieron con más vigor de cadáver en cadáver, cuyos costillares además les daba protección frente al sol y las rapaces. La logística del alimento estaba resuelta. Los epitelios aparecían turgentes, sus intestinos se transparentaban por la piel y la vida se renovaba en ellos. Pero había que avanzar. Con los gusanos bien alimentados, sin el sufrimiento del hambre, ya no había gusanos voluntarios para el  sacrificio de la mañana siguiente. O quedarse y volver a la inanición o la masacre cuando no quedasen más que los huesos sitiados por los depredadores, u ofrecer en sacrificio a un grupo. Se barajó el sorteo. No se aceptó por los gusanos más grandes y fornidos. El sorteo rompía la regla de juego que había regido hasta ese momento: el menos apto perecía, la ley natural. Se clasificaron los gusanos en más fuertes y más débiles, más inteligentes y más torpes, más hermosos y más feos, los pertenecientes a la casta que dio la idea de la diáspora y el resto. Los más débiles, los más torpes, los menos hermosos y lo no pertenecientes a la casta se entregaban al sacrifico. Poco después se unió a este grupo quien no respetase las reglas establecidas por la casta dominante, quien comiese antes que los superiores, quien comiese más que la ración asignada o de la porción que le correspondía, salvo que fuese hijo de la casta, al día siguiente se le condenaba al sacrificio.

Y llovió. Por fin llovió como no recordaban. Los gusanos pudieron volver cada uno a su vida estúpida de gusanos. Muchos gusanos que se encontraban cómodos con el estatus que la desgracia de todos les había traído lo lamentaron.