miércoles, 16 de mayo de 2012

EL ÁRBOL


palo santo


Había que podar los árboles del parque. Enero. Antes que comenzasen a brotar había que aligerar la carga de ramas. Los brotes verdes, más flexibles, disminuyen el riesgo de los viandantes. Eran árboles jóvenes chopos alineados. Cuando el jardinero se ponía delante, veía una fila perfecta. Se sentía como un general delante de su tropa. Miró una segunda fila y encontró una imperfección. El décimo árbol era más rugoso, crecía achaparrado y un poco lateralizado, las ramas tenían entronques más nudosos. Parecía un árbol de bosque. Desentonaba en un parterre.

Era un jardinero sobrevenido. En la construcción no había faena y en la agencia de colocación le propusieron el trabajo. Asistió a un curso con desgana. Ganaba menos de lo que había ganado los últimos años. Apenas llegaba a cubrir gastos. Sabía que no debía pensar en eso. Eran las siete de la mañana de invierno. Tenía una hilera de árboles que podar.

La jardinería es una labor creativa. Puede ser un arte. Podar una hilera de chopos de una urbanización es una cadena de montaje. Tenía la sensación de quitar las mismas ramas en cada uno. Llegó la hora del almuerzo. Estaba solo. Era una de tantas urbanizaciones abandonadas a medio hacer. Paró justo frente al árbol distinto.

Acostumbrado a los árboles idénticos, llegar a un árbol distinto lo dejó perplejo. Midió con pasos las distancias entre todos los anteriores. Quince pasos. Midió la distancia entre el anterior y el siguiente. Quince pasos. Aquel árbol o estaba ya allí cuando plantaron el resto o de algún modo había crecido después. Se acercó movió la tierra y comprobó que debajo había un tocón enorme del que surgía un brote buscando el sol . No sabía qué hacer. Imaginó cómo podar las ramas para que no se notara la diferencia, pero no se le ocurría el modo. Estaba perdiendo el tiempo. Aun le quedaba mucho trabajo. “Jefe hay un árbol distinto que ha brotado entre los otros” “Córtalo. Deben ser todos exactamente iguales. Ese era el encargo y así debes dejarlo” Le colgó.

Empezó a serrar una de las ramas más gruesas. “¡Ay!” Miró alrededor. No había nadie. Siguió “Me haces daño” Un páramo a su alrededor. Cogió el serrucho “No sigas por favor” “No puede ser, los árboles no hablan” “ Yo también estoy extrañado, pero por favor no me cortes. Me duele” “Esto no está ocurriendo” Esta vez cogió el hacha y atacó el tronco. “¡Me estás matando!”. Dio la vuelta al árbol. Quizás era una broma. Algún compañero podía haber dejado algún artilugio electrónico para burlarse. “No busques. Sólo me escuchas en tu cabeza pero no estás loco”.

Se sentó. Mientras no le hería el árbol permanecía callado. Pero si siquiera lo rozaba gemía y se lamentaba. No dejar de escuchar porque la voz le sonaba adentro. No podría soportar escuchar su lamento hasta morir. Si no lo cortaba estaba en la calle literalmente, del trabajo y de su casa.

Llamó a su jefe para que no le recogiese. Adujo que iba a volver andando. A lo largo de toda la noche arrancó y replantó seis de los árboles jóvenes a cada lado de modo que aunque diferente el brote del viejo árbol parecía haber sido plantado. Le pidió por favor que se dejase cortar unas ramas. Le insistió que crecerían de nuevo. El árbol accedió. En su mente el jardinero sintió gemidos.

Siguió trabajando varios días en la urbanización. No volvió a escuchar voces de árboles.

martes, 15 de mayo de 2012

UN PAÑUELO


“Oiga . No se vengue de  mí. Mi hijo no tiene la culpa de nada” “Señora no sé de qué me habla. Yo hago mi trabajo siempre lo mejor que puedo”.

Me acordaba. Nunca olvido.

“Si le ofendí le pido perdón. Pero mi hijo no tiene la culpa”

Cuando regresas de un viaje transoceánico estás cansado. El viaje en sí. Has dormido poco e incómodo en el avión. Si has tomado algún hipnótico para inducir el sueño tienes resaca. Te sientes sucio después de tanta hora vestido. Si debes hacer un enlace, debes esperar a veces horas en el aeropuerto, y si por el contrario vas ajustado tienes que apresurarte, sudas con las prisas y se acrecienta la situación de suciedad. Es una sensación similar a la de un ejército de retirada. Pasada la euforia de la batalla, sólo notas la falta de fuerzas.

“Le he dicho que se tranquilice” “Se lo ruego” “Vaya a la sala de espera al fondo y cuando acabemos la informamos. Gracias”

Sabía que me acordaba. En cuanto llamamos al muchacho que era su hijo a la sala de endoscopias la reconocí. No iba uniformada, pero no olvido una cara, y menos aun una cara que me ha hecho pasar un mal rato. Su mirada triste e inquisitiva. El halo de tristeza como un velo sobre sus ojos. La miré. Me miró. Las miradas hablan cuando uno quiere hablar pero no le iba a dar el gusto de reconocerlo. Estaba en mi terreno
.
Abrieron la puerta de embarque de Iberia destino a San Javier. Arrastraba el troley de mi equipaje de mano. Mostré mi pasaporte y la tarjeta de embarque. Una señora morena recién pasados los cincuenta puso una pegatina en  mi maleta. “¿He de dejar la maleta aquí?” “¡No. Se la lleva usted!” “No lo sabía” “¡Eso faltaba que llevásemos nosotros las maletas!¡Qué se habrá creído!” Hablaba en voz alta para que se la escuchase. Bajé la rampa deseando desaparecer. Me hizo sentir ridículo. No paraba de hablar para avergonzarme delante del resto de pasajeros.  Pensé que si al hacer la compañía de bajo coste de Iberia la metían en el ERE lo tendría bien merecido. En ese momento podría reírme yo si me gustase reírme del mal ajeno.

Después de la exploración salí. Llamé a los familiares del muchacho. Sólo estaba ella.

“Todo ha salido bien” “Gracias doctor”

lunes, 14 de mayo de 2012

SEGUID LAS BALDOSAS AMARILLAS


(c) psp


Trabajaba mucho. Por la mañana en un hospital y por la tarde en una clínica privada. Una mujer independiente. Segura de sí misma, sensible y muy decidida. Sus amigas se casaban. Su círculo se deshacía como un azucarillo. Algunas también habían deshecho ya sus matrimonios. Pero ahora tocaba boda. Le gustaba comprar cuando no necesitaba nada. Pero cuando la necesidad , como era el caso, le empujaba, se volvía indecisa. Miraba tiendas. Se probaba trajes y a cada uno le sacaba un defecto, y cuando el traje era perfecto, imaginaba que era ella la que no daba la talla. Un incordio. Prefería viajar. Vámonos. Internet unos billetes. Muchas ganas de divertirse y unos días libres y hasta pronto. Pero tocaba boda. Una más.

Iba al cine. Se detuvo en un escaparate. Eran ésos. Sin duda eran ésos. Entró. Los tocó. Acarició la piel. Comprobó que le entraban. Volvíó a acariciarlos. “Me los llevo”. Feliz. Una cosa hecha. Sentada en el cine entreabrió la caja y los miró. Acarició el motivo, como una flor de la puntera. Rojos con un tacto de terciopelo.

El día de la boda. La puerta del juzgado de Ricote. A la entrada del ayuntamiento. Un desconocido tropezó con ella y le golpeó el pie.  “¡La media!”  “Lo siento” “No te preocupes” Lo mataría por torpe. La media estaba rota. Buscó un bar. Entró en un baño cochambroso y se cambió la media. Menos mal que eran medias. Al ponerse el zapato, el adorno, la hermosa flor roja se calló. Vio la caída a cámara lenta. Antes de caer sus ojos estaban húmedos de tristeza y de rabia, pero contuvo a tiempo las lágrimas para no deshacer el maquillaje. Eso nunca. El suelo estaba limpio. Tenía arreglo. Pensó en pegamento rápido, pero se arriesgaba a que los pétalos perdiesen su gracia. Mejor un zapatero. Sábado por la tarde. Difícil.

“Perdone camarero ¿ Hay alguna zapatería por aquí?” “Señorita siga el camino de baldosas amarillas y al fondo a la derecha hay una” A las cinco de la tarde en mayo no había nadie por las callejas. Caminó las baldosas amarillas que decoraban el centro del pavimento adoquinado. Al fondo a la derecha en una senda sin salida vio el rótulo a mano en la parte de atrás de una señal de coto: zapatero “El rápido”. No tenía buena pinta. Sus zapatos maravillosos en un rincón tan oscuro.

Un pequeño mostrador y un hombre detrás. Unas gafas de protección. Guantes y unas botas en la mano. “Buenas tardes señor” “Hola” La voz se deformaba con cuatro clavos que tenía en los labios. “¿Me puede arreglar unos zapatos?” “Estoy ocupado” “Podría mirarme por lo menos y sacarse eso de la boca” “Perdone” Se quitó las gafas. Tomó los clavos con los guantes. Se levantó. Era el Duque. Igualito que el actor. A ella le habría gustado correr y mostrarles a sus amigas su descubrimiento. “ Se ha soltado la flor del zapato” “Hasta mañana no lo tiene” Ella tardaba en responder mirándolo fijamente. “¿Le interesa o no?”. “ Es que voy a una boda” “Se casa usted” “No. Es la boda de una amiga” “ Y no tiene nada mejor que hacer en un día como tan caluroso como éste” “Dudó” “Tienes los zapatos hechos una pena. Seguro que llevas otros más cómodos para la fiesta. Yo bajo la persiana. Si me esperas cinco minutos nos vamos en mi moto a la playa” “No sé”. “Siéntate ahí. Quieres tomar algo. Son cinco minutos¿Una cocacola, una cerveza?” “Una cocacola”. Cerró la persiana. Ella era alta y él bastante más que ella. Se perdió en la trastienda. Escuchó el agua. No pudo evitar imaginar. Silencio. Cinco minutos. Y al otro lado de la persiana apareció en vaqueros camiseta y el zumbido de una Harley.

Varias horas más tarde ya de madrugada regresaron. En El Sordo aún se escuchaba la música de la fiesta. “Todavía te puedes tomar unas copas con tus amigos” “¿Me vas a dejar así?” La besó, pero un beso frugal. “Ah lo olvidaba” De la maleta lateral de la moto sacó sus zapatos rojos, con la flor perfectamente pegada. “Eres un cabronazo” “Hasta la vista” Arrancó el motor y se perdió en dirección a Archena. Él miró atrás por el retrovisor. Ella lo vió.

domingo, 13 de mayo de 2012

39 GRADOS (Anemia XIII)



PALOSANTO
En un rincón de tu librería observas a dos de tus clientes sudar. Tú permaneces impávido vestido con tu traje negro. Te miran raro. Fuera hace calor. Dentro de la tienda, seguramente también hace calor. Tú nunca tienes calor ni frío. “¿No tiene usted calor?” “No” “Pues debería poner aire acondicionado, con esta temperatura  la gente busca el fresco en los establecimientos “ “Yo no vendo fresco, esto no es una heladería, aquí se venden libros y aun eso me da igual” “Quizás su hijo no piense lo mismo” ¿Su hijo? El muchacho de las rastas que venía a diario a escudriñar en sus volúmenes descatalogados no le había conocido. Se tocó la frente y se palpó el cuello y recorrió las arrugas. “Tienes razón. Debo poner aire acondicionado. Ahora tengo que cerrar” “En eso se parece a su hijo. Cierran cuando les da la gana. Bueno en eso y en el traje que no se quitan ni con el calor” “¿Tienes algo con mi traje? Es un Armani?” “No señor. Es muy elegante, pero su hijo lo luce más” “La juventud” “Hasta mañana” “Adiós”. No sabías que el calor podía llegar a afectarte. Ha acelerado tu metabolismo. Envejeces más rápido. Debes alimentarte. Echas el cierre.

Te gusta el calor. Cuando la temperatura alcanza un nivel crítico, treinta y ocho grados, muchas ventanas quedan abiertas toda la noche. SE exacerba la pasión en los humanos. Te regalas la vista en tus vuelos nocturnos. No es fácil elegir. La alimentación de un vampiro parece aburrida, pero puedes captar en la sangre de tus víctimas millones de matices o más. Los avatares de la vida de los vivos sazonan tu alimento. Hay sangres amargas, dulces, ásperas, desabridas, saladas, excelsas…

Un gran ventanal abierto. La luz apagada. La luna llena. Un hombre y una mujer en una cama. Duermen. Claroscuros. Una cama desordenada. La ropa desperdigada en la habitación. Él desnudo en la parte más alejada de la ventana. Un hombre joven. Boca abajo la sábana no le cubre más allá de las rodillas. Ella boca arriba. Con su rostro esbozando la sonrisa que le dejó el amor anterior al sueño. La sábana blanca casi le cubre el torso. Un pecho se insinúa por el borde de la sábana. El pelo largo rubio pegado por el sudor de la noche y la pasión a sus sienes.

La sangre reposada después del amor es claramente tu favorita. La excitación, la pasión y después la calma dejan su firma de autor en el plasma. Será una cena sabrosa. Te sientas en la butaca del fondo de la alcoba. Ves el pasado inmediato y te gustaría ser humano. Te acercas. Apartas suavemente el cabello de su cuello detrás de la mandíbula y sorbes. Inspiras. No podrías describir el goce. Él se mueve. No  has terminado. Alargas el brazo. Lo posas en su hombro y se vuelve a dormir. Te retiras. Lames una gota que se desliza por el cuello. El cóctel de sangre con el sabor salado del sudor te excita. Los miras por última vez. Saltas al vacío. Y vuelas de regreso.

Aun falta mucho para que amanezca, pero quieres regalarte con los recuerdos y los sabores de esta noche. Hace calor. Debes poner aire y vestir un atuendo más espor, camiseta y pantalón de lino hasta el otoño . Cierras los ojos en tu cripta y sientes el paso de cada gota de esa sangre a tu cuerpo. Te duermes. Te gusta el calor. Treinta y seis grados para la sangre y treinta y nueve para el ambiente.

sábado, 12 de mayo de 2012

ELCONVENTO DE SAN JUAN




“¿Qué tal vuestras habitaciones?” “La mía muy bonita pero no he podido dormir” “ Pues la mía es pequeñísisma, apenas cabe la cama para un hombretón grande como yo. Parece la habitación de la monja mala” “No digas eso que en mi habitación pasaban cosas raras” “¿Qué te ha pasado?” “La tapa del váter se movía sola” “Yo he oído otra clase de ruidos. Ja. Ja Ja.” Todos rieron, pero la afectada permaneció un poco seria.

Observé la conversación entre personas con las que no tengo mucha confianza. Intenté intervenir pero sólo escuché. Un convento colonial del siglo XVII en Puerto Rico secularizado convertido en un hotel. Por la noche al volver de la piscina, ya de madrugada entré al lavabo y mientras me lavaba los dientes no podía dejar de mirar la tapa del váter. No se movía. Me costaba caminar por la combinación de cerveza y piña colada hervidas en mi estómago dentro de un jacuzzi. No estaba seguro de no tener que volver al baño apresuradamente si  los helicópteros decidían venir a mi habitación.

Apagué la luz. No me atrevía a entornar los ojos con el miedo de que el mundo empezase a girar. . Tuve la certeza de una presencia. Cerré los ojos. Prefería no ver nada. Concentré mi escucha en la tapa del váter. Juraría que había algo a mis pies. Sentí frío. Era una presencia tranquila. Ruidos en el baño a mi izquierda. La puerta estaba abierta. Abrí los ojos. Estaban hurgando en mi neceser. Con delicadeza, sin prisa, pero el desodorante rodaba sobre la crema de afeitar y el masaje aftersave. Miré. Sudaba. La  cortinilla se movía sin que hubiese aire. En el espejo del fondo había un reflejo que oscilaba y no había luna. No sé cuando me dormí. Por la mañana todo estaba en orden.

“Estoy cansada esta noche de nuevo ha sonado la tapa del váter y he oído como me registraban  en mis perfumes. He encendido la luz y no había nadie en la habitación. Este calor me va a volver loca” “ A mí también me ha pasado. Nos estamos obsesionando”. Yo no comenté nada.

Antes de salir de excursión, subí a la habitación. Dentro estaba una mulata rechoncha muy joven que estaba terminando de acondicionarla. “Perdone tengo que entrar al baño” “Pase usted yo ya terminé” “¿Le puedo hacer una pregunta?” “A su ólden” “En el hotel pasa algo raro” “Eso tiene que desilo en la resepsion” “¿Aquí hay fantasmas?” “Señol yo eso no se lo puedo desil” “Aquí hay fantasmas. No se lo diré a nadie. Por favor” Cerró la puerta tras de sí. Entornó el ventanal. “Es el fantasma de sor Leonol pero no se preocupe. Es un espíritu juguetón pero bondadoso. Trae buena foltuna a quien se le apalese” “¿Doña Leonor?” “Sol leonol fue recluida en el convento con quinse años. Tuvo un amigo que no gustó a su papá, un comelsiante muy rico de San Juan. Era una mujel muy alegre. La abadesa era una mujel amalgada, peol que un mal homble. Un día pilló a sol Leonol con el cabello suelto , mirándose en un chalquito del suelo y poniéndose bonita con unos polvos blancos. Le coltó todo el pelo. Le restlegó el rostro con barro y la condujo a una dependensia del convento que sólo ella conosía. Pol  la noche la abadesa murió. El cólera. Se llevaron pol fuelzs a las monjas, pelo nadie se acoldó de que sol Leonol estaba presa hasta sinco días después, cuando la encontraron muerta de sed y de calol. Desde que hicieron el hotel le encanta curiosearlen las ropas y los perfumes de los visitantes. Habría disfrutado mucho. Pero no se lo diga a los dueños. Me despedirían. Nos exigieron el secreto”. “No se preocupe gracias”.

Hacía mucho calor y mucho bochorno. En la calle comercial aledaña. Compré un perfume de mujer. Por la noche lo puse fuera de su caja en la mesa junto al televisor. Por la noche escuché un spray. Creo que oí una risa. Por la mañana estaba abierto

viernes, 11 de mayo de 2012

EL CEMENTERIO JUNTO AL MAR



Camino de El Morro, a la derecha frente al mar hay un cementerio blanco. Choca ver un cementerio, un lugar de tierra, sobre el mar. Aunque iba sudando, cansado en ropa de deporte bajé a curiosear.

A las 7 de la mañana, había personas entre las lápidas acompañando a sus familiares. Estaba cansado, intenté silenciar mi respiración para no turbar el duelo de los vivos y el reposo de los muertos. En una esquina, a la sombra de la  tapia que daba al mar, una negra zahína hacía gestos de hablar o rezar. Me acerqué. A mi alrededor aparecían lápidas abiertas parcialmente. Pensé que sería algo relacionado con el vudú que se practicaba en algunos lugares del Caribe.

“Señol lleve cuidado o se va a cael”. Me habló la mujer cuando estuve a punto de tropezar en un lápida “¿Por qué dejan las lápidas abiertas?” “ Eh una historia muy lalga” “No tengo prisa” “Yo sí pelo si quiere se la voy a contal” Me senté en la misma lápida donde estuve a punto de tropezar.”Hase muchos años. Cuando los españoles todavía eran los amos. Los marineros del pueblo salieron al mar. Era un día de Setiembre. El día era muy bueno. Zarparon antes que el sol saliera y no regresaron más” “¿Qué pasó?” “Una tormenta enorme, unhuracán inesperado se llevó a barcos y tripulantes al fondo del mar. ¿Ha oído hablar del mar fosforescente?” “Sí me habría gustado hacer esa excursión, dicen que es el plancton quien produce ese fenómeno” “ Eso dicen los europeos, pero nosotros sabemos que son los marineros muertos en el mar que esperan que un nuevo huracán los devuelva a tierra” Me dejó con ganas de hacer la excusión nocturna en kayak “Pero las tumbas abiertas”  “Una criolla recien casada despidió esa mañana a su marido español en un buque con destino a España. El barco también naufragó. Muchos restos del naufragio aparecieron en las costas, pero tripulantes ninguno. Los meses siguientes, la luz del mar aumentó. Algunos cuentan que al navegar sobre esos fondos iluminados se oyen quejidos. La criollita acudió a la playa y encontró un baulito con el diario de su enamorado. Leyó palabras muy tiernas. No se pudo enterrar a muertos que no aparecieron, pero las familias, deseosas de acudir a llorar a sus muertos, fueron poniendo lápidas y cruces para recordarlos. La criollita también preparó una fosa pero se negó a cerrarla y dejó la lápida afirmada en un lateral. Cada día acudía al cementerio sin lágrimas. Estaba demacrada y flaca. Su mamá se fue a vivir con ella pero no consiguió aliviar su tristeza. En noviembre la muchachita era una sombra ojerosa. Los niños se callaban a su paso. Todos estaban convencidos de que acabaría por ocupar la fosa que había dejado abierta” Sudaba, movía la lengua pastosa. Le ofrecí mi bebida isotónica que aceptó.

“Y pasó setiembre y octubre en un pueblo sin hombres. A mediados de noviembre amaneció otro día radiante, pero alguien se dio cuenta de que las ranitas coquí no cantaban como el día del gran huracán. Los pocos barcos que quedaban no salieron. La criollita estaba muy nerviosa. Su mamá veía desparecer sus últimos restos de cordura si antes no perdía la vida. A medianoche comenzó el viento. La criollita escapó de la vigilancia de su mamá y subió la cuesta desde la catedral y después bajó al cementerio. Casi no se podía mover con el viento. Entró en el cementerio se sentó junto a la tumba vacía. Cuando el huracán llegó a su máximo, cuando el silbido rompía los tímpanos y la lluvia caída dolía. Una sombra saltó la tapia del cementerio. La criollita lo miró. Me da otro poquito de esa bebida” “Tómela toda”

“La mañana siguiente, la mamá de la niñita se dio cuenta de la desaparición de su hija. Nadie la había visto. Pensaron en un suicidio. Buscaron en todos los acantilados de alrededor del morro, pero con una aire tan intenso, el cadáver habría pasado a iluminar los fondos. Alguien entró al cementerio. No había nadie, pero la lápida que la criollita había querido dejar abierta estaba tapada. Olía muy mal alrededor. Pidieron permiso a la mamá, al  párroco y al gobernador para abrirla. Nadie se opuso, el olor era insufrible. En el fondo encontraron a la criollita tendida más bonita que en ninguno de los últimos meses, con la cabeza reclinada sobre el hombro de un cadáver sin ojos de vientre hinchado, pero con un anillo de casado igual que el de la criollita. Desde entonces, todas las familias que tienen desaparecidos en el mar dejan las lápidas abiertas por si deciden regresar desde el mar fosforescente” “Gracias señora” “ Gracias a usted por su refresco”

En el hotel me crucé con uno de mis compañeros. “ Antonio esta noche vamos a navegar con kayak por el mar fosforescente” “Creo que me quedaré aquí”. Las ranas coquí silbaban

jueves, 10 de mayo de 2012

RABIA





La víspera del último día de estancia en San Juan discutieron qué hacer hasta mediodía. El avión salía la seis. A las dos debía estar en el aeropuerto Luis Muñoz. Medio día no es mucho. No podían despistarse porque los aviones no esperan. La playa no le apetecía. La playa es arena, sol y mar. No querían playa, eso lo tenían en casa y no tenían tiempo de acceder a la Isla Verde, una zona paradisiaca. Las opciones era visitar los museos del Viejo San Juan o visitar el parque natural de El Yunque.

Once personas y un chófer de ascendencia irlandesa descendientes de irlandeses reclutados por las tropas españolas. Un hombre alto moreno y socarrón. Por el camino les explicó los detalles de lo que iban a ver, les advirtió del único peligro, las mangostas, unos pequeños mamíferos comedores de serpientes y portadores de la rabia. “Si te muelden de contagian y mueles de una folma telible. De niños las comíamos, pelo si una mangosta tila babas, esa no la comíamos".

De niño, en Murcia, la rabia se esgrimía como argumento para que los niños no se acercasen a perros desconocidos. Las babas. La agresividad de los animales enfermos. Tuvo pesadillas con el terror que por el agua tenían los rabiosos y sus muertes atormentadas, aislados, gimiendo y aullando como licántropos.

Pasaron de los manglares de la costa siempre salpicados de bungalows a un camino serpenteante. Primera parada en el centro de interpretación. Flores, enredaderas y un bosque de árboles de treinta metros. Segunda parada una cascada apenas visible entre la maleza. Después una torres que ofrecía una panorámica del parque hasta la costa Caribe.

“Ahola estilalemos las pielnas” en un panel vertical una red de senderos que recorrían los vericuetos de la selva. Le gustaba el monte. En un cruce de caminos se apartó para ver de cerca un helecho arborescente. El jurásico debió ser así. En el suelo el musgo y unos caracoles grandes y planos. Más allá una planta de hojas de más de un metro. Y flores. Un paraíso. Un cruce de sendas. El bochorno aumentaba.  Estaba narcotizado por el verde. Plantas comestibles y terapéuticas, otras drogas votivas o lúdicas. Deshizo sus pasos y se topó con una cascada que no había visto antes. Se paró e intentó escuchar voces para volver al camino. Lo tupido del bosqueno impedía ver. Estaba perdido. Se había nublado. Oyó un trueno. Las nubes bajaron a gran velocidad. La niebla se abatió. Otro trueno y goterones rompieron contra el suelo. El aguacero era torrencial. En algunas partes del camino había visto pérgolas que servían de cobijo. Llegó a una de ellas. No sabía la dirección pero había subido. Imposible una lluvia más intensa. Las partes llanas eran lagos, los arroyos ríos. Mientras no escampase no podrían llegar a rescatarlo. Mejor no moverse. El móvil no tenía cobertura.

Noche cerrada y la niebla y la lluvia seguían incesantes. A su alrededor escuchó un movimiento de ramas distinto el producido por la lluvia. A dos metros aparecieron unos ojos brillantes. Se acercaban. Un nuevo rayo iluminó un instante un animal peludo del tamaño de un gato. El rayo siguiente lo iluminó más cerca. Reconoció una mangosta. Su mordedura podía ser mortal. No iba a salir de allí. El animal subió a la plataforma resguardada de la lluvia donde él se cobijaba. Otro rayo , cerró los ojos pero oyó su gruñido e imaginó las babas de su boca. Antes de abrir los ojos algo le golpeó la pierna desnuda. Se tocó. No sangraba. Aun había esperanza. Abandonó aprisa el refugio. Avanzó solo unos metros, sus piernas atenazadas se negaban a responder. Se sentó en el musgo de una roca. Tomó una hoja gigante para cubrirse la cabeza. Cogió una piedra para evitar el ataque, pero el cansancio lo traicionó y se durmió quedando a merced de la fiera enferma.

“Señol ¿Está bien?” Un guardia de parques nacionales de los US “¿la mangosta rabiosa. Me ha mordido?” “Eh un gatico señol, venga usted conmigo, sus compañelos malchalon ayel”